Iván Apaza-Calle
“Todo libro es un conjunto de retazos…, todo hombre es una serie de retazos de sus antepasados”
R. W. Emerson, “Hombres simbólicos”
Decía el pensador y poeta Henry D. Thoreau, que “si un hombre no va al mismo paso que sus compañeros, tal vez sea porque oye el redoble de un tambor diferente. Dejadle al son de su música que oye, sea ella rítmica o lejana”, quizá este pensamiento retrate la diversidad de caracteres de las personas y que cada quien va a su paso, a su ritmo, por lo que, no hay motivos para unificar la marcha de las personas.
Pero así como la diversidad de caracteres, de pasos, de ritmos de cada persona en el mundo, en cada una de ellas existe también una diversidad, que constituye una unidad. Así es cada cosa. La música de fondo con que escribo, también está compuesta de tonos, de ritmos…, que vienen a mi oído de manera secuencial y que conforman una totalidad.
Las personas, sí, las personas. Cada quien con su vivencia, con su experiencia, retazo tras retazo, van conformándose a diario. Algunas que perduran en el tiempo y otras tratando de sobrevivir a través de la oralidad, digo esto, porque asumo que cada vida es un libro, un libro diverso, con contradicciones, pero un libro vivo.
Sería interesante que cada historia de vida se vuelva en un libro escrito, así permanecería en el tiempo para otras generaciones, o quizá para el olvido. En la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, sucede lo contrario, una persona no se torna en libro sino el libro se torna en persona, porque en la sociedad descrita por Bradbury, el libro está prohibido, así un libro regresa a su punto inicial; en una persona.
Si todas las personas se dedicaran a escribir, contarían su vida; sin embargo, no todos asumen el oficio de escribir, de tal modo, no sabemos cuántas historias interesantes se quedan en la nada. Los pocos que conocemos, los llevamos en mente, unas porque nos contaron y otras porque los leímos. Así cada historia personal, solamente cobra vida en cuanto es narrado a otra persona, al papel…, o en otro caso, cuando el lector revive una vida cuando abre un libro, hojea sus páginas y lee.
Oscar Martínez, el lluqalla jailón, hizo posible que su vivencia sea leída por el lector; una vez sumergida en sus páginas uno revive la vida azarosa del autor, por suerte no hay prohibiciones de lectura de un libro como este como en el Fahrenheit 451.
Los escritos son crónicas que describen la existencia de Martínez, cuya colección está bajo el título: “Crónicas del llokalla jailón” (2019). Como no es normal en estas tierras, el título del libro es llamativo, transgresor y llama la curiosidad de quien está al lado. ¿Llokalla jailon?, la pregunta ronda por la mente del pasajero. Uno piensa que es inaudito, sin embargo, representa la multiplicidad de vivencias descritas y narradas en cada página.
Así como la existencia de una persona es diversa y a la vez contradictoria, hay unidad en ella, y eso es precisamente lo que es uno y cómo va haciéndose a cada segundo, y cómo a cada tic tac del reloj, se torna en otro. En cada crónica Oscar Martínez, paraliza un determinado tiempo; en esas hojas ahuesadas, uno puede leer un extracto perenne de su existencia particular. Los que por cierto, pueden llevarnos, según el interés o necesidad de cada lector, a diversas descripciones, como: la existencia del migrante, del muchachito que es obligado a leer y resolver ejercicios matemáticos, del niño que pierde su idioma por las prohibiciones de la directora y que llora porque no puede nombrar las cosas con otro idioma, del hombre perseguido por sus actos inconscientes y que trata de desfogarse de ellas narrando como si el papel fuera el doctor Sigmund Freud, del vagabundo, del maleante, del enamorado, del bachiller que busca estudiar Derecho, y que por el azar estudia Psicología, del profesional que se aloja en un lugar áspero de Tarija…, en fin la existencia del lluqalla jailón.
UN GRANUJA
El pequeño ser apenas tiene tres meses y ha empezado a viajar. Viaja en los brazos de su madre adolescente, cuyo destino está escrito en un retazo de papel. No son los únicos, ni del lugar ni en el tiempo, hay muchos quienes escapan de la vida rural en busca de mejores oportunidades y por varias razones. En el espacio urbano la situación es difícil, mucho más difícil para todos los que escaparon de la miseria, y por supuesto, contrario de lo que habían imaginado al partir.
Pronto el muchachito se topa con las dificultades de la vida y descubre muchas cosas. El pequeño filósofo colgado en un árbol, observa el mundo de una manera diferente a sus mayores. No se libra de la tragedia de Sófocles, ni de las definiciones que ha dado Freud a ella. Como cualquier ser posee un Complejo de Edipo, el recuerdo de su padre le persigue, está en los sueños y en las crónicas que escribe.
Teme, sí, teme, al padre, al padrastro, al coronel, a la directora…, no hay refugio alguno para el niño, quizá los únicos refugios los ha encontrado en su madre, en Maritza (aquella mujer que ha sido su verdadero padre) o en los libros y en la literatura. La sociedad está contra el niño, peor aún si el muchacho balbucea un idioma diferente y todos le miran sorprendidos, hasta negarle su manera de interpretar y entender el mundo. Así fue creciendo, y perdiendo su quechua como el miedo, hasta pensar como blanco y hablar en serio. La Directora de la escuela le ha negado su idioma, las risitas cojudas y las miradas de desprecio; también. Ha llegado a creer que el serrano es cara de borracho. La situación económica social de ese entonces ha influido en su constitución, no solamente de él sino de toda una generación de migrantes. Negación tras negación la felicidad consistía en parecerse y pensar como blanco.
Adolescente y rebelde, el muchacho es acusado de todo y de nada, nadie cree en él, solo un tío y porque le tenía fe, lo aprecia demasiado y le hace caso; para los demás el lluqalla es un maleante, mañudo, asalta borrachos, delincuente de poca monta, una vergüenza familiar… Un granuja. Alguien que no encuentra un lugar sino en aquellos raleados y poco entendidos. Con ellos quiere cambiar el mundo, dar a la desposeída ayuda. Escapan de las aulas para toparse con la sociedad establecida y así las circunstancias van convirtiéndoles en “delincuentes”, sí, en aquello que no pensaban ni planearon ser.
Alcohol, cigarros, bares de mala muerte y experiencias juveniles, he ahí el mundo de Oscar Martínez. Víctor Hugo Viscarra, está al otro lado, en el mundo del hampa. El lluqalla camina entre el límite del hampa y la familia, como si estuviera andando sobre una cuerda. Describe en las crónicas ese límite, no está sumido en el mundo de Viscarra, pero sí coincide en algo con él: escribe sobre su experiencia, no en relatos como lo hacía el autor de “Borracho estaba, pero me acuerdo” sino en crónicas.
El mundo que vive Martínez es riesgoso, más riesgoso que el mundo de un jailón. Hay ocasiones que recibe pateaduras y cabezazos, experimenta riñas, peleas, pero sobre todo, observa la muerte en varias ocasiones, de sus familiares, de sus amigos, y eso es precisamente lo que le cambia y le invita a pensar en el sentido de su vida. No solamente la muerte, hay ratos que la soledad monacal de viajero, le invita a examinarse y a disecar sus dolores asumiéndolo como un pasado que no da temor.
El estudio le ha costado un ojo de la cara. Educarse y tener una profesión, en vez de sacarle de la miseria le ha vuelto doblemente mísero; endeudado, todo un vago y sin empleo, su existencia se torna en un no-tener, “no tenía casa, tesis, plata, novia por quien sufrir, amigos dispuestos a beber un martes por la tarde”. No tiene nada. Si en un inicio de la vida universitaria le hace feliz pensar como blanco y hablar en serio, la idea le lleva al parecer dejando el ser. Se mimetiza. Pero ello no es absoluto, tarde o temprano la idea se derrumba, pronto el no-tener le afecta aún más. Sí. Está frente a la nada. Por poco el abismo de la nada le embota y se lo traga; pero no. Sale de la mierda y por fin logra su objetivo: Psicólogo Social.
LAS CRÓNICAS DE UNA VIDA
Hay una diversidad de experiencias en las crónicas de Martínez, diferentes entre sí. En todas ellas salta el tema de la dicotomía entre lo jailón y lo indio, a veces el autor está en un lado, en otras ocasiones en el otro lado, pero muchas veces vive en el límite fronterizo de esos “dos mundos” aparentes. Y al fin vive entre la interacción de ambos; el resultado: lluqalla jailón. Ni lo uno ni lo otro. Ambas cosas. Pero no hay que confundirlo como el ch’ixi de Ch’ixipampa, porque no tiene nada de eso. A través de sus crónicas, muestra la complexión de lo que es ahora, un Oscar Martínez que no acepta el pachamamismo, ni el discurso modernista de H.C. F. Mansilla contrarios a las tradiciones culturales de los andes. Él cree en la ch’alla y en los mitos profundos muy bien descritos por el filósofo Guillermo Francovich.
Otro de los temas que aparece como una constante en la mayor parte de las crónicas de Oscar Martínez, es el kolla, el indio y el lluqalla. Observa y recuerda lo observado (como etnógrafo), los aspectos cruciales de la migración, la existencia de migrante frente a una ciudad que le observa con indiferencia manteniéndoles en la diferencia y el estigma.
En Mi papá y mamá, Margarita (“la papá de verdad” de Martínez) le habla en quechua sobre su pueblo y muertos, e incluso le enseña a armar mesas del día de difuntos. En El por qué y el para qué, el lluqalla que aún no es jailón, describe las relaciones coloniales entre los sujetos sociales pertenecientes a diferentes estratos, el sujeto racializado se vislumbra ahí cuando está haciendo fila en medio de las muchachas rubias, el lluqalla que “piensa como blanco y habla en serio”, experimenta “la mirada de desprecio por un lado y por el otro la mirada más paternalista que pudo haber sido vista”, ¿acaso era el hazme reír del día? Probablemente. En La Escuela de México, el autor resalta las representaciones que se les dan a los personajes históricos como Murillo y Katari en el aula y retrata a la profesora Chepa y las explicaciones que daba sin éxito sobre la historia no-oficial en ese entonces. En Fernando el inexistente, también salta a la vista, los procesos burocráticos de los trámites de nombres errados del tan odiado tinterillo a los que tiene que enfrentarse los denominados indios; viaja hasta el lugar de origen, y en el camino experimenta el conflicto de wiphalas y fusiles de los bloqueadores. En Amaneceres indios, vuelve el tema del estigma, esta vez, la directora acusa al niño de huraño, por no acusarle de indio, así Martínez entiende una parte de su vida. La Crónica de la ciudad de Tarija, es quizá una de las mejores escritas por Martínez, no solo porque tiene los recursos verbales en la forma sino porque también al leerlo el lector se percata del fondo; puede un escrito tener todos los recursos del idioma y los elementos del género literario, pero muchos de ellos carecen del espíritu del escritor, y no es el caso de esta crónica, porque posee los recursos literarios, la buena escritura y la descripción de la experiencia. Como en las anteriores crónicas también aparece ese “colla cochino” hecho el gringo, como siente y piensa Martínez a partir de la mirada de los otros. En Villas y muertes así como en Siete imágenes, aparece el tema religioso, el mundo del p’axpaku, del yatiri y las supersticiones de la sociedad andina, aspectos culturales que sobreviven y acompañan las dinámicas e interacciones sociales.
Él y el mundo. He aquí el asunto central de las crónicas de Oscar Martínez. Es el cronista que describe su entorno, los lugares, las personas, los sueños, en una palabra, su existencia. Hay una relación estrecha entre el hombre y el mundo, de hecho el filósofo Max Scheler, en El saber y la cultura, definió esta relación aduciendo que “la totalidad del mundo está plenamente contenido en el hombre como una parte del mundo. Las esencias de todas las cosas se cruzan en el hombre y están todas solidariamente en él”.
Si la totalidad del mundo está contenida en el hombre, ese contenido sustancial es reelaborado por las reflexiones y puestas en orden, lo que nuevamente sale al papel como un resumen, en este caso, como una crónica. Las descripciones que hace Martínez, en ese sentido, son reelaboraciones del mundo que él ha visto y vivido, y ello es precisamente lo que mantiene fresco a sus escritos. No es como leer un libro de historia, que relata y retrata un hecho histórico, donde la descripción gira sobre algo pasado, da cuenta de eso; en cambio, las crónicas del lluqalla jailón dan la sensación de frescor y que parecen ser tan actuales, tan presentes, que las experiencias contadas de varias
Las Crónicas del llokalla jailón reflejan la diversidad de experiencias vividas por Oscar Martínez, la síntesis de lo diverso es él, así se ha ido formando, experiencia tras experiencia, retazo tras retazo, así se hizo lluqalla jailón y es a partir de ello que va a su paso, al son de su música interior. Y si queremos oír el son de su música, pongámonos cómodos, respiremos profundo y leamos la colección de crónicas que nos ha dado Martínez.
El Alto, fin de agosto de 2019

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