martes, 29 de enero de 2019
CAMINANDO CON RAINER MARÍA RILKE
Por: Iván Apaza-Calle
Viareggio, cerca de Pisa (Italia), 23 de abril de 1903, III carta del poeta Rainer María Rilke; a mi vista salta las palabras: “La paciencia lo es todo”. Desesperado, como si todo estuviera perdido, por los años que me consumen, por donde vivo y veo: enemigos de la lectura, de los libros, amigos aspirantes a ser escritores, buscando cómo paliar el hambre, ganando premios, vendiendo sus libros en una sociedad donde pocos o ninguno lee, trabajando ocasionalmente de albañiles, haciendo churros, revisando textos escolares… La lista se alarga, las razones para desesperar también; en fin como en cualquier época en el país, el escritor luchando contra viento y marea.
Camino por las calles desiertas, encadenadas sin que puedan pasar automóviles, en ellas, perros resguardando el hogar de sus amos; unos ladran a cualquier sospecha, otros duermen, y alguno que otro disimula no ver, como si no estuviera pasando nadie, como si fuera el hombre invisible; invisible.
Sin destino alguno, en mi mente aún gira las palabras: “La paciencia lo es todo”. Esas palabras, cual destello, es todo para un desesperado.
Las “Cartas a un joven poeta” de Rilke, contienen chispazos, que llevan a tomar el hilo artístico, da señuelos en la oscuridad al aspirante a escritor, y siga su vocación, arriesgándose a todo: accidentes, equivocaciones, tropiezos, morir de hambre, incluso arriesgando el riesgo. Y, quizá, un día escribir una obra memorable. Es la prueba. La búsqueda de cualquier artista a costa de todo.
No era un poeta, es verdad, pero las cartas de Rainer, dan señuelos a quien lo lee, despertando ese artista que existe en cada quien; son cartas escritas en un tiempo lejano, específicamente para una persona: Franz Xaver Kappus; el joven poeta. Puede que esa persona sea cualquiera que recorra por esos escritos, cualquiera que aspire a ser artista. Hoy, Rilke, se dirige al lector como a un amigo, como a un joven poeta, así tan íntimo, tan profundo y sincero.
La correspondencia, como quien dice, “enseña a pescar un pez”, no nos da el pez que uno quisiera, como un manual de escritura, no. Rilke solamente despierta el demonio de la solitaria, arrojando consejos, y aun cuando no está de acuerdo con ello, él habla: “Nadie le puede aconsejar ni ayudar. Nadie… No hay más que un solo remedio: adentrarse en sí mismo. Escudriñe hasta descubrir el móvil que le impele a escribir”, y eso requiere de la soledad, “estar solos como estuvimos solos cuando niños, mientras en derredor nuestro iban los mayores de un lado para otro…”, soportar esa soledad hasta que uno se encuentre, hasta que fluya las palabras exactas. Ese aprendizaje requiere una espera larga, “un largo periodo de retiro y clausura” dice Rilke, un coraje como el personaje de “El viejo y el mar” de Hemingway, que se esfuerza y vence las adversidades, luchando tenazmente, perseverando hasta el final. La espera es larga, el caminar también.
Rilke, no teme a la soledad. Los pocos personajes que la historia nos muestra como: Schopenhauer, Nietzsche, Newton, Buda, Jesús, Cioran, J. D. Salinger, Rulfo…, tampoco temieron a la soledad, la amaron, vivieron junto a ella, se descubrieron, se examinaron, se vencieron en la soledad y gracias a la soledad. Y, hay una soledad para Rilke: “es grande y difícil de soportar”, algo más, en la VI carta confiesa a Kappus, que la soledad crece y “su desarrollo es doloroso como el crecimiento de los niños y triste como el comienzo de la primavera”, pero va más allá de lo imaginado, y se vuelve un motivo más para enfrentarlo. Si la soledad es difícil, “debe ser para nosotros un motivo más para hacerlo”.
Sigo andando por esas calles desiertas, de una ciudad de migrantes que trabajan de sol a sol, algunos sin la necesidad de la claridad del astro, quieren ser “alguien” en su medio, a costa del dinero; luchan, pujan para sobrellevar la miseria como en cualquier país “subdesarrollado. En medio de la calle, aparentemente desolada, también, camina un niño al lado de su madre, lento, balanceándose, como queriendo caer. Inocente. El muchachito sonríe, no toma en cuenta los pequeños huecos donde puede tropezar, sólo camina, y de repente pierde el equilibrio, cae asustado y llora. ¡Qué dolor!, rápidamente las manos de la madre auxilian al pequeñín. Así también las “Cartas a un joven poeta”, como los brazos y abrazos maternales, calman las angustias, los dolores espirituales…, el abrazo dice: la soledad es grandiosa, hay que aprenderla a vivir bajo sus dolores y hostilidades; nada de mentiras. La existencia tal cual es y como ha escrito Rilke en “su modo más amplio posible. Todo, incluso lo inaudito, ha de ser viable en ella. Este es, en realidad, el único valor que se nos pide y exige: tener ánimo ante las cosas más extrañas, más portentosas y más inexplicables, que nos puedan acaecer”
Sigo recorriendo por esa calle alteña. Recuerdo otra vez, las palabras: “la paciencia lo es todo”. Bajo las consolaciones de su madre, el niño se levanta adolorido. Camina otra vez y sigue su rumbo.
Han pasado 8 años desde la VI carta al señor Kappus. Es diciembre. Giro la esquina, hay pocos árboles, y ausencia viviente. París, al día siguiente de Navidad de 1908. Rainer María Rilke, en la última correspondencia responde: “lleno de confianza y paciencia, deje obrar en su ánimo la grandiosa soledad”. Aún insiste en la paciencia y en la soledad, sí, lo aprendió del escultor Augusto Rodin, a quien ha dedicado un libro y aprendió que “uno no debe nunca precipitarse”. Seguir caminando sin precipitarse, como camino por las calles desoladas de El Alto, como un fantasma, como el hombre invisible de H. G. Wells, hasta poder encontrar la fórmula, ¿hasta ser visible? Sin embargo, puede que nunca pase eso y en eso es claro Rilke cuando termina la X carta, “… el arte es sólo un modo de vivir. Aun viviendo de cualquier manera, puede uno prepararse para el arte, sin saberlo”. Y no hay necesidad de ser visible, si es un modo de vivir.
Camino…, las 19 letras: “la paciencia lo es todo”, siguen repitiéndose en mi mente..., y hoy son suficientes para un desesperado.
“LA NÁUSEA”. El espectro que nos persigue
Por: Ivan Apaza-Calle
Metió la mano en mi mochila y sacó la novela. Esperábamos a los pasajeros que faltaban en la furgoneta. La espera me hacía sentir como un demonio.
—¿“La náusea”? Preguntó.
—Sí. Siempre llevo un libro para no aburrirme en el trayecto. Dije.
—¿Por qué, La náusea? Es un libro viejito; es de tu abuelo, ¿verdad?
—Claro que no, mi abuelo no sabía leer ni escribir, era pongo de una hacienda. Lo compré de un traficante de libros usados, por eso se ve así.
Sally, hojeaba el libro, como queriendo encontrar algo, sólo halló la portaminas que estaba en la página 177. Leía algo, pero luego lo dejaba.
— ¿De qué trata el libro? Preguntó nuevamente.
No supe resumir. Sólo dije que trataba sobre la existencia, no sabía más qué decir, callé y me devolvió la novela.
—Toma, guárdalo. Me contarás la historia cuando lo acabes de leer. Dijo.
El chófer encendió el automóvil.Todos los asientos estaban ocupados. El motorizado por fin recorría la autopista. —“Va a la mierda”. Me dije por dentro. No supe contar a Sally la historia de A. Roquentin y sus momentos de angustias cuando sabe que existe.
Por un momento el silencio se impuso entre nosotros. Ella miraba la ciudad contenta. Su belleza era incomparable, la brisa que ingresaba por el parabrisas, levantaba sus delicados cabellos; me quedé absorto observándole. Llegamos al hospital, trabajaba ahí, nos dimos un beso y bajó del automóvil.
—Te esperaré en la banca del frente. Le dije.
—Ve a leer y acaba ese libro. Respondió
Aquella mañana, luego de acompañarle, me dirigí a la Biblioteca Central de la universidad. Busqué el sitio más silencioso y donde no pueda moverme. En el fondo del salón había una silla vacante. —Qué suerte la mía. Me dije. Comúnmente siempre están ocupados. Después de dos horas de lectura, acabé las pocas páginas que me faltaban. Estaba satisfecho, en mi mente tenía muchas preguntas sin respuestas. El diario de Antoine Roquentin, me causaba náuseas.
Quizá el motivo más fuerte para leer los libros de Jean-Paul Sartre, sean las crisis existenciales que me perseguían cuál espectro. El preguntarme ¿por qué existo?, ¿para qué existo?, ¿mi existencia tiene justificación? Preguntas así eran constantes. Es verdad, el filósofo tiene pocos lectores en nuestra ciudad, quizá raros, pero las angustias, las depresiones y las crisis existenciales que se leen en las publicaciones en el Facebook, se parecen a esas crisis existenciales después de la guerra en Europa.
Me antojé un cigarro. Aquí no puedo fumar.
Salí de aquél lugar y caminé rumbo al jardín. Encendí el tabaco y aspiré.
Después de unos minutos, el cigarrillo se había consumido y convertido en humo, aquello me servía para reflexionar e ingresar en estro.
Saqué la libreta de apuntes y escribí:
Quisiera detallar la obra y hacer una reseña esquemática donde pueda explicar, la esencia de la novela, pero es preferible que uno lea, sería una pérdida de tiempo y falta de respeto al lector darle mi versión. Una reseña es una invitación a la lectura, una sugerencia, pero no quiero hacer eso. Cada quien lee según sus necesidades, en fin, uno busca respuestas en los libros, trata de buscarse y encontrarse. Mis razones para elegir “La náusea” de Jean-Paul Sartre fueron por necesidad. Sólo eso.
Continué caminando por el jardín. La necesidad y el interés me habían llevado a la elección de la novela, al terminar de leerlo también sentí que la desesperación me atacaba. La banca estaba libre, me senté y el lápiz nuevamente corrió sobre el papel:
La náusea. Qué es eso que me persigue, que viene sin anunciar y desaparece. Pienso, me detengo a reflexionar unos minutos y es trágico, más aún, para alguien que sobrevive.
Roquentin, en el diario describe su soledad, las cosas que observa y responde sus preguntas. ¿Qué razones hay para existir?, ¿acaso la existencia se justifica por sí misma?, ¿por qué la Náusea aparece y desaparece?
Es un sujeto que existe en la soledad, que investiga la vida del marqués de Rollebon, quiere justificar la existencia de ese ser escribiendo su vida. La historia justifica la existencia, pero, mientras el ser existe ¿acaso hay algo que pueda justificar esa existencia?
Sin hacer nada, frente a la nada el hastío es constante. Antoine anota, “Viernes: Ya no tengo ganas de trabajar; lo único que me resta es aguardar la noche”, más tarde, a las cinco y media: “¡La cosa anda mal, muy mal! Otra vez la suciedad, la Náusea”. El ser frente a la nada, he ahí el llamado a la Náusea; la gente que se mantiene ocupada, elide y esquiva a las crisis existenciales, ahora que recuerdo, Gustave Flaubert hacía eso todo el tiempo, trabajo, trabajo y más trabajo, porque “después de todo, el trabajo, esa es la mejor forma de escamotear la vida”. Roquentin aguarda, espera la noche y en ella surge la reflexión, “el pienso luego existo” de Descartes se enciende, pero uno no piensa y luego existe, simplemente existe, y sus preguntas pueden ser de diversa índole; otra vez la Náusea.
El acto de pensar, sí. El acto reflexivo es lo que trae la náusea, lo que sitúa a uno en un lugar, en una condición; sino pensamos, la existencia es una monotonía, es vida, “cuando uno vive, no sucede nada. Los decorados cambian, la gente entra y sale, eso es todo. Nunca hay comienzos. Los días se añaden a los días sin ton ni son, en una suma interminable…”, y el resultado es la siguiente afirmación: “uff el tiempo pasó rápido”. De hecho no pasó rápido. El tiempo solo sigue su curso…, el que vivió no se da cuenta del tic y tac del reloj. Y no darse cuenta es vivir; puede pasar 20, 30… años sin darnos cuenta, una vida así, es controlada por lo externo, porque no decidimos y somos tragados por el engranaje, consecuentemente esperamos la muerte. Y, en el velorio los allegados musitaran, que fue nuestro destino.
Domingo, domingo de las tragedias, bueno no solamente ese día, empieza el viernes, después de salir del engranaje, los amigos se dirigen al bulevar, como las moscas al dulce, ya con unos tragos en el estómago, el acto reflexivo renace, se habla cómo le fue con tal muchacha, en el trabajo…, la conversación es sobre todo hasta quedar anulado.
Duermen, es lunes y nuevamente el engranaje. Es el absurdo de la existencia.
La descripción de Roquentin el domingo es demoledora; observa la existencia a su alrededor, camina de un lugar a otro, escribe: “En algunos rostros más descuidados, creí leer un poco de tristeza; pero no, esas gentes no estaban ni tristes ni alegres; descansaban…, por el momento querían vivir con el mínimo de gastos, economizar gestos, palabras, pensamientos, hacer la plancha: tenían un solo día para borrar las arrugas, las patas de gallo, los pliegues amargos que deja el trabajo de la semana. Un solo día” y todo el resto de la semana a sobrevivir.
Para Roquentin, la única causa para seguir existiendo después de preguntarse sobre lo mecánico de los días en los demás, son sus investigaciones. Él también es parte de lo monótono, de un eslabón de una determinada especie que se dedica a ciertas labores. Antoine, también tiene su ocupación, investiga la vida de un personaje, duerme, desayuna, fuma, bebe, conversa,” hace el amor”, camina, y por supuesto va a la biblioteca a trabajar, la única diferencia con los demás, radica en sus reflexiones sobre la existencia lo que produce sus encuentros constantes con la Náusea.
Él también tiene esperanzas, espera ver a Anny, y la espera le mantiene aún con vida, de lo contrario, ¿acaso querría suicidarse?, es lo más probable, porque ya no habría motivos para existir, lo que le mantiene con vida es ver al ser amado, después no sabemos que será. Después de encontrar a Anny, las expectativas de Antoine caen abajo, no esperaba ese tipo de encuentro, decepcionado vuelve a su trabajo, pero se da cuenta que el trabajo también es vano, ¿por qué justificar la existencia de alguien que ya no existe?, hasta hace unos días atrás, M. de Rollebon representaba su única justificación de existencia, pero no, menudo error ha cometido, anota: “la historia habla de lo que ha existido, un existente jamás puede justificar la existencia de otro existente”. La suerte está echada, es libre y su libertad tiene sabor a muerte, no está atado a nada…, y… Su existencia depende de su decisión, espera el tren para marcharse y dejarlo todo, es su única esperanza, y un motivo para seguir viviendo. Sentado en el bar, se despide de Madeleine, por unos momentos escuchan música, dentro unos minutos el tren partirá rumbo a París. Ahora es su objetivo, pero no lo piensa más. La canción le conmueve, quiere saber por qué el que escribió la canción hizo semejante arte, quiere conocer, por qué hizo todo eso.
Ahora todo acabó con las investigaciones sobre M. Rollebon, sus objetivos ya no son los mismos, se da cuenta que existe, que es yo, y que su yo es parte de una conciencia: es Antoine Roquentin, quiere justificar su existencia, puede elegir, es su decisión, entre el sí y el no hacer algo, incluso abstenerse a no elegir entre estas dos opciones, también es una elección, lo más importante es que ha entendido algo, que el existente es el único que puede justificar su existencia y es él.
Dejé de escribir, era suficiente. Miré el reloj, faltaban solamente 20 minutos para que den las 13: 00 horas, tenía que estar en la banca, esperar a Sally, e ir a comer algo aquella tarde. Guardé mi libreta de apuntes…, caminé al encuentro. Yo también existía aquel día, y un motivo más para existir, lo confieso, era volver a ver a Sally.
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