martes, 13 de noviembre de 2018

LAS IDEAS DE GUSTAVO FLAUBERT

Por: Anatole France

Se ha hablado mucho de Flaubert a propósito de la opera de Salambó. Flaubert interesa a los curiosos, y hay en esto una razón suficiente; es que Flaubert es muy interesante. Era un hombre violento y bueno, absurdo y lleno de genio, y que encerraba en él todos los contrastes posibles. En una existencia sin catástrofes ni pericias supo permanecer constantemente dramático; representó en melodrama la comedia de la vida y fue en su intimidad tragikotatos, como dice Aristóteles. Tragikokatos sería ahora más que nunca si viera su Salambó puesta en ópera. A la vista de este espectáculo horrible, qué relámpago saldría de sus ojos! Qué espuma de su boca! Qué grito de su pecho! Sería para él el cáliz amargo, el cetro de caña y la corona de espinas, sería las manos clavadas y el costado abierto.

Todavía es poco decir, y él estimularía que estos términos son débiles para expresar sus sufrimientos. Que haya aparecido lamentable y terrible, de noche a los señores Reyer y du Locle, es casi un argumento contra la inmortalidad del alma.

Por lo menos es verdad que los muertos ya no vuelven, desde que se cerró la caverna de Dungal que comunicaba con el otro mundo. Porque sin eso habría venido nuestro Flaubert, habría venido a maldecir a los señores du Locle y Reyer.

Era mientras vivió, un excelente hombre, pero se hacía de la vida una idea extraña. Encuentro muy a propósito en la Revue Blue, un estudio del carácter de este pobre gran escritor, firmado por Henri Laujol.

La filosofía de M. Henri Laujol en este notable estudio se esfuerza por confundir el orgullo solitario del poeta y a enseñar a no despreciar a nadie.

Flaubert se equivocaba al creer muy cándidamente «que fuera del Arte no existe aquí abajo sino ignominia», y, aunque pasara ocho días evitando una asonancia, como él se jactaba, no tenía el derecho de despreciar los oscuros trabajos del común de los hombres. Pero igualar estos trabajos a los suyos, estimar con el mismo precio lo que cada uno hace por sí mismo y lo que uno sólo hace por todos, poner en equilibrio, así como parece hacerlo M. Laujol, la nutrición de un niño y la creación de un poema, esto es como proclamar el aniquilamiento de la belleza, del genio del pensamiento, el aniquilamiento de todo, y es tender la mano al apóstol ruso que enseña que más vale hacer zapatos que libros. En cuanto al Eclesiastés que citáis imprudentemente, tomad en cuenta que era un gran escéptico y que el consejo que os da no es tan moral como lo parece. Hay que desconfiar de los orientales en materia de afecciones domésticas.

Pero me equivoca al querellar a M. Henri Laujol, que ya no tenía sangre fría cuando escribía estas elocuentes líneas: Flaubert lo había exasperado, y eso no me sorprende. Las ideas de Flaubert son para volver loco a cualquier hombre de buen sentido. Son absurdas y tan contradictorias que cualquiera que intentara conciliar solamente tres de ellas, pronto se apretaría las sienes con las dos manos para impedir que le estallara la cabeza. El pensamiento de Flaubert era una erupción y un cataclismo. Este hombre enorme tenía la lógica de un  temblor de tierra. Él lo sospechaba un poco y no siendo muy simple, se hacía con mucho gusto más volcán todavía de lo que era en realidad y ayudaba a convulsiones naturales con cierta pirotecnia, de manera que su extravagancia innata debía algo al arte como esos parajes en los cuales los posaderos agregan puntos de vista.  

La grandeza sorprende siempre. La de las divagaciones que Flaubert apilaba en sus cartas y en la conversación, es prodigiosa. Los Goncourd recogieron algunas de sus conversaciones, que causaran una eterna sorpresa. En primer lugar hay que saber lo que era Flaubert. A la vista: un gigante del Norte, mejillas infantiles con un bigote enorme, un gran cuerpo de pirata y ojos azules ingenuos para siempre. Pero, en lo que toca del espíritu  era en verdad un bizarro conjunto. Se ha dicho hace mucho tiempo que el hombre es diverso. Flaubert era diverso, pero además era dislocado y las partes que lo componían tendían sin cesar a desunirse. En mi infancia se mostraba en el teatro Serafín una imagen perfecta, un símbolo del alma de Flaubert. Era una especie de pequeño húsar que venía a danzar fumando su pipa. Sus brazos se despegaban de su cuerpo y danzaban por su cuenta sin que el mismo dejara de danzar. Después las piernas se iban cada una por su lado sin que el pareciera notarlo, a su vez el cuerpo y el tronco se separaban, y la cabeza misma desaparecía en el bonete de astracán de donde caían ranas. Esta figura expresa perfectamente la desarmonía heroica que reinaba en todas las facultades intelectuales y morales de Flaubert y cuando me fue dado verlo y oírlo en su pequeño salón de la calle Murillo, gesticulando y aullando en traje de corsario, no pude impedirme en pensar en el húsar del teatro Serafín. Estaba mal lo confieso. Era faltar el respeto a un maestro. Por lo menos la admiración grande y llena que me inspiraba su obra no disminuía por ello. Todavía ha aumentado después  y la inalterable belleza, que se extiende por todas las páginas de Madame Bovary me encanta cada día más. Pero el hombre que había escrito este libro con tanta seguridad y con mano infalible, este hombre era un abismo de incertidumbre y de errores.

Hay en eso con que humillar nuestra pequeña sabiduría: este hombre que  tenía el secreto de las palabras infinitas, no era inteligente. Al oírlo recitar con una voz terrible aforismos ineptos y teorías oscuras que cada una de las líneas que había escrito se levantaba para desmentir, uno se decía con estupor: he ahí, he ahí el macho cabrío emisario de las locuras románticas, la bestia de elección en que van todos los pecados del pueblo de los genios.

Era esto. Era aún el gigante de buena espalda, el gran San Cristóbal que apoyándose penosamente en una encina desarraigada, pasó la literatura de la ribera romántica a la ribera naturalista sin sospechar lo que llevaba de donde venía y a donde iba.

Uno de sus abuelos se había casado con una mujer del Canadá, y Gustavo Flaubert se jactaba de tener en las venas sangre de piel roja. Es seguro que descendía de los Natchez, pero era por Chateaubriand. Romántico lo fue en el alma. En el colegio ponía un puñal bajo la almohada. Adolescente detenía su tílburi delante de la casa de Casimiro de la Viña y se subía para gritar en la verja injurias de granuja. En una carta a un amigo de sus primeros tiempos saludaba en Nerón al hombre culminante del mundo antiguo. Amante apacible de una literata, calzó bastante torpemente las botas de Antony. He estado a punto de matarla, cuenta veinte años después. En el momento en que fui hacia ella, tuve como una alucinación.

Los Goncourt anotaron en su Diario esas disertaciones confusas, esas tesis en completa oposición con su talento que él esparcía con voz de trueno; «esas opiniones de parada»; esas teorías oscuras y complicadas sobre un sello puro un sello de toda eternidad en cuya definición se sumergía  como un búfalo en un lago cubierto de altas hierbas. Todo esto seguramente de una gran inocencia. En el estudio que antes señalé, Mr. Henri Laujol comprendió muy bien que el más lamentable error de Flaubert fue creer que el arte y la vida son incompatibles y que para escribir, hay que renunciar a todos los deberes como a todas las alegrías de la vida.

Un pensador, decía (¿y qué es el artista sino un triple pensador?) no debe tener ni religión, ni patria, ni siquiera alguna convicción social.

Formar parte de algo, entrar en un cuerpo cualquiera, en cualquiera tienda o cofradía, tomar siquiera cualquier título, es deshonrarse, envilecerse.

Pintarás el vino, el amor, las mujeres, la gloria, con la condición, mi buen señor de que no seas ni borracho, ni amante, ni marido, ni soldado. Mezclada la vida, se la ve mal, sufre o se goza demasiado de ella. El artista, según yo «es una monstruosidad, algo fuera de la naturaleza».

Esa es la falta. No comprendió que la poesía  debe nacer de la vida, naturalmente, como el árbol, la flor y el fruto salen de la tierra, y de la plena tierra, bajo los ojos del cielo. No sufrimos nunca sino por nuestras faltas. Él sufrió cruelmente de la suya. «Su desgracia vino, dice justamente nuestro crítico, de que se obstinó en ver en la literatura, no la mejor sirviente del hombre, sino no sé qué cruel Moloch, sediento de holocaustos».

En este transcurso melancólico de estados de alma y de modos de pensar, las obras del viejo Flaubert permanecen en pie, respetadas. Basta para que perdonemos al buen autor las incoherencias y contradicciones, existe una que hay que  admirar y bendecir. Flaubert, que no creía en nada en el mundo, y que se preguntaba más amargamente que el Eclesiastés: «¿Qué fruto saca el hombre de toda labor?», Flaubert fue el más laborioso de los obreros de las letras. Trabajaba catorce horas al día. Perdiendo mucho tiempo en informarse y documentarse (lo que hacía muy mal, porque carecía de crítica y de método), consagrando largas tardes a exhalar lo que M. Henri Laujol llama también su «melancolía rugiente», sudando, soplando, jadeando, dándose infinitos trabajos y agachando todo el día sobre una mesa su vasto cuerpo hecho para el libre viento de los bosques, del mar, de las montañas, y que la apoplejía amenazó por mucho tiempo antes de exterminarlo; él reunió por la factura de su obra, a la obstinación de un escrito frenético y al celo desinteresado  de los grandes monjes sabios, el ardor instintivo de la abeja y del artista.

¿Por qué no creyendo en nada, no esperando en nada, no deseando nada, se entregaba a tanta labor? Esta autonomía, por lo menos, la concilió cuando hizo en plena gloria, esta confesión dolorosa: «Después de todo, el trabajo, esa es la mejor manera de escamotear la vida».

Era desgraciado. Sin por equivocación y si era víctima de sus ideas falsas, no por eso dejaba de sufrir torturas reales. No imitemos al abate Bournisien, que negaba los sufrimientos de Ema porque Ema no padecía de hambre ni de frío.

Algunos no sienten los dientes de hierro que les muerden la carne, otros se irritan por una almohada de plumas. Flaubert, como la princesa del Renacimiento, cargó con más de lo que podía «del tedio común a toda criatura bien nacida».

Encontró algún consuelo en aullar máximas lamentables. No le hagamos por tal cosa un reproche demasiado grave. Es verdad que tenía ideas literarias perfectamente insostenibles. Era de esos valientes capitanes que no saben razonar sobre la guerra, pero que ganan las batallas.

Fuente: Anatole, France. (1924). Páginas escogidas. Selección de Pablo Neruda.  Ed. Nascimento. Chile. Pág. 280-287    


domingo, 23 de septiembre de 2018

EL ABURRIMIENTO DEL CHAMBI


Por: Daniel Averanga Montiel*

Para Ayda Ruth, por las promesas y los planes




El Chambi no es el hijo de puta que todos creen que es. Sólo se aburre. Ése es su único problema. Y conste que lo conozco desde la Academia.
El Chambi es algo simpático, pero nadie soporta su humor cuando se aburre.
Sólo puedo comprenderlo yo.
Siempre fue violento. La primera vez que vi toda su bronca liberada fue cuando un muchachito, de ésos que reciben a la semana el equivalente a todo mi sueldo durante medio año, le escupió en la cara. El Chambi sacó su macana y macaneó al pobre jailoncillo, hasta que éste escupió las muelas del juicio. Me eché a reír, pero no tanto, porque el Chambi tiene el papel del malo y hay que respetarlo. Mi deber es tratar de controlarle, y de parecer decente en el intento.
Así fue como me convertí en el policía bueno, y no porque fuera bueno precisamente; en realidad, yo sí soy un hijo de puta. El Chambi sabe controlarse, al menos en la medida de lo prudente, cuando le hablo. Nunca se altera cuando está fuera de servicio; pero es otro cuando viste su uniforme ajustado y desteñido, aquél que le deforma todo, igual que un bikini hace con el cuerpo de una gorda.
El Chambi es grandote y tiene una mirada extraña, como la del gigante de Paruro, aunque con las cejas más pobladas, y una clase de carisma sombrío y sanguinario en las pupilas. Si se peinara mejor parecería un tipo más. Pero no: el sombrerito de policía le marca la cabeza de tal forma, que cuando se lo saca no parece una cabeza, sino dos secciones de cráneo unidas a la fuerza: la primera, la de encima, totalmente apelmazada de sudor, y la de abajo, que incluye el rostro-ahuyenta-empleadas, totalmente intimidante.
En otras palabras: como que no es una cara que inspire suspiros o nostalgias.
El Chambi aprendió a controlarse, y a no ser tan abusivo, aquella vez que descargó toda su justicia sobre un ministro, al que no pudo reconocer. El coche donde encontramos al “damnificado” era una masa de gritos y la mujer que lo acompañaba sacaba las tetas por encima de la ventanilla lateral a medio abrir, como si se trataran de bolsas de aire que se activan después de una colisión. Como el lugar no era el adecuado (¡a ver, un bosquecillo!), el Chambi, abriendo la puerta del coche, sacó por el cuello al padre-de-la-patria y lo aporreó. La mujer salió toda hecha una histérica y nos informó que el pobre ministro no la estaba violando. Y el Chambi, que se quedó mirando lo que por decencia la mujer no debía mostrar, se sonrojó. Después de cubrirse las tetas morenas y grandes (pezones un poco granulosos, prueba de que alguna vez había parido), la mujer trató de convertir aquella situación en una falta de respeto hacia su persona. Y el ministro, que trató de hacer lo mismo después de recobrar la conciencia, comenzó a rodearnos de aluviones de carajos y mierdas, sin sospechar que su esposa lo escuchaba desde una distancia cómoda, auspiciada por un periodista al que le gustaban los escándalos.
Pasó el tiempo y, como siempre, el ministro fue remplazado por otro más decente (al menos, hasta que éste demostrara lo contrario). El Chambi, remordido por la impresión, se prometió analizar toda situación y preguntar siempre antes de ejecutar sus poderes sobre los ciudadanos.
Pero en sus ojos noté que las ganas persistían. Que utilizar la fuerza, para él, era como beber, comer o tirar (si lo hacía, claro).
Yo lo respeto. Si los demás lo conocieran, no tendría que ser visto como La mole. Así le apodan en el trabajo y lo conocen por las calles. Y no es para poco. Mide dos metros y cinco centímetros. Algunas veces, entre los demás policías, nos preguntamos cómo será verlo desnudo, cuán grueso cagará, cómo será su muchacho... ¿se masturbará?, ¿tendrá la necesidad de ensartar a una que otra mujer, como cada quien desea, de vez en cuando?, ¿cuáles serán sus máximos placeres?, ¿será feliz?
¿Por qué nadie se atreve a decirle Diego, como realmente se llama?
¿Por qué nadie conoce dónde vive?
¿Por qué me exige siempre que pare cerca de los kioscos de jugos de La Ceja para permanecer media hora viendo a las cholitas que los atienden?
Dudas. Lo mejor de estar como compañero del Chambi es eso: el no saber su pasado. Pero también es lo peor, porque para ser policía, hay que conocer por lo menos un poco al compañero con el que se trabaja.
Al menos yo sé que se llama Diego, y que le gusta ser bruto.
Una que otra vez, mientras patrullábamos con los coches de placa LAR de fabricación alemana (modelo de los setentas, de los pocos que quedan), el Chambi ocupaba su tiempo inspeccionando las calles, al menos las más oscuras, tratando de encontrar algo, quizá un asalto, una violación o una pelea que necesitara de su intervención (y de su macana). Se desesperaba cuando no había nada y su humor se ennegrecía.
Comentaba que no había nacido en la época adecuada: que le hubiese gustado participar en revoluciones, dictaduras o guerras; que la tranquilidad de los demás lo agobiaba.
Yo le escuchaba con calma, y trataba de hacerle comprender que no todos los días sucedían desgracias; pero en medio de mi discurso pacificador, no sé por qué, siempre sucedía el “milagro” y atestiguaba la transformación de su semblante: los párpados se le replegaban y los ojos, grandes, amarillos, enormes, enfocaban el génesis de una pelea o un asalto. Y para darle más dramatismo a la situación, el dedo índice de su mano derecha, grueso y moreno, señalaba hacia las siluetas alborotadas, ocultas, unas veces entre kioscos de mercados, y otras entre fachadas de puertas antiguas, como las de la Catacora. Y el Chambi sonreía, satisfecho.
Salía de la patrulla y después de unos segundos, puntual como una alarma, se escuchaban los gritos de los litigantes, el golpe de los macanazos, el murmullo de la ropa siendo arrastrada por el suelo y el ruido mecánico de la portezuela trasera de la patrulla, la rejilla, la puerta lateral, y un suspiro de placer cuando se sentaba para decirme que ya teníamos material para llevar al retén. Su récord fueron quince segundos completitos. Su tiempo más prolongado, tres minutos.
(Analizando mejor la situación, creo que él hace todo el trabajo. Ahora siento que más que ser su compañero, soy su chofer.)
Pero noté que algo había cambiado. No estoy seguro. Creo que se puso así aquel viernes, hace un mes, cuando hicimos nuestro paseo por los puestos de las cholitas que venden jugos, en La Ceja. Nos estacionamos a la altura del Reloj. Al frente, entre k´olos y transeúntes, encontramos todos los puestos cerrados. Era extraño porque eran las seis y media de la tarde, y a esa hora los puestos deberían estar abiertos, llenos de clientes y de música.
El Chambi vio algo; no supe qué era, pero me ordenó, casi arrastrando las palabras, que encendiera el coche. Por ese tono áspero y casi asesino, preferí no preguntar, encendí el motor y aceleré. Nos mantuvimos en silencio, rondando por las demás zonas durante dos horas, hasta que anocheció. El Chambi suspiraba cada tres minutos, simulando toser. Intentaba encontrar un incidente en las calles que valiera la pena interrumpir.
Por más asombroso que parezca, fue el viernes más tranquilo de la historia, al menos para mí.
Cuando llegó la hora de despedirnos, el Chambi, que se había mantenido callado, sólo dijo que estaba aburrido y que pensaba hacer algo para dejar de estarlo... ¡Bueno, sería la primera vez que lo haría sin usar su uniforme!
No es malo el Chambi. Es buen tipo. Combate con ingenio todo lo que le pueda amenazar. Se aburre fácilmente, ése es su único problema. No lo culpo. Quizá tiene ese vacío que los jailones llaman existencial; quizá tan sólo quiera escapar...
Por eso creo que lo que hizo, la noche siguiente a ese viernes, no fue tan grave.
Esa tarde de sábado salimos con la patrulla a las seis. El Chambi traía un maletín negro y su uniforme desteñido le quedaba bien, tal vez porque lo había planchado. Las botas brillaban de lo pulidas y su peinado tenía una línea más fina y recta que el corte de un experto con el escalpelo. Sonreía. Se veía tranquilo y su mirada no estaba vacía, como le había notado el viernes.
Debo confesar que empalidecí cuando me explicó su plan. Me dijo que era algo que se le había ocurrido desde hace mucho tiempo, y que, como estaba aburrido, quería llevar a cabo. En vez de decir que estaba loco, le sonreí. Moví la cabeza, queriendo darle razón.
No me gustaba su idea. Pero hay que entenderlo. Es buena gente el Chambi: nunca haría daño a inocentes.
Me mostró un revólver, unas esposas, tijeras, hilo plástico, pañuelos blancos... y también una cámara digital que parecía sacar fotos de buena resolución.
Salimos de la patrulla y nos acercamos al Multifuncional.
Nuestro primer objetivo era un par de maleantes (yo prefiero llamarles malvividos). A uno lo apodaban el Músculos y al otro el Ratón. El Músculos medía un metro noventa, era experto violador y su rostro estaba surcado de cicatrices profundas, resultado de batallas por adquirir respeto y liderazgo. Odiaba a los policías porque su mujer murió atropellada por el coche de uno; al culpable lo golpeó hasta reventarle los riñones y los globos oculares. Estuvo cinco años en la cárcel y salió después de hacer algunos trabajos para el alcalde. El Músculos era uno de los tipos más peligrosos y ricos de la ciudad de El Alto: tenía un negocio de tráfico de drogas, era dueño de quince salas de api-vídeo ilícito y líder de tres pandillas de niños bonitos en Ciudad Satélite, Villa Adela y Nuevos Horizontes. El Ratón, por otra parte, era un tipo de metro y medio, famélico, en apariencia inofensivo; pero ágil al momento de pelear. Era el líder de una pandilla llamada La Maldad, agrupación de muchachos y niños, que tenían toda La Ceja a su merced. El Ratón había sido k´olo desde los ocho años, traficante de niñas desde los quince, raptor de hijas de padres-de-la-patria desde los dieciocho, personaje público desde los veinte (es buscado en el Perú por haber asesinado a ocho policías), y amo y señor de treinta prostitutas en la zona 12 de Octubre.
En síntesis, estábamos cerca de gente no tan buena que digamos.
Cuando los distinguimos, apoyando sus espaldas contra las paredes traseras del Multifuncional, vimos que bebían alcohol en pequeños sorbos. Les sonreí.
Le dije al Chambi que lo esperaría en la patrulla.
El Chambi se acercó al peculiar dúo. No vi nada, porque no soy de los que le gustan las peleas, y me puse a pensar que ellos estarían tranquilos, porque nadie se atrevería a hacerles daño.
Pero estaban equivocados.
El Chambi, luego de tres minutos, me trajo dos cuerpos inconscientes que metimos y aseguramos en la patrulla.
Partimos a las siete y cuarto hacia nuestro segundo objetivo: La zona Sur. En todo el camino, el Chambi tarareó morenadas, diabladas y malambos. Tamborileaba con agilidad la ventanilla lateral, tratando de controlarse. Cada que dejaba de tararear, abría el maletín, sacaba la cámara y la encendía. Revisaba la carga. Sonreía. La guardaba.
Y yo, que pensaba que estábamos por realizar un crimen, trataba de concentrar mi atención en las calles que recorríamos.
Paramos a casi diez metros de un graffiti que decía:

Una vida mejor es posible
pero es carísima...
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La flecha señalaba hacia el Sur. Hacia las casas de ensueño que nunca voy a tener y a las plazas donde nunca llevaré a mis hijos.
Y allí estaban, esperándonos, lo que el Chambi consideraba nuestro segundo objetivo. El Choco y el Mcgiver. El Choco era más pelirrojo que choco y entrenaba en tres gimnasios distintos a la semana. Le decían Choco más por su afición al chocolate que por su pinta. Su espalda ancha intimidaba a cualquiera, y más si se trataba de un policía como yo. Era dueño de tres restaurantes en San Miguel, un antro de bohemios por la avenida Ecuador, una red de prostitución en pleno Prado, que a su vez se disfrazaba como agencia de modelos, y enamoraba con la presentadora de un programa de televisión mañanero, de pródigo culo y mirada gélida, que pensaba que Venecia era un país. El Mcgiver, por su parte, parecía un tipo normal; sus cabellos castaños y su mirada pasiva, casi alucinada por su consumo ilimitado de marihuana y LSD, no reflejaban la realidad: era líder de dos pandillas y del círculo de lectura de libros de Harry Potter en Obrajes. Tenía veinte abogados a su merced; ellos cubrían sus travesuras de fin de semana pagando montos indignantes a las madres de las niñas que él violaba. Decía que no tenía familia, pero su padre, que en octubre de 2003 había viajado a los Estados Unidos por razones diplomáticas y políticamente correctas, le enviaba, en maletines rosados, dinero a raudales que él gastaba en putas de corta edad. A veces viajaba a sus haciendas de nombres satánicos y organizaba allí fiestas con benianas de tetas exuberantes pero no granulosas: puras vírgenes. Le decían Mcgiver, porque solía “arreglarse” con cualquier cosa: sus enamoradas eran ex drogadictas anoréxicas convertidas en mormonas. No tenían nombres.
El Chambi dejó su macana en la patrulla y me dijo que lo esperara, que no me preocupara. Esta vez usaría sus puños con ellos. Tardó un minuto.
Ya con las dos parejas amordazadas con el hilo y los pañuelos, y prensadas a la estructura de la patrulla con las esposas, iniciamos el trayecto. Subimos por la Avenida Marcelo Quiroga Santa Cruz, pasamos por Ciudad Satélite y Villa Dolores, llegamos a La Ceja y nos estacionamos cerca del Reloj. Debían de ser las ocho cuando cargamos el resto de combustible. Miré los puestos de jugos, que estaban cerrados como el día anterior y noté una corbata negra, hecha de nylon, en la parte superior del primer puesto.
Me callé el descubrimiento y me limité a ver cómo el Chambi trataba de ignorar la presencia de los puestos cerrados.
Partimos hacia Tiquina a las nueve.
En el camino, el Chambi acariciaba el revólver. Sonreía.
Pasamos las trancas. Llegamos a medianoche. Buscamos un lugar abandonado. Como hace un mes no había fiestas, por eso del conflicto con el actual ex presidente, ese sábado parecía lunes.
Esperamos unos minutos, apreciando la noche y su reflejo en el lago.
El Chambi salió de la patrulla. Empuñaba en una mano el revólver y en la otra, las tijeras. Parecía que iba a hacer algo malo. Pensé que no había entendido su idea por completo; que todo lo que me había dicho había sido una mentira. Que en realidad los apuñalaría...
Los sacó, sujetándolos de los cuellos. Les cortó las agujetas de los zapatos deportivos a los jailones, y las de los kichutes a los alteños. Luego cortó los hilos y ordenó, con el revólver amartillado, que los cuatro se desnudaran... por completo.
Me dijo que encendiera la cámara y que comenzara a grabar.
Lo hice.
Enfoqué las caras temerosas de los tipos más peligrosos de la ciudad. Caras morenas por un lado, quemadas de frío, con cuerpos tatuados de cicatrices y tajos, y caras sonrosadas por el otro, con cuerpos bien cuidados y tatuajes a colores, hechos por tipos con piercings hasta en el culo. Ocho piernas igualmente temblorosas (y no sólo por el frío), brazos arriba, ojos muy abiertos, mandíbulas tiritando.
El Chambi no es malo. Sólo quiere llenar sus vacíos, como cualquiera. Será policía, pero primero es persona. Le dicen La mole, no por malo, sino por moler a los injustos, a los culpables, a las frutas podridas de la canasta...
Me dijo que no dejara de filmar, a pesar de lo que vería.
Primero apuntó a la pierna del Mcgiver; luego al pene del Ratón; después al ombligo del Músculos y por último a la cara del Choco.
Pero no disparó.
Sólo dijo, indicando al Músculos y al Mcgiver por un lado, y al Choco y al Ratón por el otro:
—Comiencen a besarse.
Todos piensan que el Chambi es un hijo de puta, pero no. Su único problema, es que se aburre con facilidad.
Aquí, el único hijo de puta, soy yo.
Sacaré el vídeo a la venta.


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*Nació en el departamento de Oruro, un 10 de abril de 1982; apasionado lector y amigo de quienes quieran escucharlo. Ganador de la novena versión del Premio Plurinacional de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz con la novela "La puerta"
Su cuento "El aburrimiento del Chambi" ha sido finalista del XXXVII Concurso de Literatura Franz Tamayo.

sábado, 7 de julio de 2018

GATSBY Y LOS JUEGOS DEL NEGADOR


Por: Iván Apaza-Calle

“Había amado y, a través del amor, se había encontrado a sí mismo. La mayoría ama para perderse” (Hermann Hesse; Demian)


Fue uno de los libros que trascendió la noche, que salió del tiempo, como cuando uno recorre sus páginas sin darse cuenta de las horas, viviendo la historia que narra esa bella obra. Supe de su existencia a través de la reseña (llamémosla así) de Mario Vargas Llosa en “La verdad de las mentiras”. Tenía en mente el título y el autor, pero cada vez que caminaba por “la riel” en la feria 16 de julio, domingos o jueves, no hallaba ese misterioso libro. Había pasado buen tiempo de la tentadora reseña de Vargas Llosa; a veces me pregunto, por qué no busqué en las bibliotecas o en los anaqueles de las librerías de lujo, quizá no era el momento, quizá si hubiese encontrado la obra en aquel año (2013) no era para mí o no estaba preparado para recorrerlo.

Era una tarde de domingo, de fin de marzo, fui a caminar y despejar mis angustias, por esos lugares y puestos de libros, que por las mañanas está atestado de pinches traficantes. El libro, estaba encima de un nilón tendido en el piso, junto a otras bellas obras, ¿acaso no pasó un librero o un lector sediento por ahí? Quien sabe, pero como todo libro esperaba a su lector, no a su intermediario; a su lado estaban otros, alcé “Siete noches”, una compilación de conferencias de Jorge Luis Borges, también levanté “Mil novecientos ochenta y cuatro” de George Orwell y “El Gran Gatsby” de Scott Fitzgerald; lo había encontrado por fin, regresé contento. En el camino, bajo ruedas, ojeaba sus páginas, leía: “En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dado de darme vueltas en la cabeza. ‘Cuando sientas deseos de criticar a alguien—fueron sus palabras—recuerda que no todo en el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tuviste’” Fue conmovedor. Así, en aquel atardecer, Nick Carraway, iniciaba a narrar la historia de Jay Gatsby.

La narración inicia en el verano de 1922, de los locos años 20’s, del jazz, de la sequía de alcohol. Es una historia de amor, de aquellas que están limitadas por el dinero y que aleja al ser amado. Gatsby es una persona misteriosa y murmuran muchas cosas de él, pero lo cierto es, sí, sí, un millonario que vive en una lujosa mansión en West Egg. Creí que se trataba de un personaje como Dorian Gray, pero estaba equivocado, era todo lo contrario. Gatsby no asistía a fiestas sino era el anfitrión, acogiendo a gente de lujo, de dinero, de influencias políticas, artistas y celebridades del espectáculo de New York. Realizaba esas fiestas con la esperanza de llamar la atención de su amada Daisy, a quien había conocido en 1917, pero ya estaba casada con Tom Buchanan, un adinerado, ella también pertenecía a una familia de esas, Gatsby era todo lo contrario, un joven de origen humilde. Carraway, —quien escribe la historia— aquel verano había alquilado una vivienda al lado de la lujosa mansión. Un día recibe la invitación del señor Gatsby para asistir a la fiesta, luego se convierte en su amigo y le ayudará a acercarse a su prima Daisy… ¡Alto!, sí, ¡Alto!, fue suficiente hasta aquí, no tengo planeado re-contar la novela ni romper esa magia que tiene, sea en el libro o en la película, dirigida por Baz Luhrmann estrenada el 2013, bajo la actuación de Leonardo DiCaprio, que en mi opinión es casi fiel al libro; obviamente leer el libro es más conmovedor e íntegro, pero eso, dejo a gusto de cada quien. Mejor ambas, porque lo que sigue es un esfuerzo por comprender patrones comunes entre Jay Gatsby y gente como Sebastián Maisman (de la película “La nación clandestina” dirigida por Jorge Sanjinés), el “muchacho provinciano” de Chacalon y Domy Perales, “La niña de sus ojos”, novela de Antonio Díaz Villamil.

La historia de Gatsby estremece, choca, conmueve y hasta se siente como tal, uno puede decir, “oye, estás equivocado, yo no me identifico con ese tal Gatsby”, pero no hablo de usted, sino de aquel muchacho que se niega a ser lo que es: pobre, humilde y modesto, cuya familia no da lo que uno quisiera a esa edad, así niega a sus padres, se crea la ilusión de ser hijo de Dios, en fin llega a la rebelión, se rebela contra lo que se es y apunta por  otro “destino”, el hombre exitoso, progresista  que alcanza lo que le impedía estar con el amor de su vida: el dinero.

Mientras leía la historia de Jay, dije, esto se parece a la vida de un migrante, de un campesino que busca mejores oportunidades en la ciudad en países como Perú y Bolivia, cuyo pensamiento gira en torno a ser alguien por no ser o algún día tengo que ser algo, ¿por qué ser alguien?, ¿Acaso no se es alguien? Sí, exacto, no se es a la vista del Otro, porque niega, sí es así, me temo que jugáis su juego.    
Jay, se niega a ser pobre, escapa de esa condición, para conquistar lo que no tiene, lo que le falta; cumple sus anhelos con ese optimismo inquebrantable. La condición de ser pobre, haber nacido en la pobreza le niega y él niega esa misma negación afirmándose como otro, no afirmando esa negación. Era James Gatz, ahora es Jay Gatsby. Al finalizar el libro, Fitzgerald anota la forma organizativa de Jay para trabajar, practicar la postura, leer, hacer ejercicios físicos…, el proceso constitutivo a la larga lleva al personaje a otros espacios, caminar en el lujo, a poseer instrumentos modernos y actuar como caballero. Alcanza a poseer las cosas necesarias para recuperar lo que perdió un día, pero en cuanto está frente al ser perdido, hay una dificultad, ella quiere escapar y pasar su vida a su lado, no quiere la mansión que compró para estar cerca, ella ama, él también, pero hay una condición, ser rico, a Gatsby no le hubieran mirado más si supiesen que no era tal. Tenía el destino de enamorarse y a través de esa emoción vivificante cambiar lo que era, ¿acaso sólo importaba el dinero? ¿Sin la riqueza económica no era Gatsby? No, no, fue algo más que billetes, fue su optimismo, su imaginación, su habilidad y ambición, que le llevó a enriquecerse a través del contrabando y el alcohol en plena ley seca en ese tiempo. Pero la personalidad de Jay tambalea, pierde la calma, la elegancia que tanto había practicado frente a las acusaciones de Tom Buchanan, el racista, el marido mujeriego, que ahora se había vuelto de la noche a la mañana en un moralista, defensor de los valores de su clase. Buchanan cuestiona el dinero de Gatsby, lo hace porque está a punto de perder a su esposa y amante, en la novela se presenta como el ofendido, su yo es quebrantado por el nuevo rico de camisas elegantes y traje rosado, que regresó después de casi 5 años en busca de su amada; el negador no tiene otra salida, niega el dinero de Gatsby, pone en juicio los orígenes de su riqueza, cuestiona que es producto de contrabando, de alcohol que se vende en farmacias y estaciones; busca fundamentos para legitimarse como el rico genuino. Para Tom, no basta tener el dinero, los modales, la elegancia, la cultura, se necesita nacer rico y,  Jay, que no poseía el requisito, tambalea, salta eufórico al negador, está apunto de golpearlo, pero no, el puño se paraliza. Ella, confundida por el suceso, insegura de decidir correctamente regresa a su cauce. Y, otra vez, aquel que surgió de la nada está en el juego, en las manos y reglas del negador. Necesita su aprobación.

He ahí la interminable explicación de Tom al nuevo rico, que no tiene el dinero limpio, tan limpio como el dinero de Buchanan. ¡Bah!, dejémonos de pavadas, los billetes que poseía también eran sucios, como cualquier otro billete. Eso es parte de la colección de discursillos, que pronuncia para legitimar su posición. Pero esperen, no vayamos lejos, es mucho atrevimiento “filosofar”, todavía no, tan sólo por ahora, recordemos el consejo que recibió Carraway de su padre:   ‘Cuando sientas deseos de criticar a alguien—fueron sus palabras—recuerda que no todo en el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tuviste’. No tuvimos ni nadie la tuvo.