Por: Anatole France
Se ha hablado mucho de Flaubert a
propósito de la opera de Salambó. Flaubert interesa a los curiosos, y hay en
esto una razón suficiente; es que Flaubert es muy interesante. Era un hombre
violento y bueno, absurdo y lleno de genio, y que encerraba en él todos los
contrastes posibles. En una existencia sin catástrofes ni pericias supo
permanecer constantemente dramático; representó en melodrama la comedia de la
vida y fue en su intimidad tragikotatos, como dice Aristóteles. Tragikokatos
sería ahora más que nunca si viera su Salambó puesta en ópera. A la vista de
este espectáculo horrible, qué relámpago saldría de sus ojos! Qué espuma de su
boca! Qué grito de su pecho! Sería para él el cáliz amargo, el cetro de caña y
la corona de espinas, sería las manos clavadas y el costado abierto.
Todavía es poco decir, y él
estimularía que estos términos son débiles para expresar sus sufrimientos. Que
haya aparecido lamentable y terrible, de noche a los señores Reyer y du Locle,
es casi un argumento contra la inmortalidad del alma.
Por lo menos es verdad que los muertos
ya no vuelven, desde que se cerró la caverna de Dungal que comunicaba con el
otro mundo. Porque sin eso habría venido nuestro Flaubert, habría venido a
maldecir a los señores du Locle y Reyer.
Era mientras vivió, un excelente
hombre, pero se hacía de la vida una idea extraña. Encuentro muy a propósito en
la Revue Blue, un estudio del carácter de este pobre gran escritor, firmado por
Henri Laujol.
La filosofía de M. Henri Laujol en
este notable estudio se esfuerza por confundir el orgullo solitario del poeta y
a enseñar a no despreciar a nadie.
Flaubert se equivocaba al creer muy
cándidamente «que fuera del Arte no existe aquí abajo sino ignominia», y,
aunque pasara ocho días evitando una asonancia, como él se jactaba, no tenía el
derecho de despreciar los oscuros trabajos del común de los hombres. Pero
igualar estos trabajos a los suyos, estimar con el mismo precio lo que cada uno
hace por sí mismo y lo que uno sólo hace por todos, poner en equilibrio, así
como parece hacerlo M. Laujol, la nutrición de un niño y la creación de un
poema, esto es como proclamar el aniquilamiento de la belleza, del genio del pensamiento,
el aniquilamiento de todo, y es tender la mano al apóstol ruso que enseña que
más vale hacer zapatos que libros. En cuanto al Eclesiastés que citáis
imprudentemente, tomad en cuenta que era un gran escéptico y que el consejo que
os da no es tan moral como lo parece. Hay que desconfiar de los orientales en
materia de afecciones domésticas.
Pero me equivoca al querellar a M.
Henri Laujol, que ya no tenía sangre fría cuando escribía estas elocuentes
líneas: Flaubert lo había exasperado, y eso no me sorprende. Las ideas de
Flaubert son para volver loco a cualquier hombre de buen sentido. Son absurdas
y tan contradictorias que cualquiera que intentara conciliar solamente tres de
ellas, pronto se apretaría las sienes con las dos manos para impedir que le
estallara la cabeza. El pensamiento de Flaubert era una erupción y un
cataclismo. Este hombre enorme tenía la lógica de un temblor de tierra. Él lo sospechaba un poco y
no siendo muy simple, se hacía con mucho gusto más volcán todavía de lo que era
en realidad y ayudaba a convulsiones naturales con cierta pirotecnia, de manera
que su extravagancia innata debía algo al arte como esos parajes en los cuales
los posaderos agregan puntos de vista.
La grandeza sorprende siempre. La de
las divagaciones que Flaubert apilaba en sus cartas y en la conversación, es
prodigiosa. Los Goncourd recogieron algunas de sus conversaciones, que causaran
una eterna sorpresa. En primer lugar hay que saber lo que era Flaubert. A la
vista: un gigante del Norte, mejillas infantiles con un bigote enorme, un gran
cuerpo de pirata y ojos azules ingenuos para siempre. Pero, en lo que toca del
espíritu era en verdad un bizarro
conjunto. Se ha dicho hace mucho tiempo que el hombre es diverso. Flaubert era
diverso, pero además era dislocado y las partes que lo componían tendían sin
cesar a desunirse. En mi infancia se mostraba en el teatro Serafín una imagen
perfecta, un símbolo del alma de Flaubert. Era una especie de pequeño húsar que
venía a danzar fumando su pipa. Sus brazos se despegaban de su cuerpo y
danzaban por su cuenta sin que el mismo dejara de danzar. Después las piernas
se iban cada una por su lado sin que el pareciera notarlo, a su vez el cuerpo y
el tronco se separaban, y la cabeza misma desaparecía en el bonete de astracán
de donde caían ranas. Esta figura expresa perfectamente la desarmonía heroica
que reinaba en todas las facultades intelectuales y morales de Flaubert y
cuando me fue dado verlo y oírlo en su pequeño salón de la calle Murillo,
gesticulando y aullando en traje de corsario, no pude impedirme en pensar en el
húsar del teatro Serafín. Estaba mal lo confieso. Era faltar el respeto a un
maestro. Por lo menos la admiración grande y llena que me inspiraba su obra no
disminuía por ello. Todavía ha aumentado después y la inalterable belleza, que se extiende por
todas las páginas de Madame Bovary me encanta cada día más. Pero el hombre que había
escrito este libro con tanta seguridad y con mano infalible, este hombre era un
abismo de incertidumbre y de errores.
Hay en eso con que humillar nuestra
pequeña sabiduría: este hombre que tenía
el secreto de las palabras infinitas, no era inteligente. Al oírlo recitar con
una voz terrible aforismos ineptos y teorías oscuras que cada una de las líneas
que había escrito se levantaba para desmentir, uno se decía con estupor: he
ahí, he ahí el macho cabrío emisario de las locuras románticas, la bestia de
elección en que van todos los pecados del pueblo de los genios.
Era esto. Era aún el gigante de buena
espalda, el gran San Cristóbal que apoyándose penosamente en una encina
desarraigada, pasó la literatura de la ribera romántica a la ribera naturalista
sin sospechar lo que llevaba de donde venía y a donde iba.
Uno de sus abuelos se había casado con
una mujer del Canadá, y Gustavo Flaubert se jactaba de tener en las venas
sangre de piel roja. Es seguro que descendía de los Natchez, pero era por
Chateaubriand. Romántico lo fue en el alma. En el colegio ponía un puñal bajo
la almohada. Adolescente detenía su tílburi delante de la casa de Casimiro de
la Viña y se subía para gritar en la verja injurias de granuja. En una carta a
un amigo de sus primeros tiempos saludaba en Nerón al hombre culminante del
mundo antiguo. Amante apacible de una literata, calzó bastante torpemente las
botas de Antony. He estado a punto de matarla, cuenta veinte años después. En
el momento en que fui hacia ella, tuve como una alucinación.
Los Goncourt anotaron en su Diario
esas disertaciones confusas, esas tesis en completa oposición con su talento
que él esparcía con voz de trueno; «esas opiniones de parada»; esas teorías
oscuras y complicadas sobre un sello puro
un sello de toda eternidad en cuya definición se sumergía como un búfalo en un lago cubierto de altas
hierbas. Todo esto seguramente de una gran inocencia. En el estudio que antes
señalé, Mr. Henri Laujol comprendió muy bien que el más lamentable error de
Flaubert fue creer que el arte y la vida son incompatibles y que para escribir,
hay que renunciar a todos los deberes como a todas las alegrías de la vida.
Un pensador, decía (¿y qué es el
artista sino un triple pensador?) no debe tener ni religión, ni patria, ni
siquiera alguna convicción social.
Formar parte de algo, entrar en un
cuerpo cualquiera, en cualquiera tienda o cofradía, tomar siquiera cualquier
título, es deshonrarse, envilecerse.
Pintarás el vino, el amor, las
mujeres, la gloria, con la condición, mi buen señor de que no seas ni borracho,
ni amante, ni marido, ni soldado. Mezclada la vida, se la ve mal, sufre o se
goza demasiado de ella. El artista, según yo «es una monstruosidad, algo fuera
de la naturaleza».
Esa es la falta. No comprendió que la
poesía debe nacer de la vida,
naturalmente, como el árbol, la flor y el fruto salen de la tierra, y de la
plena tierra, bajo los ojos del cielo. No sufrimos nunca sino por nuestras
faltas. Él sufrió cruelmente de la suya. «Su desgracia vino, dice justamente
nuestro crítico, de que se obstinó en ver en la literatura, no la mejor
sirviente del hombre, sino no sé qué cruel Moloch, sediento de holocaustos».
En este transcurso melancólico de
estados de alma y de modos de pensar, las obras del viejo Flaubert permanecen
en pie, respetadas. Basta para que perdonemos al buen autor las incoherencias y
contradicciones, existe una que hay que
admirar y bendecir. Flaubert, que no creía en nada en el mundo, y que se
preguntaba más amargamente que el Eclesiastés: «¿Qué fruto saca el hombre de
toda labor?», Flaubert fue el más laborioso de los obreros de las letras.
Trabajaba catorce horas al día. Perdiendo mucho tiempo en informarse y
documentarse (lo que hacía muy mal, porque carecía de crítica y de método),
consagrando largas tardes a exhalar lo que M. Henri Laujol llama también su
«melancolía rugiente», sudando, soplando, jadeando, dándose infinitos trabajos
y agachando todo el día sobre una mesa su vasto cuerpo hecho para el libre
viento de los bosques, del mar, de las montañas, y que la apoplejía amenazó por
mucho tiempo antes de exterminarlo; él reunió por la factura de su obra, a la
obstinación de un escrito frenético y al celo desinteresado de los grandes monjes sabios, el ardor
instintivo de la abeja y del artista.
¿Por qué no creyendo en nada, no
esperando en nada, no deseando nada, se entregaba a tanta labor? Esta
autonomía, por lo menos, la concilió cuando hizo en plena gloria, esta
confesión dolorosa: «Después de todo, el trabajo, esa es la mejor manera de
escamotear la vida».
Era desgraciado. Sin por equivocación
y si era víctima de sus ideas falsas, no por eso dejaba de sufrir torturas
reales. No imitemos al abate Bournisien, que negaba los sufrimientos de Ema
porque Ema no padecía de hambre ni de frío.
Algunos no sienten los dientes de
hierro que les muerden la carne, otros se irritan por una almohada de plumas.
Flaubert, como la princesa del Renacimiento, cargó con más de lo que podía «del
tedio común a toda criatura bien nacida».
Encontró algún consuelo en aullar
máximas lamentables. No le hagamos por tal cosa un reproche demasiado grave. Es
verdad que tenía ideas literarias perfectamente insostenibles. Era de esos
valientes capitanes que no saben razonar sobre la guerra, pero que ganan las
batallas.
Fuente: Anatole, France. (1924). Páginas escogidas. Selección de Pablo Neruda. Ed. Nascimento. Chile. Pág. 280-287



