viernes, 22 de febrero de 2019

STEVE JOBS EN LOS ANDES



Iván Apaza-Calle

—Buenas noches, señor escritor “loco”. Escribió Lina.

No sabía que responder. Respondí con el silencio, que dice todo, que no dice nada. La noche era fría, tan fría que se me helaban las manos y no podía continuar recorriendo el libro que narraba la vida de un autodidacta, visionario, genio, intuitivo, iconoclasta, diferente e inventor, en fin, Steve Jobs. Años antes pensaba que era un escritor, que escribe libros exitosos, que llegan a ser best sellers; encontraba su mirada cada vez que pasaba por un puesto de libros en el pasaje Nuñez del Prado, en “la Lanza” y en esos puestos a la intemperie de “la Ceja”, tenía la mirada de seguridad con esa pose diciéndome puedes hacerlo. Aquellos libros llevaban siempre su fotografía. Un amigo me sugirió las películas que trataban sobre su vida, me enganché a tal sugerencia, vi “Steve Jobs” de Danny Boyle y “Jobs” dirigida por Jhosua Michael Stern. El primero enfoca la relación padre e hija asimismo la tiranía y frialdad que poseía Jobs; el segundo la construcción de Apple, los obstáculos, los éxitos, la derrota y nuevamente el éxito de Steve. Fue conmovedor ver cómo un joven raro y rebelde inicia un proyecto que para muchos es imposible. Volví a los puestos de libros, busqué toda referencia a él, y me topé con que no escribió nada, ni un libro; en ese momento me sentí un comprador que no sabe nada de lo que compra. 

Uno de los libreros—mientras preguntaba—me dijo

—“Hay alguien que escribió sobre su vida y él colaboró en el nacimiento y crecimiento de ese libro”, se refería a la obra de Isaacson. 

El señor, sacó de un rincón, donde guardaba tesoros de libros, uno que no tenía color. Estaba ansioso de verlo, quería tomarlo y hojearlo de una vez, no importaba el precio, aunque muchas veces, los vendedores al ver los ojos brillantes de un lector, aprovechaban para saciar su codicia, no todos por cierto, hay libreros que conocen esa magia de leer dando una rebaja. Aquel era uno de esos. Acabé comprando dos libros, “Steve Jobs” (2012) de Karen Blumenthal y “Steve Jobs. La biografía” (2011) de Walter Isaacson. Terminé de leer el primero, salí doblemente conmovido por la hazaña de Jobs, sobre todo, por su opinión sobre el tiempo y la muerte, leer ese consejo contundente: “Vuestro tiempo es finito, así que no lo malgastéis viviendo la vida de otro”, fue certero aquella noche fría, cuanta verdad había en esas letras. No pude dormir pensando en esa idea, ¿Acaso darle vueltas y vueltas era perder el tiempo?, quizá. La muerte es un tema que tiene mucha relación al tiempo, los seres humanos o cualquier ser vivo, cumple un ciclo vital, sólo somos tiempo en el espacio, cada uno va camino hacia la muerte, cada día morimos como sentenció Quevedo en “¡Ah de la vida!”

“Ayer se fue, mañana no ha llegado,
Hoy se está yendo sin parar un punto:
Soy un fue y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
Pañales y mortaja, y he quedado
Presentes sucesiones de difunto”

El no pensar en la muerte o no tenerlo sentado a nuestro lado hace que no valoremos la existencia. Uno de los méritos de Jobs, y no solamente de él sino de muchos genios, es entender que solamente somos una estrella fugaz que pasa rápidamente en un abrir y cerrar de ojos, siendo así, uno vive para sí. Suena raro ¿verdad? Suena a individualismo, lo cierto es que, no hay otro modo de aprovechar y exprimir el jugo de la existencia al máximo. La idea de ser sólo una estrella fugaz en el universo, nos conduce a la conclusión importantísima de Jobs, “… el valor de seguir los dictados de vuestro corazón y de vuestra intuición” y no perder horas en estériles opiniones negativas. La confianza en uno mismo, es un elemento clave de los hombres simbólicos que ha tenido la humanidad hasta hoy; podemos no estar de acuerdo con tales ideas y con la personalidad extravagante, tiránica, rebelde, arrogante y terca de cada uno de ellos,  pero no es posible ocultar que gracias a las invenciones y descubrimientos de un T. A. Edison, N. Tesla, G. Galilei, I. Newton, A. Einstein, L. Pasteur, S. Jobs, la especie humana fue explicándose muchas interrogantes que durante mucho tiempo eran satisfechas con explicaciones divinas y sobrenaturales que no eran convincentes.   

El carácter que sale a flote en las películas y por su puesto en el libro de Karen Blumenthal sobre Steve Jobs, es el mismo que tuvo Albert Einstein, el clásico genio que sigue sus inquietudes sin hacer caso a las opiniones bullangueras que se oyen aquí y allá, el demonio que les posee es el mismo consumiéndoles, es símil a la solitaria de Flaubert que escamotea a la vida con el trabajo y el esfuerzo desenfrenado hasta la muerte. En ambos genios se encuentra caracteres comunes, Jobs desconoció a Lisa, su hija, y cada vez que se negaba entraba de lleno a ser poseído por ese demonio de seguir e insistir en crear el mejor ordenador personal, así como Einstein que al no poder ver a sus hijos se refugiaba en resolver complejas ecuaciones.

Jobs y Einstein tuvieron la pasión incesante de cumplir y concretizar las imágenes que llevaban en sus mentes, esa marcha sin cesar ni desmayar en el proceso de la creación que para muchos es un acto de locura, aparentemente, en el inicio no se pinta bien, no hay quien crea en las proyecciones que se establecen, por eso parece ser algo descabellado. La insistencia con que arremeten sin hacer caso a las reglas establecidas ni a las opiniones de los demás, a la larga surge poco a poco, va ganando terreno y legitimidad hasta que es real, en ese momento, aquellos que contrariaban con sus opiniones negativas son los primeros en decir que si se podía. 

Aquellos jóvenes que hicieron posible los ordenadores Apple, el Apple Lisa, el Macintosh, el iMac, el iPod, el iPad, el iPhone. Eran los locos inadaptados, los rebeldes arrogantes. Sí, esos que a partir de su creatividad dieron saltos progresivos en el conocimiento, ese cambio que va por ellos, que: “Va por los locos, los inadaptados, los rebeldes, los problemáticos. Los que están fuera de sitio, quienes ven las cosas de un modo distinto…Y aunque algunos lo vean como a unos locos, lo que vemos nosotros es genialidad. Porque aquellos que están lo suficientemente locos como para creer que pueden cambiar el mundo son quienes lo cambian”. Eso, eso fue el texto poético de Steve Jobs al finalizar la película de Stern.

Al leer esto aquella noche, después de las “Buenas noches” que ella escribió, después de leer las dos palabras: “escritor y ‘loco’”, sobre todo después del largo silencio, respondí horas más tarde.

—“Es el mejor cumplido que me han hecho”.   

jueves, 21 de febrero de 2019

J. D. SALINGER, UN GUARDIÁN CONTRA EL ABISMO





Ivan Apaza-Calle
1

El pequeño Sony aspiraba a ser escritor; su padre era contrario a su vocación, solamente su madre sabía sobre el talento que poseía y tenía fe en él. El muchacho era expulsado de colegio en colegio, nadie le comprendía. Había nacido en 1919, el 1 de enero en Nueva York en una familia de clase media. Su ingreso a un curso de escritura en la Universidad de Columbia, le ayudó mucho para iniciar a escribir sus primeros relatos; los desafíos que le había puesto Whit Burnet editor de la revista Story, sobre querer ser escritor y ser escritor, inspiraron a que siga escribiendo rechazo tras rechazo. Este año se ha cumplido un siglo desde el nacimiento de Jerome David Salinger, el autor de “El guardián entre el centeno”.

2

No sabía nada sobre J. D. Salinger, hasta que una tarde mientras caminábamos por las callejuelas repletas de cafeterías en La Colmena en El Alto, oí al viejo Tupa, elogiar a Salinger y a su legendario personaje, Holden Caufield. Tiempo después, como es costumbre en mi caso, hallé una copia de su novela en la feria 16 de julio, sí, una fotocopia anillada; quién sabe, quizá fue el material de estudio de un estudiante de la carrera de Literatura, que vendió aquellos duplicados para comer con el dinero adquirido.

La copia llevaba el título: “El cazador oculto”, cuya traducción al español, le pertenece a Manuel Méndez Andes. La novela había dormido en mi pequeña biblioteca entre otras por un año; el olvido le mantuvo empolvado en un rincón hasta la noche de fin de invierno del 2018. Esa noche fría (después de haber visto la película “Rebelde entre el centeno” dirigida por Danny Strong, que retrata la vida de Salinger), busqué en medio de otras novelas a “El cazador oculto”. El libro estaba empolvado, pero, despertaba y cobraba vida en mis manos. 

3

Esa noche Holden Caufield, sin convencionalismos, empezó a narrar su vida de adolescente; no tenía ganas de contar su historia con máscaras e hipocresías, nada de eso. El adolescente, apenas tenía 16 años; rebelde e incomprendido, blasfemaba con palabras descaradas toda su historia. Holden no paraba de deprimirse, a veces cuando escuchaba una mentira, se sentía más furioso que el mismo demonio. Frente a la hipocresía de los demás, parecía un loco a quien nadie le entiende, él hacía las cosas al revés, y los adultos trataban de enderezarlo según sus reglas… No podían.

La confesión inicia un sábado de diciembre. Faltan pocos días para navidad, Holden no quiere regresar a casa, no quiere oír los regaños de su padre, es su cuarta expulsión de la preparatoria; había reprobado todas las materias, salvo uno: inglés. No es que sea un tonto, no; el muchacho lee muchos libros, entre los autores que leyó están: Isak Dinesen, Ring Lardner, Thomas Hardy, Somerset Maugham, Hemingway…; sólo que no cumple las reglas, aquellas establecidas por los adultos, además éstos, le han advertido que: “la vida venía a ser algo así como un gran partido, y de que era necesario jugar de acuerdo a los reglamentos”, aparentemente Holden está de acuerdo con la idea, pero no, él también miente, es capaz de decir cualquier cosa cuando se le pregunta. En el fondo odia las reglas. 

Después de enterarse de los resultados, está en su habitación, quiere irse del maldito colegio, pero no a casa, sino a otro lugar, donde pueda estar tranquilo y solo, donde no pueda ir a otro colegio ni tener una maldita conversación con alguien. En la espera, discute con Stradlater su compañero de cuarto, la discusión termina en golpes, Holden sangra; por fin sale de aquél sitio, va en busca de un Hotel para pasar la noche. Está cansado de ver los mismos rostros con acné en su habitación, también, porque no tenía nada que hacer en ese lugar. En el Hotel contrata los servicios de una prostituta con quien no tiene sexo, sino una pequeña conversación, luego, la muchacha abandona la habitación. Después de unos minutos, alguien golpea la puerta, es el proxeneta…, otra discusión, recibe otro golpe, pero esta vez del hombre sucio que ha venido a sacarle más dinero del bolsillo, por los servicios de la muchacha. La servil y el amo, le han engañado, la falsedad se presentaba nuevamente esa noche. Después de todo, hace llamadas, quiere ver a Sally, una vieja amiga, va a la espera de ella; mientras ella patina, él bebe y le propone marcharse lejos donde puedan vivir ambos, Sally no está de acuerdo. El encuentro, después de todo, termina en una discusión. Holden se deprime aún más. Le ha entrado las ganas de beber. Se embriaga hasta perder el conocimiento. Va en busca de patos, pregunta al taxista, ¿a dónde van los patos en invierno?, no recibe respuesta. 
Ahora solo tiene un deseo, ver a su hermana menor, a la pequeña Phoebe; es lo único bueno y puro en el mundo para Holden. Entra a escondidas a la habitación, sus padres han salido, la pequeña niña está dormida…, una vez despierta, Holden le cuenta cuan deprimido está por las cosas que ocurre, que le ocurre, confiesa que no está de acuerdo con nada ni nadie, la pequeña Phoebe, le responde: “A ti no te gusta nunca nada de lo que ocurre en ninguna parte”, al escuchar la respuesta, Holden se deprime más, sin embargo, hay algo que desea y le gustaría hacer; su confesión es contundente, imagina, “a muchos niños pequeños jugando en un gran campo de centeno y todo. Miles de niños y nadie allí para cuidarles, nadie grande...” sólo él, y se encuentra, “…al borde de un profundo precipicio”. Quiere capturar a los niños que vayan al precipicio, quiere ser el encargado de salvarlos del abismo, es lo que quiere hacer todo el día, salvar niños. Quiere ser un guardián.  
De repente, un sonido se escucha desde la puerta, son los padres. Toma prestado el dinero de la pequeña Phoebe. Llora al hacerlo, luego sale sin que se dieran cuenta. Ahora va en busca de su maestro, Antolini. Es el único que le entiende; después de todo, llega a su objetivo, charlan; el maestro le dice: “tengo la sensación de que te diriges hacia una caída terrible… Pero, honestamente, no sé de qué clase”. Holden está en un precipicio, se da cuenta de ello. Pero escapa frente a un mal entendido. Ahora deambula en las calles, ha concertado el sueño en una banca en la estación. Va en busca de su hermanita, sus mareos son constantes, va a la escuela donde está Phoebe. Le deja una nota y le espera en el museo, muy cerca de donde está la pequeña. Quiere devolverle el dinero prestado y despedirse. La espera no es larga. La pequeña Phoebe aparece a lo lejos y arrastra una valija, piensa marcharse con su hermano, y él no lo acepta. Ahora tiene una responsabilidad, ella quiere marcharse con su hermano, lo que enoja a Holden. Pero no puede, y acepta volver a casa. Aquella tarde el muchacho es feliz, mientras la pequeña Phoebe sonríe y levanta la mano, saludando. Observa con felicidad a su hermana menor mientras llueve.  

Ahora sabemos que, Holden está enfermo y recluido. Narró su historia desde ese lugar para enfermos, tiene 17 años. El psicoanalista le pregunta si piensa aplicarse en el colegio…

4

Han pasado tres días desde aquella noche, donde “El cazador oculto” o “El guardián entre el centeno” de J. D. Salinger cobró vida hoja tras hoja. En cada página Salinger retrataba su vida, su miedo a envejecer y caer en el precipicio de la etapa adulta. Para él ese mundo era algo perdido, era la perversión, donde existían personas falsas e hipócritas, y los niños en la medida que crecían iban hacia el precipicio, por eso, lo único que deseaba hacer Holden Caufield era capturar a los niños que se dirigían al abismo,  a ese abismo de la falsedad y la apariencia. Quería ser eso, un guardián entre el centeno.

Holden también iba hacia el precipicio, Antolini le había dicho que se dirige a una caída terrible, al precipicio, era alejarse de la inocencia y de aquella sinceridad existente sólo en la niñez. 
La pequeña Phoebe, representa ese mundo de la inocencia, ella le causa lágrimas a Holden cuando le presta sus ahorros, pero la decisión de marcharse con él, enfada al muchacho, porque tiene responsabilidad con ella; ahora tiene que jugarse con las reglas quiera o no. Decide quedarse y regresar a casa.

En “Nueve cuentos” de Salinger, aparece también el tema de la inocencia. Un retrato claro, es la pequeña Sybil, de “Un día perfecto para el pez plátano”. En el cuento, existen dos mundos, los niños y los adultos, la pequeña Sybil y Seymour Glass, este último después de ir por el pez plátano, termina suicidándose.

La vida adulta se parece a un teatro para Salinger, donde cada quien cumple y actúa bajo un papel en el escenario, pero además cada quien usa diferentes máscaras convencionales, de ahí su menosprecio a las actuaciones. No menos que los análisis del sociólogo Erving Goffman, quien también tocó el tema en sus estudios sobre los individuos y la representación de papeles en la vida cotidiana. Y los niños están exentos de esas actuaciones, son inocentes y como ha sentenciado Salinger en el rodaje de Strong: “aún no han sido destruidos por el mundo”.