viernes, 20 de septiembre de 2019

KNUT HAMSUN, UN NOVELISTA DEL HAMBRE




Iván Apaza-Calle

Camino por las calles alteñas, me dirijo a la calle 2 de la Ceja. La parada de los automóviles que pasan por la universidad está vacía, no hay muchos pasajeros; sin embargo, el automóvil blanco está a punto de salir; en mis manos llevo “Hambre” de Knut Hamsun. Subo a la furgoneta cuyo nombre en sus franjas dice COTRANSTUR. En el transporte me siento al lado de un turista, me pongo cómodo y empiezo a leer. Mientras recorro los párrafos del libro, veo de reojo que el turista me observa, continúo leyendo…, el automóvil se detiene de repente, cierro el libro gris y observo; hay un tráfico terrible. El señor de al lado se esfuerza por leer las letras de la tapa: Knut Hamsun, HAMBRE.  ¿Acaso el título le recordó que tiene que comer? Noto que está sorprendido, me mira con cierta indiferencia, dejo de lado su mirada, separo nuevamente el libro y continúo leyendo…

Las horas han transcurrido en la Biblioteca Central de la Universidad. Muchos estudiantes con la cabeza gacha se entretienen con el celular, otros hojean las páginas blancas de un libro, algunos escriben y uno que otro resuelve ejercicios matemáticos…, y no falta en el sitio, un lector que se pone a dormitar. El vigilante de los libros se da cuenta de aquello. Se dirige a despertar al soñoliento. Vaya manera de castigarlo. 

Frente a mi está el libro de color gris, cuyas letras azules resaltan en la tapa y lomo. Tiene unas líneas artísticas de forma rectangular que no puedo clasificar. La obra de Hamsun es una edición de 1952; han pasado más de medio siglo desde su nacimiento y empaste, sin embargo tiene 129 años desde su publicación en 1890. Lo compré en la feria de libros viejos; quien lo tenía falleció recientemente, como es común sus familiares habían ofrecido a don Jaime el mercader de libros viejos para que los comercializara. Había cuatro yutes repletos de libros, las manos de coleccionistas, revendedores y lectores se movían sin cesar aquella mañana de invierno, pero aquellos libros del fallecido, en verdad, jamás le pertenecieron, tampoco a nosotros. Los libros no pertenecen a ninguno, simplemente están ahí, así como este libro gris que ya no me pertenece.

1920. Hamsun, es galardonado con el premio Nobel de Literatura; poco tiempo después estaría apoyando al régimen nazi, como el filósofo de los bosques Martin Heidegger; a partir de su apoyo sus escritos habían caído abajo, tuvo la mala suerte de ser juzgado por sus actos y pensamientos, consiguientemente, ha tenido pocos lectores y se lo ha condenado al silencio.

A veces los lectores juzgamos la obra de arte sin haberlo leído, oído o apreciado; más hacemos caso a los juicios de otros u otras…, juzgamos sin exprimir lo sustancial de una obra. Es verdad que la ideología que profesa un artista puede ser motivo de un pre-juicio, que puede llevar a encasillar o descalificar la obra de arte, pero son aspectos diferentes.

Se relaciona por ejemplo a la obra de Mijail Sholojov con el régimen comunista, pero cuando uno lee sus cuentos, no existe nada de comunismo, sino resalta la “capacidad” con que cuenta una historia; en cada historia sobresale lo trágico, la alegría, la tristeza y la felicidad humana, todo eso, narrados grandiosamente.

Sucede lo mismo con la obra de Hamsun. En Hambre uno puede hallar lo majestuoso de una novela, la forma como hilvana la narración es exacta, simple y conmovedora, hasta que la narración del escritor hambriento le recuerda al lector que es hora de ir a comer, no porque la novela sea aburrida, sino porque cuando se lee los momentos constantes de hambre del escritor anónimo se siente el mismo deseo de satisfacer el estomago. El hambre del personaje de Hamsun, causa hambre.

No estamos con una novela como “El lobo estepario” de H. Hesse, donde hay una estructura complicada, que hasta Mario Vargas Llosa ha confesado en “La verdad de las mentiras” que no ha sido capaz de entrar en esas “complejas interioridades del libro”.  

Hambre nos recuerda al hambre de los niños desposeídos en países de pobreza, asimismo nos recuerda a esos momentos donde no hay ni pan duro para llevarnos a la boca y poder callar los crujidos del estómago. Quizá si el personaje de Hamsun, por aquellas épocas, hubiere vivido en los andes, estaríamos seguros que paliaría su hambre pijchando la coca, como muchos indios hambrientos lo hicieron en la época colonial, en las minas, en las haciendas, en cada rincón.

El hambre del personaje, es una descripción a nivel micro sobre la tragedia humana. El hambre que acecha en cada rincón, puede ser el hambre del escritor anónimo que narra a cada momento el llamado de su estomago, pero también puede ser el hambre muy bien descrito y analizado por Josué de Castro en “El libro negro del hambre”, el hambre a nivel global, esa miseria endémica que reina el mundo.     

El personaje principal de Hambre, es un escritor que proporciona varios nombres, quizá en verdad sea un Fulano de Tal, o finalmente represente a todos los escritores del mundo, lo cierto es que no sabemos su nombre.

Se parece a Meursault de Albert Camus, narrando su historia en primera persona, o mejor dicho, Meursault se parece al escritor anónimo de Hambre; como se quiera. Ambos son extraños para su medio y cuentan su historia y las condiciones de su existencia plagada de infortunios.

Al personaje de Hamsun, le persigue a cada momento el hambre. Tiene hambre, mucha hambre, de hecho, siempre está entre la vida y la muerte; anda días sin comer, deambula ofreciendo sus cosas y quizá con el dinero comprar un alimento y llevar a su boca un bocado y seguir sobreviviendo.

Se sabe muy poco de él, a veces cuando se le pregunta por su nombre contesta: “Yo me llamo Wedel Jarlsberg”…, en otra ocasión responde: “Tangen… Andrés Tangen”. No se conoce a sus amigos ni pasado, ni a su familia. La mayor parte de su existencia está solo, tanto que los demás le consideran un loco, un solitario loco…, en fin, solo escritor.

Escribe artículos en el periódico “Morgenbladet”. Lo poco que recibe le sirve para comer, pero en su supervivencia el hambre no le permite escribir; muchas veces cuando esta frente a la hoja tratando de trazar palabras, frases o arreglando las partes oscuras de sus escritos, los dolores de cabeza y los “gusanos” que le carcomen el estómago, le impiden lograr su hazaña. Ha vendido hasta lo más pequeño de su propiedad, ha llegado hasta rogar para vender aquello que le cubría para dormir en las noches frías. El comprador le rechaza, no quiere la prenda ni para guardarlo ni mucho menos como regalo.

El hambre ha llegado hasta causarle mareos, no puede escribir así, pero se esfuerza y continúa con la hazaña de escribir algo genial.

Continua escribiendo…, a veces sus escritos son rechazados por el periódico; no vale el esfuerzo, el hambre le acecha a cada hora. Y cuando consigue algún monto de dinero, regala al que lo necesita. No es capaz de soportar la crisis de su conciencia, por eso cuando trata de cerrar los ojos por la noche con el estomago vacío, las tinieblas empiezan a reinar en él, de modo que, solo queda mantenerlos abiertos, pero no; todo está oscuro a su alrededor, no le sirve.

Muchas veces se pone a discutir con los demás, como con aquella mujer encinta que le ha abierto las puertas de su hogar y le ha dado de comer; discute con el anciano que está sentado en la banca, con los gendarmes, hasta con la muchacha a quien le persigue y le acusa de pobrete. Discute, discute…

Supervive entre el escribir y el hambre, muchas veces el hambre obstruye su mente y ello no le deja trabajar, pero continua haciendo los esfuerzos para acabar los pequeños artículos que quizá le puedan dar de comer un bocado. El bullicio y las hostilidades del lugar, no le permiten de hilvanar las ideas que tiene en mente.

Al fin se ha puesto a escribir un gran drama: “El signo de la cruz” y a través de ello llegar al éxito y poder comer, pero el hambre le ha derrotado, el manuscrito cae en pedazos; a pesar de los esfuerzos no logra sus objetivos. La vida le ha negado sus sueños y con ello ha obstruido su talento frente al papel.  Los pequeños trozos del drama están en el aire, esparcidos aquí, allá; a su alrededor.  

Caminando por el muelle buscando donde sentarse, el hambriento se para de repente en ese lugar y con la cabeza atontada se queda inmóvil. Estando ahí se encuentra con un marinero. El escritor saca sus gafas y lo guarda en el bolcillo como si abandonara el oficio de escribir…, se embarca por el mar; ahora se pone trabajar de lo que sea, de lo que sea.

El hambre mató a miles de escritores, pero no fue el caso de Hamsun. Él venció el hambre con este libro y pasó a ser un coloso de la literatura.

El Alto, invierno de 2019

OSCAR MARTÍNEZ Y LAS CRÓNICAS DE UNA VIDA





Iván Apaza-Calle

“Todo libro es un conjunto de retazos…, todo hombre es una serie de retazos de sus antepasados”

R. W. Emerson, “Hombres simbólicos” 

Decía el pensador y poeta Henry D. Thoreau, que “si un hombre no va al mismo paso que sus compañeros, tal vez sea porque oye el redoble de un tambor diferente. Dejadle al son de su música que oye, sea ella rítmica o lejana”, quizá este pensamiento retrate la diversidad de caracteres de las personas y que cada quien va a su paso, a su ritmo, por lo que, no hay motivos para unificar la marcha de las personas. 

Pero así como la diversidad de caracteres, de pasos, de ritmos de cada persona en el mundo, en cada una de ellas existe también una diversidad, que constituye una unidad. Así es cada cosa. La música de fondo con que escribo, también está compuesta de tonos, de ritmos…, que vienen a mi oído de manera secuencial y que conforman una totalidad. 

Las personas, sí, las personas. Cada quien con su vivencia, con su experiencia, retazo tras retazo, van conformándose a diario. Algunas que perduran en el tiempo y otras tratando de sobrevivir a través de la oralidad, digo esto, porque asumo que cada vida es un libro, un libro diverso, con contradicciones, pero un libro vivo. 

Sería interesante que cada historia de vida se vuelva en un libro escrito, así permanecería en el tiempo para otras generaciones, o quizá para el olvido. En la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, sucede lo contrario, una persona no se torna en libro sino el libro se torna en persona, porque en la sociedad descrita por Bradbury, el libro está prohibido, así un libro regresa a su punto inicial; en una persona.

Si todas las personas se dedicaran a escribir, contarían su vida; sin embargo, no todos asumen el oficio de escribir, de tal modo, no sabemos cuántas historias interesantes se quedan en la nada. Los pocos que conocemos, los llevamos en mente, unas porque nos contaron y otras porque los leímos. Así cada historia personal, solamente cobra vida en cuanto es narrado a otra persona, al papel…, o en otro caso, cuando el lector revive una vida cuando abre un libro, hojea sus páginas y lee.

Oscar Martínez, el lluqalla jailón, hizo posible que su vivencia sea leída por el lector; una vez sumergida en sus páginas uno revive la vida azarosa del autor, por suerte no hay prohibiciones de lectura de un libro como este como en el Fahrenheit 451. 

Los escritos son crónicas que describen la existencia de Martínez, cuya colección está bajo el título: “Crónicas del llokalla jailón” (2019). Como no es normal en estas tierras, el título del libro es llamativo, transgresor y llama la curiosidad de quien está al lado. ¿Llokalla jailon?, la pregunta ronda por la mente del pasajero. Uno piensa que es inaudito, sin embargo, representa la multiplicidad de vivencias descritas y narradas en cada página.

Así como la existencia de una persona es diversa y a la vez contradictoria, hay unidad en ella, y eso es precisamente lo que es uno y cómo va haciéndose a cada segundo, y cómo a cada tic tac del reloj, se torna en otro. En cada crónica Oscar Martínez, paraliza un determinado tiempo; en esas hojas ahuesadas, uno puede leer un extracto perenne de su existencia particular. Los que por cierto, pueden llevarnos, según el interés o necesidad de cada lector, a diversas descripciones, como: la existencia del migrante, del muchachito que es obligado a leer y resolver ejercicios matemáticos, del niño que pierde su idioma por las prohibiciones de la directora y que llora porque no puede nombrar las cosas con otro idioma, del hombre perseguido por sus actos inconscientes y que trata de desfogarse de ellas narrando como si el papel fuera el doctor Sigmund Freud, del vagabundo, del maleante, del enamorado, del bachiller que busca estudiar Derecho, y que por el azar estudia Psicología, del profesional que se aloja en un lugar áspero de Tarija…, en fin la existencia del lluqalla jailón. 

UN GRANUJA 

El pequeño ser apenas tiene tres meses y ha empezado a viajar. Viaja en los brazos de su madre adolescente, cuyo destino está escrito en un retazo de papel. No son los únicos, ni del lugar ni en el tiempo, hay muchos quienes escapan de la vida rural en busca de mejores oportunidades y por varias razones. En el espacio urbano la situación es difícil, mucho más difícil para todos los que escaparon de la miseria, y por supuesto, contrario de lo que habían imaginado al partir. 

Pronto el muchachito se topa con las dificultades de la vida y descubre muchas cosas. El pequeño filósofo colgado en un árbol, observa el mundo de una manera diferente a sus mayores. No se libra de la tragedia de Sófocles, ni de las definiciones que ha dado Freud a ella. Como cualquier ser posee un Complejo de Edipo, el recuerdo de su padre le persigue, está en los sueños y en las crónicas que escribe.  

Teme, sí, teme, al padre, al padrastro, al coronel, a la directora…, no hay refugio alguno para el niño, quizá los únicos refugios los ha encontrado en su madre, en Maritza (aquella mujer que ha sido su verdadero padre) o en los libros y en la literatura. La sociedad está contra el niño, peor aún si el muchacho balbucea un idioma diferente y todos le miran sorprendidos, hasta negarle su manera de interpretar y entender el mundo. Así fue creciendo, y perdiendo su quechua como el miedo, hasta pensar como blanco y hablar en serio. La Directora de la escuela le ha negado su idioma, las risitas cojudas y las miradas de desprecio; también. Ha llegado a creer que el serrano es cara de borracho. La situación económica social de ese entonces ha influido en su constitución, no solamente de él sino de toda una generación de migrantes. Negación tras negación la felicidad consistía en parecerse y pensar como blanco. 

Adolescente y rebelde, el muchacho es acusado de todo y de nada, nadie cree en él, solo un tío y porque le tenía fe, lo aprecia demasiado y le hace caso; para los demás el lluqalla es un maleante, mañudo, asalta borrachos, delincuente de poca monta, una vergüenza familiar… Un granuja. Alguien que no encuentra un lugar sino en aquellos raleados y poco entendidos. Con ellos quiere cambiar el mundo, dar a la desposeída ayuda. Escapan de las aulas para toparse con la sociedad establecida y así las circunstancias van convirtiéndoles en “delincuentes”, sí, en aquello que no pensaban ni planearon ser. 

Alcohol, cigarros, bares de mala muerte y experiencias juveniles, he ahí el mundo de Oscar Martínez. Víctor Hugo Viscarra, está al otro lado, en el mundo del hampa. El lluqalla camina entre el límite del hampa y la familia, como si estuviera andando sobre una cuerda. Describe en las crónicas ese límite, no está sumido en el mundo de Viscarra, pero sí coincide en algo con él: escribe sobre su experiencia, no en relatos como lo hacía el autor de “Borracho estaba, pero me acuerdo” sino en crónicas. 

El mundo que vive Martínez es riesgoso, más riesgoso que el mundo de un jailón. Hay ocasiones que recibe pateaduras y cabezazos, experimenta riñas, peleas, pero sobre todo, observa la muerte en varias ocasiones, de sus familiares, de sus amigos, y eso es precisamente lo que le cambia y le invita a pensar en el sentido de su vida. No solamente la muerte, hay ratos que la soledad monacal de viajero, le invita a examinarse y a disecar sus dolores asumiéndolo como un pasado que no da temor. 

El estudio le ha costado un ojo de la cara. Educarse y tener una profesión, en vez de sacarle de la miseria le ha vuelto doblemente mísero; endeudado, todo un vago y sin empleo, su existencia se torna en un no-tener, “no tenía casa, tesis, plata, novia por quien sufrir, amigos dispuestos a beber un martes por la tarde”. No tiene nada. Si en un inicio de la vida universitaria le hace feliz pensar como blanco y hablar en serio, la idea le lleva al parecer dejando el ser. Se mimetiza. Pero ello no es absoluto, tarde o temprano la idea se derrumba, pronto el no-tener le afecta aún más. Sí. Está frente a la nada. Por poco el abismo de la nada le embota y se lo traga; pero no. Sale de la mierda y por fin logra su objetivo: Psicólogo Social.

LAS CRÓNICAS DE UNA VIDA

Hay una diversidad de experiencias en las crónicas de Martínez, diferentes entre sí. En todas ellas salta el tema de la dicotomía entre lo jailón y lo indio, a veces el autor está en un lado, en otras ocasiones en el otro lado, pero muchas veces vive en el límite fronterizo de esos “dos mundos” aparentes. Y al fin vive entre la interacción de ambos; el resultado: lluqalla jailón. Ni lo uno ni lo otro. Ambas cosas. Pero no hay que confundirlo como el ch’ixi de Ch’ixipampa, porque no tiene nada de eso. A través de sus crónicas, muestra la complexión de lo que es ahora, un Oscar Martínez que no acepta el pachamamismo, ni el discurso modernista de H.C. F. Mansilla contrarios a las tradiciones culturales de los andes. Él cree en la ch’alla y en los mitos profundos muy bien descritos por el filósofo Guillermo Francovich. 

Otro de los temas que aparece como una constante en la mayor parte de las crónicas de Oscar Martínez, es el kolla, el indio y el lluqalla. Observa y recuerda lo observado (como etnógrafo), los aspectos cruciales de la migración, la existencia de migrante frente a una ciudad que le observa con indiferencia manteniéndoles en la diferencia y el estigma. 

En Mi papá y mamá, Margarita (“la papá de verdad” de Martínez) le habla en quechua sobre su pueblo y muertos, e incluso le enseña a armar mesas del día de difuntos. En El por qué y el para qué, el lluqalla que aún no es jailón, describe las relaciones coloniales entre los sujetos sociales pertenecientes a diferentes estratos, el sujeto racializado se vislumbra ahí cuando está haciendo fila en medio de las muchachas rubias, el lluqalla que “piensa como blanco y habla en serio”, experimenta “la mirada de desprecio por un lado y por el otro la mirada más paternalista que pudo haber sido vista”, ¿acaso era el hazme reír del día? Probablemente.  En La Escuela de México, el autor resalta las representaciones que se les dan a los personajes históricos como Murillo y Katari en el aula y retrata a la profesora Chepa y las explicaciones que daba sin éxito sobre la historia no-oficial en ese entonces. En Fernando el inexistente, también salta a la vista, los procesos burocráticos de los trámites de nombres errados del tan odiado tinterillo a los que tiene que enfrentarse los denominados indios; viaja hasta el lugar de origen, y en el camino experimenta el conflicto de wiphalas y fusiles de los bloqueadores. En Amaneceres indios, vuelve el tema del estigma, esta vez, la directora acusa al niño de huraño, por no acusarle de indio, así Martínez entiende una parte de su vida. La Crónica de la ciudad de Tarija, es quizá una de las mejores escritas por Martínez, no solo porque tiene los recursos verbales en la forma sino porque también al leerlo el lector se percata del fondo; puede un escrito tener todos los recursos del idioma y los elementos del género literario, pero muchos de ellos carecen del espíritu del escritor, y no es el caso de esta crónica, porque posee los recursos literarios, la buena escritura y la descripción de la experiencia. Como en las anteriores crónicas también aparece ese “colla cochino” hecho el gringo, como siente y piensa Martínez a partir de la mirada de los otros. En Villas y muertes así como en Siete imágenes, aparece el tema religioso, el mundo del p’axpaku, del yatiri y las supersticiones de la sociedad andina, aspectos culturales que sobreviven y acompañan las dinámicas e interacciones sociales.         

Él y el mundo. He aquí el asunto central de las crónicas de Oscar Martínez. Es el cronista que describe su entorno, los lugares, las personas, los sueños, en una palabra, su existencia. Hay una relación estrecha entre el hombre y el mundo, de hecho el filósofo Max Scheler, en El saber y la cultura, definió esta relación aduciendo que “la totalidad del mundo está plenamente contenido en el hombre como una parte del mundo. Las esencias de todas las cosas se cruzan en el hombre y están todas solidariamente en él”. 

Si la totalidad del mundo está contenida en el hombre, ese contenido sustancial es reelaborado por las reflexiones y puestas en orden, lo que nuevamente sale al papel como un resumen, en este caso, como una crónica. Las descripciones que hace Martínez, en ese sentido, son reelaboraciones del mundo que él ha visto y vivido, y ello es precisamente lo que mantiene fresco a sus escritos. No es como leer un libro de historia, que relata y retrata un hecho histórico, donde la descripción gira sobre algo pasado, da cuenta de eso; en cambio, las crónicas del lluqalla jailón dan la sensación de frescor y que parecen ser tan actuales, tan presentes, que las experiencias contadas de varias 

Las Crónicas del llokalla jailón reflejan la diversidad de experiencias vividas por Oscar Martínez, la síntesis de lo diverso es él, así se ha ido formando, experiencia tras experiencia, retazo tras retazo, así se hizo lluqalla jailón y es a partir de ello que va a su paso, al son de su música interior. Y si queremos oír el son de su música, pongámonos cómodos, respiremos profundo y leamos la colección de crónicas que nos ha dado Martínez.    

El Alto, fin de agosto de 2019  

"YO, ROBOT”, ISAAC ASIMOV QILLQIRIN PANKAPATA





Iván Apaza-Calle 

Chiqpachansa, jiwas jakawisanxa, panka ullirinakaxa juk’anakakiwa; jupanakaxa, ñasa, kastill aruna ullaña ukhamaraki qillqaña yatipxaraki. Aymar aru tuqitsti juk’anakakiwa ullaña yatipxaraki. Jisa. Uka uñjasisa Jiskht’asiñaspawa ¿Kunatsa markasanxa ukhamapacha?

Maysatxa, kastillan arut pankanakaxa walt’atawa, waranqa waranqanakawa. Qillqirinakasti waranqa waranqanakarakiwa, taqi kasta markata, taqi kasta qillqt’atanaka.

¿Kunatsa kastillan aruna walja pankanaka utjpacha? Qillqirinakawa, ukhamarusa, laka arunak xaqukipiri yaqha aruta aruparu ukhamaruwa lurt’apxi, ukatawa, kastillan aruta walja pankanakaxa utjaraki, chiqpachansa aka tuqitxa walja lup’iwanakaxa utjaraki. Yaqha qillt’awïna ukatuqitxa qillt’asirakini.

Ukhamakipänsa, ukat aksaru uraqinxa, qillqirinakaxa walt’atapi utjixa. Qillqirinakasti kasta kastawa. Yaqhip qillqirinakasti mä pankakiwa qillt’awayapxi. Juan Rulfo qillqiristi mä pankakipï qillt’awayixa: “Pedro Páramo”, ukatsti, “El llano en llamas”. Uka pä qillqatanakakipi mä pankana uñstawayixa, ukatxa janikipi jupaxa juk’ampi qillqawayxitixa. Ukhamarusa Arthur Rimbaud yarawiku waynuchusti, pusi maranxa, jach’a chuyma arunaka qillqt’äna, ukatxa waynuchusti armt’asxarakinwa qillqaña.

Yakhip qillqirinakasti, waljt’at pankanakapï qillqawayapxixa, sutiyt’añaspawa jupanakaru: H. Balzac, Victor Hugo, L. Tolstoi, F. Dostoyepski, Lin Yutang…, waljampinaka. Chiqäsa aka kasta qillqirinakanxa taypinxa, Isaac Asimov, qillqiri xiqhatasiraki, jupasti pusi patak patunka llatunkani (429) pankanakawa nayrapachanxa qillqarakitayna.

Jiwas tuqinxa, Asimov qillqiristi, “Yo, robot” pilikula uñch’ukiña uksäta uñt’atarakiwa. Ukhampacha, pilikula uñch’ukiñanxa janikipi pankjama kipkakitixa, mayjakipi uñstarakixa. Ukaxa janipï suma lurata säña munkitixa, jan ukasti, pilikula uñch’ukiwixa robot yanapirinakäna sarnaqawinakapata qhipurpachana uksatuqitaraki uñch’ukiwinxa uñstaraki.
“Yo, Robot”, Isaac Asimov qillqirin pankapaxa qillt’asiwayiwa 1950 marana. Pankanxa Asimov qillqiristi, qhipur urunakata qillt’araki; kunjams uka qhipurpachanxa robot säta ukanakaxa jaqi taypin jakawinxa jakxapxi, jaqinakaru yanapt’asa kuna irnaqawinakapansa.
Chiqasa, jaqina kuna uñstawinakapaxa, sañäni, pankanaka, qharqhanchunaka, atamirinaka, robot ukanakasa…, suma jaqin jakañatakiwa uñstawayapxi. 

P’iqipatpi uka uñstawinakapaxa mistuwayixa. Robot uka uñstawinakxa, jaqir yanapañatakipï lurasixa. Asimov, qillqiristi, uksatuqitapi amuyt’ixa aka pankanxa, ukhamaraki, amuyt’arakiwa, kunjams aka robot sata yanapirinakaxa jaqinakaru qhipur urunakana apnaqhaspa.

“Yo, robot” pankanxa, llatunka jawarinakapi utxixa; Asimov qillqiristi, sapa mayana, robot yanapirinakana, jaqitaypi uksana sarnaqawipata qillqaraki, ukharusa, jupaxa amuyt’arakiwa, kuna k’ultha, ukhamaraki, ch’allqhuñanakasa qhipur pachanakanxa utjani.

Robot yanapirinakaxa, Asimov qillqiritakixa, janiwa pantañanakaxa utjkiti, jan ukasti, jaqinakawa pantasipxi, yanapirinakasti ukakipi, uka kipkakipi sarapxixa, ñäsa ukhaxa, pantañasa utjakipï.
Jaqinakasti Asimov jupatakixa, pantjanakapï utxixa, janipi chiqakitixa; jaqisti mä patjawa saraki, jan sum apnaqaskiti, ukhampachasa sums amuyt’kiti, ukatapi, jakawipanxa, t’aqhisiñanakaxa sapuru utji, sapuru. Robot yanapirinakapi jaqin jakawipa kunsa walt’ayaspa; jaqinakasti janikipi jallupacha, juyphipacha, lupi urunakäsa suma yatxatkiti, ukhamarusa, qulqi muytawisa sumsa yatkarakiti, jaqi tamanakasa sumsa apnaqaña yatkiti, pachamamana munañaparukiwa nayra pachatpacha jaqixa jaki. Asimov qillqiristi, sarakiwa, jaqi jakañasti robot yanapirinakaru churañaspa.

Susan Calvin robopsicologaxa, “Yo, robot” pankanxa mä jaqinkiriwa; jupasti, walipunipï (sapa jawarinakanxa) robot yanapirinakana irnaqawinakapatxa amuyt’ixa, taqi tuqitapi lup’ikipt’ixa, kunjamsa yanapirinakaxa sarantañäpa, khitis k’ari, kunjamsa lurawinakap apnaqaski…, kunjamsa chiqaru sarantayañäspa, uksa tuqitapi amuyt’ixa. Chiqasa robot yanapirinakaxa―Susan Calvin jupatakixa― jaqinakarupi suma qamt’ayañäpa, yanapt’asa, kuna irnaqawinsa.

Robbie jawarinxa, Asimov qillqirixa, amuyt’arakïwa, kunjamsa, robot yanapirinakaxa jaqinakataki uñisita tukxapxi. Jaqinakapi, ukhamaraki, jaqi tamäsa janikipï robot yanapirinakaruxa munapkitixa. Robbie yanapirixa, mä jatha utanapi jakixa, ukansti, mä jiska lalaru uñjaraki. Luluxa Gloria satawa; paninixa, walipuni anatasipxixa, jisk’a lalasti, jawarinakata uksata Robbiruxa palxayaraki; Gloriana taykapasti janikipï Robbieruxa munkitixa. Robot yanapiriruxa alisnukuña muni. Saparmapi chachaparu, palxayixa Robbie alisnukuñataki, chachapasti ukham ist’asasti janirakipi munkitixa. Jisk’a lalan uñjiripachixaya warmiparu, sarakiwa. Mä uruxa, Robbieruxa alisnukupxiwa. Jisk’a lalaxa uka urutxa, janikipi suma sarnaqxitixa, amukipi, llakitakipi uñjasxixa. Uka uñjasisaxa tatanakapaxa, Robbie thaqhiriwa sarawayapxi. Ukansti, ñäkipi jisk’a lalaxa jiwawayxixa. Robbie yanapirixa jisk’a lalaru yanapt’ixa jan jiwañataki.

Aka jawarinxa, uñjawaysnawa, kunjams robot yanapirinakaxa jaqin amuyunakaparu sarnaqapxi jaqikipkakiwa chuyms usuyasipxi. Ukharjamawa Asimov qillqiristi robot yanapirinakaru amuyt’araki. Mä aruna sañaspawa: Asimov qillqiristi, pankapanxa, robot yanapirinakaru jaqichaña munaraki.
Sapa jawarinakanxa, Asimov qillqirixa, kimsa kamachi tuqinkirita robot yanapirinakana amuyt’araki. 
Chiqpachänsa, jupanakaxa, janiwa jaqinakaru yanqhachaspati, ukharusa, ch’uxña lurapkarakispati. Suma säsina, jupanakaxa jaqinakaru yanapañapa. 

“Yo, robot” pankanxa, robot yanapirinakaxa, kast kastawa. 
Yaqhipanakaxa wali ch’ikhinakapxiwa, yaqhipasti, janiraki. Ch’ikhinakasti, yaqhip jawarinakansti, jaqinakarupi apnaqaña munxapxaraki. ¿kunatsa apnaqaña munxapxi? Jupanakaxa sapxarakiwa: jaqinakaxa janiwa suma amuyt’apkiti, jupanakaxa irnaqawinakanxa pantjasipxiwa; mä robot yanapiristi janiwa pantjaskaspati. Ukhama sasina sapxaraki.  
Isaac Asimov qillqiristi, aka pankampixa ullantirinakaruxa walipunïwa churawayi. Jupasti jichhurunxa mä jach’a qillqiriwa. Inäsa yaqhipanakaxa amuyapchi, ―jiwataxarakisa sasina. Chiqansa jupaxa, pankapana jakaskakiwa. Ullart’añanïya.

miércoles, 26 de junio de 2019

YOLA MAMANI, MÄ LAKARAR WARMI


Ivan Apaza-Calle

Chiqpachansa, aka urunakanxa, saya, jichhurunxa, redes socialanakanxa mä tawaquwa uñstawayi, khitisa, khitisa, sikhisipxi; yaqhipanakaxa laka jist’aratawa celularanakapan uñch’ukipxi, jisa; ukhamawa. Nayrapachanxa, khitisa ni kawkhansa indiunakaxa parlaña yatipxanti, ñäsa, jupa pachpanakakiwa parlasipxana, ukhamaraki, jaya qhirwa markanakana, yaqhipanakaxa jach’a arumpi arsusipxana; chiqasa, uka arunakaxa thayakiwa apasiwayxana; ukhamanapi jakañaxa. Ch’ujuki, ch’ujuki. Awkisana pachapanxa, chachanakakiwa, juk’at, juk’at                                            arsusiña yatipxana, warminakaxa uka pachanxa janiwa arsusiña yatipxanti, amukiwa unch’ukipxana, amukiwa ist’apxana…, amukiwa... Jan sasina ni mä laka aru ni kunsa arsupkanti, ukhama mä k’uchuna lip’isipkirina, ist’asa, ist’asa…
2019. Ist’apxam: “nayax mä lakarar cholatwa”. Ukham arunak ist’asi. Jisa. ¿Khitisa?, ¿Khitis ukham arsuni? Jinchusa p’arxtiwa, p’iqisa chhijukiwa, q’ara tumaykunakaxa ukham arunak ist’asina, ñä puniwa jaqutapxapxi, ¡ay!, kunasa, kunasa sasina.
Wawakan ukhaxa, mä jisk’a imillitanwa; yatiqaña utaruxa kayukiwa jutirina; kapachusa qipt’ata, mantillampi awayt’ata sarnaqana; kapachupanxa, mä panka, mä rixiñampi k’ipxarana. Uka jisk’a imillitaxa, jallupachanxa, wañapachanxa, ukhamaraki juyphipachanxa yatiqaña utaruxa jutaskakiriwa. Mä jawir jam jalir jalirinwa. Jisa, ukhamanawa.
Uka imillitaxa mä uruxa, jan kuns sasina, chhaqhaniwayxchixaya, ni kaukhar saräta. Maranakaxa ratuki saräna, ratuki; jisk’a lluqallanakaxa, ukhamaraki, jisk’a imillinakaxa ratukipi jilsuwayapxanaxa. Yaqha pachanwa, Jach’a yatiqaña utanxa (UMSA) ukhanwa, juparu xiqhatawayta. Wali ch’ullqhi tawaquxatayna, nayrapasa, arupasa, uka jayp’uxa, qhispiyirjamanwa. Ukhamapi jupata amtasiwaytxa.  
¿kunas sutimaxa?  Sikhiwayta
Yola Mamani. Sarakinwa.
Jumaruxa, nayaxa uñtsmawa. Markamaxa nayana markaxarakiwa, jumaxa Warisayt’a markankiritawa; nayra pachanxa, mä yatiqañ utarukiwa, panini sariritanxa ¿Amtastati?
¡Saya!, kamisaraki armasisti. ¿Luqhitacha? Sarakinwa. Ukhamapi nayra maranakana xiqxatawaytxa.
Yolanditan nayrapanxa, uka jayp’uxa, waly k’uchikinwa, qhispiyiri unch’ukitapasti, ch’ulqhi arupasti, uka pachatxa jichhurkamaxa, janiwa jiwkiti. Ukhamakiskiwa. Ukatapi jichhuruxa, jupaxa youtuber ukanxa, redes sociales ukanxa walipi tuqisixa, walipi amuyt’ixa, warmjama jiwas markasan amuyunakapa  yatiyi.
Yola kullakataqixa jakawisaxa, janiwa walikiti, juk’ampirusa, janipuniwa warminakan jakawipaxa walikiti, ukatapi parlixa, uksat, uksat q’aranakatakixa walipuniw phiñasi. Ukakipansa jakawisaxa wali llakiwa. Ist’añaspawa wayna tawaqunaka, chiqpachansa jupan arunakapaxa, jupan amuyunakapaxa, inäsa jiwas p’iqisaru, amuyusaru turkakipayaspa. Ukhamapanaya.

martes, 25 de junio de 2019

"NO QUIERO QUE MI HIJA SEA SU SIRVIENTA"


Iván Apaza-Calle



De la lúgubre celda de un prisionero en 1989 se escuchaba una voz aparentemente olvidada; escuchen este rugido: “A todos los oprimidos y explotados del campo nos toca cambiar nuestros viejos arados egipcios por un moderno fusil…,y ahora los surcos que abrimos para depositar las semillas se convertirán en una trinchera de combate…” No, no es la locura de un blanco-mestizo haciéndose pasar por revolucionario, ni es un heredero del Che Guevara; es otra voz, con otro tono. ¿Quién es el atrevido?, por el mensaje, es una persona de manos encallecidas que labra la tierra, que ha decidido abandonar la existencia servil frente al q’ara, llevando su voluntad hasta el límite,  para poder transmutarse de oprimido en un ser libre. Es el rugido de un aymara, es el mensaje de Felipe Quispe Huanca. Hasta este momento pueden decir: palabrerías y mas palabrerías; nadie creía en este mensaje aun cuando esto metía el dedo en la llaga, ¿por qué?, Sartre nos arroja esta razón: “uno no cree de inmediato en lo que quiere creer; es necesario alguna practica”(1).  Poco tiempo después aquel mensaje que ya era praxis sale a flote para todos. Los rumores corren de ayllu en ayllu, de calle en calle, pero la prensa calla para no aterrorizar a los que ya han sido cercados en 1781.  El silencio es rotundo, pero en tanto lo es, cualquier pequeño sonido alarma más a los administradores del Estado colonial. No tienen otra salida; estos se ponen a combatir al indio rebelde.
En las épocas pasadas, las naciones autóctonas han sufrido el sometimiento de su voluntad, no hubo derecho a reclamo en ese tiempo ni a través del consentimiento del ocupante; la injusticia, la violencia, el saqueo, etc., estaban a la orden del día. La rebelión metafísica rondaba bajo el gorro y sombrero de las y los indios. Pero la rebelión metafísica tiene límites, no tarda en concretizarse; cada generación presenció a un indio rebelde, y fue guiado por este. En nuestra época también se ha presenciado este fenómeno.
Las personas a medida que quieren explicar algo, no meramente recurren a la reflexión, sino a otras cosas como la literatura, la música, la religión, la política, etc. Quieren satisfacer con respuestas a sus preguntas; muchas veces no dan al clavo sino que lo postergan hasta que se pierde en el olvido y se vuelve normalidad; sin embargo, otros dan al clavo en esa búsqueda, y puede ser la de un adolecente o un joven en un país colonial bajo el cual existe, como el Mallku frente al “Manifiesto del Partido Indio de Bolivia” de Fausto Reinaga, que zambullirse en sus páginas fue para él como mirarse al espejo; a partir de ahí: adiós al “Manifiesto comunista”  de Marx y Engels de contexto remoto.
Pero las preguntas tienen más sed, aun no están satisfechas con el escrito de fuego de Reinaga; la búsqueda de aquel joven se agudiza, el impulso diario a cada minuto es fatal,  donde quiera que ve, donde va, esta la opresión de sus pares; mira al indio cargando la canasta del q’ara, oye los gritos racistas de una blanca a una empleada en medio de la calle: le causa dolor, sufrimiento; esta experiencia le sirve como impulso.  Escucha la radio para informarse, en eso, se topa con un programa radial, que emitía una radio novela; ¡ah!, ahí está, trata la vida y muerte de Tupak Katari-Bartolina Sisa, la llamarada se extiende y pasa a la realidad, en ella encuentra personas que también viven su situación, pero estos desfallecen en el camino. Él continua; apenas ha andado poco, falta mucho por abarcar. En medio de carnicerías y charcos de sangre humana en 1975 durante el gobierno de Banzer, y que horror es mencionar este detestable nombre, conoce al  conductor del programa radial, a partir de ello Felipe, inicia lo que él llamo “el indio en escena”, en la vida política por supuesto.        
Con esta experiencia la voluntad política dormitada del Mallku, se enciende en llamas para no apagarse, por las adversidades de la existencia, la difamación, el hambre que vive su familia ni la muerte de sus tres hijos lo detiene(2); para ser claros, esa voluntad es símil  al pensamiento de F. Nietzsche: “…, el que no me mata me hace más fuerte”(3), y así se mantiene hasta hoy.
Al verse reflejado en el escrito indianista de Reinaga, se dio cuenta de la condición: de indio;  esto implica una existencia muy particular para los oprimidos, pues nacer, crecer bajo ese orden colonial,  es llevar cargada esa experiencia lamentable en el presente eterno y actuar influenciado de alguna forma por ella. Esta condición devenida en conciencia a través del indianismo produce lo que Ayar Quispe llamó en un indio rebelde. Los aymaras nos conocimos como aymaras a través del habla y discurso del indio rebelde, no porque haya memorizado lo que Reinaga dice, ni aquel y el otro, sino, ese lenguaje fuerte y áspero es resultado de la misma vivencia bajo el cual existe, esa es la razón principal por la que nos redescubrimos como somos en verdad, porque también  tenemos esa vida áspera.
No es que Felipe haya optado vivir bajo este sistema opresivo, ni ninguno de los que lee este escrito; el orden colonial ya estaba ahí cuando surgimos a la existencia, la tenemos ahí por herencia. En cuanto nacimos bajo la colonia ya estábamos determinados de alguna forma por lo externo como seres inferiores, como indios en efecto. Lo externo ya estaba dividido en dos grupos contrarios y contradictorios. Pero validar como absoluto esto, seria anular la capacidad reflexiva de cada persona  y su constitución; El indio rebelde es producto de esa capacidad y reflexión. Cada uno en tanto existe se construye. Consiguientemente, el indio rebelde no ha nacido para satisfacerse de los lujos, placeres de lo externo; no posee bienes materiales como un q’ara o un qamiri, este solo tiene verdades de fuego que incendian y la voluntad libertaria que no cesa de impulsar su praxis para eliminar lo pre-determinado que impone el sistema.
El destino que cada uno construye es negado, ¿a caso no es así en la actualidad? La negación del sistema a las personas es constante, pero esto no basta, llega hasta los límites de la existencia de uno, a la sobrevivencia.  La condición existencial de hoy: el indio, es un constructo del opresor, “el indio es producto de la instauración del régimen colonial. Antes de la invasión no había indios, sino pueblos particularmente identificados”(4).
El indio es una persona determinada por lo externo, no es el individuo libre dentro de las estructuras coloniales, las acciones que realiza son dirigidas hacia un fin, básicamente el comportamiento y la forma de pensar es moldeada. Pero hay algo mas, su voluntad está limitada; en cambio en el indio rebelde, el asunto ya es otro, este ha roto ese esquema, quizás solo tenga el límite de la muerte, pero no es nada raro que también otro le reivindique después de su muerte y aun siga en acción su pensamiento, pero su rebelión en tanto monacal, no sirve pues tarde o temprano fracasa.  
Algunos piensan que el Mallku, es aquel loco maniático, que dice absurdidades, pero este discursillo solo tiene valides en el entorno desde el cual surge; leamos: las palabras emitidas para transmitir un mensaje vienen cargadas de la vivencia, en este caso lo que las sensaciones nos dictan a través de lo concreto; los opresores están partiendo desde la realidad que ellos están viviendo.  Los pensamientos de un determinado individuo encierran una vivencia particular. El q’ara y el indio rebelde tienen vivencias distintas y contrarias, en consecuencia, los pensamientos que se expresan de ambos, difieren el uno con el otro, porque en el pensamiento interviene no solo la vivencia sino el pasado, “el pasado está presente en todo nuestro funcionamiento cerebral, y es el fundamento de los hábitos, de los reflejos condicionados…, (el) pasado está presente en nosotros, en tanto en cuanto nos ha hecho lo que somos”(5).
El impulso del Mallku, no son las lecturas simplemente, sino que la condición en que se halla es la que le empuja a la política; no tiene la voluntad servil hacia el q’ara, sino que el poder de su voluntad hace que sea un aymara que pretende libertar despertando la conciencia externa que dormita; para esto utiliza el lenguaje que está viviendo los aymaras; fuerte cual viento áspero de las cordilleras, pero sobre todo demuestra con la práctica,  le habla al q’ara de frente, sin pelos en la lengua, pero aun hay mas; no le teme. Sus palabras son firmes y seguras, es un corajudo fornido en el sentido estricto del término; su mirada profunda anula la del opresor pues este agacha, las dubitaciones no están para él, porque su conciencia y pensamiento son libres. Después de ser torturado hasta las últimas consecuencias, para que delate a toda la organización guerrillera; uno puede pensar que ya es un manso ante el colono, pero no, sería una equivocación garrafal balbucear tal idea, ni aun cuando se lo electrocuta en los testículos, ni mucho menos los golpes que recibe por doquier, doman a ese indio rebelde; se intensifica su voluntad de lucha por la liberación. La prensa ha querido hacerle pisar el palo, hacerlo parecer terrorista a sus acciones, no pudo meterle en su bolsillo; fracasó. Cuando se le preguntó  por qué escogió el camino del terrorismo, este respondió: “No quiero que mi hija sea su sirvienta, tampoco que mi hijo sea su cargador de canastas”(6). Pocas palabras que refleja la condición de indio, que desnuda la normalidad costumbrista, en fin al sistema opresivo.  
No creo que el homo politicus en su sentido estricto sea un sujeto que actué mecánicamente, sin reflexiones para su praxis; ni mucho menos aquel llunk’u que transita de partido en partido, sino que tiene que ver con aquella persona que tiene  un compromiso social, que cree posible poder cambiar una realidad; ese es un político, que dedica tiempo completo, un profesional que cabe en la definición de Max Weber.
El Mallku sobre los Andes, no es una praxis mecánica, sino que deviene de un pensamiento, pero esta surge de la experiencia particular de indio agregando sus lecturas y su reflexión. El pensamiento se ha hecho praxis, aquello que estaba en ebullición debajo del ch’ullu, alistando la estocada final al q’ara; el indianista en el final del siglo XX y XXI, cerró una época y abrió otra. No hay más indianistas, lo que si existen como las piedras, es el indianismo teórico consecuencia de la teoría del indianismo.
Pocas veces se puede ver en el país colonial, un compromiso político hasta sus últimas consecuencias, sino es en la consecuencia de principios, es en la guerra anticolonial donde la existencia solo tiene significado en tanto se destruye el orden instituido, todo lo contrario es no existir para el colonizado; los tupakataristas mostraron esa actitud en 1781 durante el cerco, demostrando que “de lo que se trata es morir matando”. El compromiso político anula los bienes materiales e intereses particulares, el ser que es el indio rebelde no es, sino el servil a la ideología de la liberación; no hay términos medios, se es o no se es; su derrotero es ser o no ser, entre la vida y la muerte.  Si en el escritor es satisfacer a la solitaria, el demonio que tiene sed de escribir y leer porque “exige a sus adeptos una entrega total”(7), en el político que existe bajo la colonia extranjera, ocurre similar pasión, sacrifica a sus seres queridos, sus sueños íntimos son echados abajo, lo que importa es constituir su proyecto político. El retrato que realiza Ayar sobre el Mallku es rotundo: “’el oprimido es el oprimido’ y su lucha puede ser imparable e incomparable cuando lo realiza por una causa sagrada, liberadora y justa. Por lo que sí ha perdido  una guerra siempre estará dispuesto a combatir en otra y en otra… por eso, no teme a la cárcel, la tortura o la muerte”(8).  
La existencia del colonizado no es una vida libre, su sistema de vida, sus vivencias están sometidas a las estructuras coloniales, si ahí no hay vida solo existencia, los condenados a la opresión, se rebelan en cuanto poseen la conciencia de esta condición, pues, sin “la conciencia que no es dueña de sí, no hay, no puede haber LIBERTAD posible!”(9) Estos insatisfechos ya no son mas parte de los normales sino pasan a ser los descontentos, solo ellos encienden la llamarada de la liberación y tal ha sido y es Felipe Quispe Huanca; su nombre ya no es, sino una praxis o eso que llamamos indianista.

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(1)SARTRE Jean-Paul, "El muro", Buenos Aires:Losada, 2007, p. 239.
(2) Cf. QUISPE Huanca Felipe, "El indio en escena", Bolivia: Pachakuti, 1998.
(3)NIETZSCHE F., "El crepúsculo de los idolos", Bolivia: Latinas ed., 1999, p. 10.
(4)BONFIL Batalla Guillermo, "México profundo. Una civilización negada", México: Grijalbo, 1994, p. 121.
(5) CHAUCHARD Paul, "La memoria", España: Ed. Mensajero, 1979, pp. 73 y 33.
(6) QUISPE Huanca Felipe, "Mi captura", Bolivia: Pachakuti, p. 30.
(7) VARGAS Llosa Mario, "Antología mínima de Mario Vargas Llosa", Argentina: Tiempo contemporáneo, 1969, p. 169.
(8) QUISPE Ayar, "Los tupakataristas revolucionarios", Bolivia: Pachakuti, 2009, p. 15.
(9) REINAGA Fausto, "La guerra India, Tuapj Amaru y Bolivar", Bolivia: s\e, 2016, p. 9.

jueves, 20 de junio de 2019

YARAWI JAYLLIMPI AYMAR KUTIKIPSTIRINAKANA. (Poesía y canción en aymaras rebeldes. Sobre Nación Rap)



Iván Apaza-Calle


“Jayllisti, jaqinakäna nina ajayupa qhanstayañäpawa”
Ludwin Van. Beethoven


Aka phaxsinakansti, markasänsti, thayakipi purinxixa, qullavinunakasti sapurupï ukhama thayan phust’ata, thayan thaysuta irnaqawinakaparu irnaqiri sarapxixa. Uksata…, aksata sarnaqapxixa; sayt’atakipï mä k’uchuna uñch’ukta, mä k’uchuna lip’iskta. Ukatxa, sartawaraktwa. K’achhata, k’achhata sarnaqta mä usutjama; thakhinsti aljirinakasti qhaturukiwa jawq’apxixa.

 Awkixasti, nayra pachanxa, sitanwa

― Qhatiranakaxa aljañatakiwa ukhama jawq’apxi. 

Sarantaskaktwa. Llakiwa purxatitu, llakt’atakipï sarnaqaskta, ¿kuna llakis purinitü?, ist’apxita: jaqinakapï llakiyituxa, jakawipï llaki mantayituxa, ukhamarusa aymar markasasti janikipi wali sartkitixa; chiqpachansä, yaqhip urunakanxa, jayllinakakipï k’uchiki jakayituxa, yaqhip urunakänxa pankanakakipï wali kusist’ayituxa, ñasä, ukhamapi uka llakinakatxa armt’astxa. Waly ch’amapi sarnaqañaxa, wali ch’amapi sartañaxa; kunasa wali ch’amawa… Suyt’apxäm, armastanwa, sintikipi jakawiru juchañstanxa, jakawinsti, utjarakiwa kuna kusisiñäsa, jayllinakaxa, ukarusa pankanakaxa, ukhamaraki ullañaxa, mä kusisiñapï.     

Sarantaskaktwa, celularansti suma jayllinaka ist’askarktwa, ist’apxam:
“Munat mamita, munat mamita, jumampi sarxañmunta…” ukhama ist’asi; yaqha jayllinsti ist’asirakiwa: “inalmama satawa, inalmama pijchawa, jall ukhamawa,…” jay ukhama ist’asiraki, arunakapasti q’axu lluqallitunakankiwa, ist’asipkakiñani…: munat inalmamita, jumampi saraska, munat inalmamita jumampi sarnaqä” ukhamaraki ist’asi; ¿khiti q’axu waynuchunakasa? ¿khitinakasa ukhama jayllipxi?  

Nayrapachanxa, sañäni 2000-2003, jiwas kasta jaqinakasti, mayat, mayat jiwarapxäna, q’axu lluqallanakaxa uka pachanxa lup’ir jaqxamawa sayt’ata uñch’ukipxäna, sayt’ata muspapxäna; chuymanakapansti chhijuki, chhijuki… ukhama musparapxäna. Raryu ukansti, mä thuru aru ist’asirakinwa, uka jaqisti, jiwas jaqinakatakisti, wali munatanwa, q’aranakatakixa wali uñisitanwa, sutipasti ayllumarkanakana wali aynaqatanwa; chiqpachansä sutipaxa Mallku satanwa. 

Mallkuxa q’aranakaruwa wali saykatawayäna, jani asxarasisa, jani p’inqasisa; jupapi aymar markasaru nayraqataru sarantayänaxa, ukarusti, lup’iwinakapaxa q’axu waynanakaru turkakiptayäna. Uka maranakansti, jiwas masinak q’axu waynanakaxa mä películawa uñch’ukipxäna, ukasti satanwa: “Wilat wilat” (Sangre por sangre). Uka pelikulaxa, ukhamaraki, mallkuna lup’iwinakapaxa walipunipï waynanakan lup’iwinakap p’arxtawayixa.

Uka awqa pachanxa, altupäta markansti, waynanakasti tamata, tamata kamachikunakana parlasipxirina, uka tantachawinakatapï walja tamanakawa mistsuwayi: Wayna Rap, Insane race, Ukhamaw y ke, mc Ceja…, yaqhanakampi. Chiqpachänsa, Wayna Rap jaylliristi, Abraham Bojorquez, yaqha kasta arumpi qalltawayäna; aymar arümpi jayllirïna. Jayllinakapasti wali kust’atapï. “Ch’amakat sartasiri” uka jayllinsti, aymar markasäna amtanakapawa utji, amuyunakapatawa parli, saya, aymar aruta, aymaranakataki jayllinti.

Chiqpachänsa, uka jaylliwinsti, mä q’axu lluqallawa uñstaniräki, sutipaxa Eber Miranda satawa. Uka waynuchupï yaqha tamana uñstarakini; Nación Rap, uksäna. Aka tamanxa, kimsanipi jayllirinakaxa: Eber Miranda, Santiago Condori ukharusa, Tawit Lipan; uka kimsa kollavinunakapi jichhurunakanxa aymar aruta jayllipxi. Jupanakasti, awqa pachanxa (2000-2003) walipunïwa jalanaqapxanaxa, jach’unakarüsa qalas irt’atawa q’urawt’apxïrina.  

Nación Rap jaylli tamaxa, ukä jakawinakatpï, uka uñjasapï, uka jachawinakatpï, uka ch’axwañanakatpï yuriwayapxixa. Saya. Jan ukasti, “Jutir saphinpi” disco sutini ist’apxañani. Ukanxa, tunka pusini jayllinakapaxa aymar arutaw jaylliraki, uka jayllinakansti, jiwas jakawisata arxayapxi, jiwas kasta jaqinakasaru, walipi, chiqanchayïxa, walipi q’aranakatakïxa phiñasixa… ¿kunatsa ukhamä phiñasipxi? Janipi luqhinakapkitixa, jan ukasti, chiqakipi parlasipkixa. Aymar markasaxa nayra pachanakanxa, sunsu pachanakanxa, ch’amak pachanakanxa q’aranakakipi markasaru apnaqapxirinäxa, jichhurusa ukhamaskakiwa. 

Chiqpachänsa yaqhipanakaxa, janiwa ist’aña munapkiti, ¿kunata? Hip hop, rap sutini jayllinakasti, yankinakana jayllinakapawa sapxi, q’aranakana jayllipawa lup’ipxi, jan uka arunakaru, ukhamaraki, lup’iwinakaru yaqapxañanti. Janipï ukhamakitixa, jan ukasti ist’apxañani. Mayampi arxayansma, kunas arxayapxistu, kuna arunakas parli, kuna lup’iwinakäsa arsupxi, kunäsa jayllipxi. Munat jilata, munat kullaka ist’añaspawa, ist’amaya, saya, ist’am, mä yarawiku waynasti akhamawa jayllini: “Wali puniwa ch’amanchasiñani, amuyt’asiñani, mayachht’asiñani/ Pachamama uraqitataki mayachht’asiñani…” Aka arunakansti utjiwa mä amtawi, sañani, yaqha pachanakana jiwas jaqisana amtawipawa amtayistu, ukawa. Uka yarawiku waynasti jichhuruxa ukapi jayllinakampi amtayistu, ¿kunatakisä? Pachamamaru arxatañataki. Aka uraqixa jiwasankipi, ukatawa arxataña wakisi, ukatawa yarawikuxa uka, ukham arunakampi amtistu. Amtañäni sapüru.

 Ukhamapanaya.    


MACUSAYA Y LAS BATALLAS POR LA IDENTIDAD


Iván Apaza-Calle

Las calles ardían por aquel año (2003), las balas y los gases lacrimógenos dispersaban los grupos que bloqueaban en todas las esquinas…, las voces que se oían eran de llanto, de protesta y de esperanzas. Eso se oía en los relatos de las radios, eso se observaba en la pantalla chica de blanco y negro que teníamos en casa. Por esos mismos años en las comunidades rurales, cada quien empuñaba un fusil, una q’urawa, unos palos, unas flechas… Lo recuerdo bien. Septiembre de 2003, la plaza de Warisata estaba atestada de comunarios, muchas personas encapuchadas portaban el legendario máuser de la guerra del Chaco, algunos con los rostros absortos, preguntaban por los desaparecidos, algunos adolescentes también se preguntaban por qué sucedía lo que sucedía, yo me preguntaba, por qué habían baleado a un amigo mío, a un tío, familiar que dejaba en orfandad varios pequeños, mientras aviones hércules sobrevolaban cerca al suelo altiplánico ese día.
Carlos Macusaya, el cobrizo barbilampiño por  entonces, también se fogueaba en la ciudad de El Alto, se dio cuenta sobre los procesos de lucha que acaecían, sobre las diferencias marcadas por el Estado colonial, diferencias entre indios y q’aras, pero a la par, notó que ciertos grupos de indianistas y kataristas, habían iniciado anteriormente la lucha por los derechos al Estado colonial, el derecho que tienen como nación; sin embargo, en ese fogueo del que tantos fueron participes y correteaban en medio de las balas, de los gases lacrimógenos había otro bando, los nietos de los patrones de nuestros padres y abuelos, estos balbuceaban en las calles:  ¿Qué quieren estos indios de mierda? Macusaya, escuchó esas palabras agrías cuando protestaba marchando en El Prado paceño. No lo olvidó.
La situación caótica, de batallas y muertes se había calmado con la asunción del presidente de origen “indígena”. Las cosas se habían volteado, los indios que eran odiados y todo lo que les relacionaba, ahora estaban de moda, todos querían ser indios, todos buscaban sus raíces ancestrales, los bicheros o los cazadores de gringas estaban en auge. Y de repente esa voz y el rostro que se petrificó en la memoria de Macusaya, reaparece, ahora le inquieta, le molesta, sabe que esa hipocresía contiene algo: instrumentalización. No está de acuerdo con ello y socializa todos sus pensamientos en los debates públicos, en la lucha de ideas “cara a cara”; no es suficiente. Necesita hacer algo más. Escribir. Sí. Escribe algunos garabatos que los guarda hoy, pero los garabatos aun no son suficientes, necesitan ser publicados.   
El inicio de todo siempre es difícil. Macusaya, caminaba una hora cada día, recorría desde las laderas de Villa Fátima hasta la Universidad Mayor de San Andrés. En el trayecto pensaba las ideas que iba a escribir. El bibliotecario se había hecho amigo suyo; a veces tomaba prestado un libro, en otras ocasiones la computadora y cuando sucedía eso, tecleaba cada letra frente a la pantalla ajena, así letra tras letra, palabra tras palabra formaba oraciones dando a luz a sus escritos.
En otros tiempos, se encontraba detrás de varios libros tendidos en el piso, libros malditos para el q’ara, folletos digeribles para principiantes, obras pirateadas… A su alrededor, había personas de todas edades que le escuchaban y debatían sobre el destino del indio y observaban aquellos objetos que contenían signos en sus hojas. Esos libros tendidos sobre un nilón, se asemejaban a una fogata que ardía en plena noche, alguna de estas personas le compraba el fuego para iluminar su camino y los demás se acercaban para iluminarse y calentarse un momento. Macusaya, hablaba y a través del habla transmitía lo que había leído; así se hizo orador, de esos que, de su boca salen ideas con esa rapidez alucinante, que muy pocos saben seguir.
A Carlos Macusaya, porque escribía y hablaba con la rapidez de liebre, muchos no le entendían, y empezaron a desconfiar de sus ideas sobre el indio, lo indio, el pachamamismo, las pachamamadas y los pachamámicos… No le importaba las desconfianzas que le tenían, sólo escribía; tomaba poca atención a las críticas; era lo de menos, él escribía al calor del escenario político e impulsado por la pasión de escribir, escribía lo que no se decía, pero que se observaba y se oía bien para los demás. Quería denunciar la hipocresía de quienes en el pasado odiaban a los indios y que hoy esos mismos hacen de paternalistas y maternalistas.
Después de Ayar Quispe, Macusaya es uno de los escritores indianistas prolíficos. Es verdad que, ambos no tuvieron la oportunidad de entablar un debate, sin embargo, tras el asesinato de Ayar, Carlos le dedicó un pequeño escrito en vez de llevarle flores en su entierro. Ambos desde sus sitios, tan cerca y tan lejos, escribían a su manera. No podía ser de otro modo, cada quien trataba de desmontar y explicar el indianismo, el katarismo, en fin, al indio en el mundo colonial ¿Acaso escogieron nacer en este tiempo y en este contexto social? No. La historia, la condición de indio, les dieron una condicionante para dedicarse a escribir sobre los temas que ambos sufrieron en carne propia: la racialización.
Han pasado años, parece ser ayer, pero es abril de 2019. Sobre los papeles se halla el libro inédito de Carlos, “Batallas por la identidad” (2019) ayer entre esos papeles estaba “Indianismo” (2011) e “indianismo-katarismo” (2014) de Ayar Quispe, escritos que tratan de sistematizar las ideas sobre la realidad colonial que, medio siglo atrás, Fausto Reinaga, había dedicado toda su vida. Hay temas comunes en los papeles inéditos, de hecho, los autores también tienen una cualidad común, la experiencia de los escupitajos racistas que vieron y experimentaron en la ciudad colonial, en esa ciudad  de calles mugrientas de desechos que causan un olor nauseabundo, barridas y recogidas por unas caras morenas, tan morenas como el color de la tierra, tierra que en un tiempo les dio de comer, ciudad de paredes, de edificios edificados por manos callosas, en cuyas esquinas o en los bancos de dinerales, gendarmes de cuello moreno quemados por el sol, resguardan la riqueza robada.
Los libros inéditos (ahora publicados) de Macusaya y Quispe hablan de esa realidad. De las diferencias sociales establecidas, del indio y lo indio, de la división social del trabajo a partir del color de la piel, de los procesos e intentos de libertad, de los fracasos, contradicciones y mixtificaciones, de las políticas de Estado que se asemejan al sopor en el cual existen los denominados indios o indígenas, cual vida mecánica, donde quizá el único sentido es sobrevivir, salir adelante sea como sea.
El autor de “De dónde venimos los cholos” (2016), sentenció sobre el nuevo libro de Carlos que “a Macusaya hay que leerle con los sentidos muy abiertos y con la expectativa que uno puede deparar a experiencias llamadas a remover lo que sabes y lo que eres. Terapia, psicoanálisis y ayahuasca. Hay quienes sentirán que no son los mismos después de conocerlo. Uno puede entrar a este libro como un cholo paria de la ciudad y salir de él siendo un indio en busca de su destino”. Sí, es verdad. La descripción de Marco Avilés, es tan cierta que, los cholos que lo leen salen tan indios que empiezan a reconstruir su pasado para legitimarse y buscar su destino, tal como había proyectado Reinaga, pero en otros casos, salen siendo un aymara o un quechua que dejan de ser indios y arrojan el oprobioso denominativo para seguir con su existencia como cualquier ciudadano del mundo. Macusaya, con sus libros convierte al cholo en indio, convierte al indio en aymara. Indianiza así como desindigeniza.
“Batallas por la identidad” de Macusaya, proporciona una apertura al debate sobre la identidad, la racialización y los procesos políticos que se suscitan hoy. Un mérito de esta obra es, que los racializados nos demos cuenta que también reproducimos ese racismo en la vida cotidiana sin darnos cuenta de ello, el mero hecho que, nos distanciemos o evitemos debatir con los otros, evidencia esa reproducción, Macusaya reflexiona en cómo funciona el racismo, la manera en que uno se identifica y lo identifican. Asimismo la obra expone las experiencias históricas e ideológicas de otras generaciones y a partir de ello, observa y describe los nuevos procesos políticos, sociales y el papel que se da a los “indígenas” y lo que se oculta en esa retórica y hace un llamado a “dejar los papeles exóticos y el juego de victimización”; no se confunda con la “llamada de la tribu” que tanto criticó Mario Vargas Llosa, Macusaya también está en desacuerdo con la subordinación al brujo o al casique todo poderoso.
En fin. Macusaya ya no es el mixtificador de aquellos años al que una vez criticamos desde la ortodoxia, ahora es el des-indigenizador. Queramos o no, el aporte de sus reflexiones en este libro, no es la polvareda que asfixiaba, sí, todo lo contrario, hay una madurez en la capacidad de abstracción, y su mérito más grande es tratar de entender el presente. He ahí la diferencia.
El Alto, fin de abril de 2019

EL DOMADOR DEL VIENTO


Iván Apaza-Calle

En mi niñez deambulaba en los basurales… Donde vivía y por aquellos años, se lo conocía como qhillapata (cenizal). En esos lugares buscábamos algún objeto que pueda servir para construir los cochecitos que fabricábamos, quizá una sandalia para extraer de ello las llantas, o quizá una lata de leche para elaborar una cisterna que transporte gasolina, o un galón de aceite para construir un micro. 

En otras estaciones, buscábamos nilones para fabricar cometas que volarían al soplo del viento del Titicaca; esos días de invierno, de chuño, o de trillar la cebada, el trigo…, hacíamos competencia de cometas, como esos muchachitos en la novela de Khaled Hosseini “Cometas en el cielo”; la diferencia es que nunca perdimos nuestras cometas en la competencia. 

Poco tiempo después, leí la historia de un muchacho, que también husmeaba en los basurales, su nombre era “Cara sucia”, un personaje fantástico que el escritor José Camarlingui había creado con esa pluma de poeta. El pequeño huérfano que buscaba comida en los basurales, tenía la devoción a ese objeto mágico que puede transportarnos en el tiempo, un objeto semejante a la piedra filosofal; el libro.  
Supe estos días de otro muchacho, que también deambuló por los desechos de chatarras. Esta vez no fue por un libro sino por una película: “El niño que domó el viento”; un niño de un país desconocido para muchos: Malawi, país mediterráneo como Bolivia, y que también es un pueblo racializado, cuya sociedad rural depende de la naturaleza, de los malos años agrícolas o años fértiles de producción.   

La historia del domador del viento, basada en la memoria de Kamkwamba y Bryan Mealer:“The boy Who Harnessed The Wind”, se estrenó el 25 de enero (2019), cuyo director Chiwetel Ejiofor, escribió y protagonizó el drama que no solo revela la vivencia y el sufrimiento de una aldea habitada de negros racializados, sino que, va más allá, conmueve por las imágenes, los movimientos, el trama que nos presenta, y todos los elementos que componen esa totalidad llamada película, rebelando a quienes experimentan y sufren esa existencia. 

He ahí la diferencia de quien vive y escribe su propia historia; en este caso, Kamkwamba, Mealer y Ejiofor tocaron con la película, la llaga del hambre, del color, del olvido, de la sequía, en fin, de la supervivencia. Reinaga como Ortega y Gasset, estaban en lo cierto, la vivencia es más cercana a la realidad; a diferencia de aquellos que solo son espectadores, los que viven y sufren, pueden describirnos o representar la realidad, de tal manera que, en esas descripciones o representaciones recrean su vivencia. Así la película del domador del viento se torna en vida, pero, el mero hecho de la recreación, también es volver a tocar la llaga que aún persiste en la memoria de sus actores tanto que al escribir uno revive y vive el dolor. 

William Kamkwamba, habitante de una aldea negra, tiene la oportunidad de asistir a la escuela, pero a un precio, sí, su asistencia a las aulas vale dinero; tiene como amigo a un perro: Khamba, quien le espera recostado, a veces sentado, pero, le espera…, cerca a la puerta, frente a ella, bajo la lluvia y el viento. El peludo siempre fiel. 

El muchacho estudia en casa con la luz natural, que a veces quema y otras calienta. No puede usar el queroseno, no hay lo suficiente. Si existiera al menos un alumbrado público, seguro estudiaría bajo un poste como ese niño peruano. 
Casi siempre va en busca de algo al basural, como si en ese lugar encontrara el remedio para estudiar de noche. Sí. Siempre encuentra algo. En cada entrega de nuevos desechos junto a su amigo, el muchacho halla algo que le puede servir para sus invenciones. Busca, busca, aquí y allá…, encuentra cables, focos y chatarras ¿algo nuevo más?, una batería aparentemente inservible.

Por ese mismo tiempo en Malawi, la industria tabaquera ha sembrado y ha comprado a sus habitantes. La división de la aldea ahora está a la orden del día. A la compañía no le interesa si se tala todos los árboles existentes, lo que importa es ganar más dinero, a cualquier precio.  

Trywell, el padre de William, va contra viento y marea, él señor apuesta por la educación de sus hijos, pero la educación cuesta dinero y aquí cada uno tiene que pagárselo. 

La producción de tabaco, es extensa, sin embargo, cuando acabe de llover Malawi debe prepararse para la hambruna. Y de repente al año siguiente deja de llover y la agricultura cae. 

El muchacho aun sigue buscando algo en el basural, la nueva entrega le regala otra batería, ahora tiene el objetivo de recargar esas carcachas. El dínamo de su maestro y futuro cuñado Cachigunda es la clave, ese artefacto que tiene la magia de crear energía y encender los faroles de su bicicleta. William quiere saciar su sed de conocimiento. Le pide a Cachigunda que interceda con la señora Sikelo quien controla la biblioteca; la profesora acepta al muchacho. Ahora tiene la oportunidad de examinar todos aquellos libros sobre energía. Lo tiene, está en uno de ellos, cuyo título es: ¿Cómo usar la energía? 
Mientras el muchacho busca satisfacer sus inquietudes, afuera, en el campo político la gente es instrumento de políticos; Wimbe, el jefe de la aldea protesta frente a la vista gorda del gobierno a la hambruna que viven sus habitantes, pero solo recibe pateaduras de parte de la seguridad del presidente. La historia se repite, negros pateando a negros.

La cosecha es una miseria. Ahora el padre de William tiene que vender las calaminas de su hogar y con el dinero conseguir alimentos para sobrevivir el año. 

Sigue…, el muchacho sigue buscando…, ahora ha descubierto a través del libro, a través de su inquietud y frente a la necesidad que, se puede producir energía y con ello salvar al pueblo de la hambruna. Ahora que sabe algo y por no pagar, le han echado de la escuela; la escuela le ha negado, la sociedad también. 

Todos corren, ha llegado el grano de la existencia. La vida cuesta dinero, mas aun en tiempos de hambruna, donde sea, en cualquier rincón es así; cuesta billetes. Y el único refugio es rezar.

Ahora que ya todos dejaron de estudiar, el muchacho accede otra vez a la biblioteca de la escuela de Kachokolo. Tiene el plan de ejecutar un sueño. Cada día intenta algo. Su padre no le cree nada de lo que dice. 

William persiste a pesar de todas las negativas…, cada día las cosas son más difíciles, mientras ve desesperanza en los suyos parece derrumbarse todo, parece que todo está perdido por un momento, más cuando Khamba su amigo fiel muere de sed, de hambre. Esa muerte le causa dolor. 
No es un sueño…, dice el muchacho al viejo. Es cosa posible.

A veces necesitamos la confianza de alguien, a veces solo necesitamos creer; creer en uno mismo dice R. W. Emerson. Sin embargo, el muchacho solo necesita una mano. Lo que se ha empezado a nivel micro ahora es macro, el aparente sueño, una realidad. Hombro a hombro los habitantes levantan una torre. El invento funciona por fin; mientras el aspa jira al soplo del viento, la energía que provee el dínamo a la batería impulsa al motor y la manguera expele agua y esta corre por los canales.

La historia no es lejana, es una memoria reciente (2001) y no solamente sucedió y sucede en ese país sino en cada rincón del mundo. La geografía del hambre estremece y desespera. Quizá en esos momentos lo imposible para un adulto sea algo real, para un muchacho, no, apenas es una palabra, una opinión. Puede revivir aquello que aparentemente no sirve o es una basura, y también, puede hacer renacer la siembra… Sí. 

Domando al viento, haciendo lo imposible. 

Se trata de eso, de creer. Así nos enseña el filme sobre William Kamkwamba, y…, ese muchacho puede ser el que está sentado a nuestro lado. 

                          El Alto, invierno de 2019.