martes, 13 de noviembre de 2018

LAS IDEAS DE GUSTAVO FLAUBERT

Por: Anatole France

Se ha hablado mucho de Flaubert a propósito de la opera de Salambó. Flaubert interesa a los curiosos, y hay en esto una razón suficiente; es que Flaubert es muy interesante. Era un hombre violento y bueno, absurdo y lleno de genio, y que encerraba en él todos los contrastes posibles. En una existencia sin catástrofes ni pericias supo permanecer constantemente dramático; representó en melodrama la comedia de la vida y fue en su intimidad tragikotatos, como dice Aristóteles. Tragikokatos sería ahora más que nunca si viera su Salambó puesta en ópera. A la vista de este espectáculo horrible, qué relámpago saldría de sus ojos! Qué espuma de su boca! Qué grito de su pecho! Sería para él el cáliz amargo, el cetro de caña y la corona de espinas, sería las manos clavadas y el costado abierto.

Todavía es poco decir, y él estimularía que estos términos son débiles para expresar sus sufrimientos. Que haya aparecido lamentable y terrible, de noche a los señores Reyer y du Locle, es casi un argumento contra la inmortalidad del alma.

Por lo menos es verdad que los muertos ya no vuelven, desde que se cerró la caverna de Dungal que comunicaba con el otro mundo. Porque sin eso habría venido nuestro Flaubert, habría venido a maldecir a los señores du Locle y Reyer.

Era mientras vivió, un excelente hombre, pero se hacía de la vida una idea extraña. Encuentro muy a propósito en la Revue Blue, un estudio del carácter de este pobre gran escritor, firmado por Henri Laujol.

La filosofía de M. Henri Laujol en este notable estudio se esfuerza por confundir el orgullo solitario del poeta y a enseñar a no despreciar a nadie.

Flaubert se equivocaba al creer muy cándidamente «que fuera del Arte no existe aquí abajo sino ignominia», y, aunque pasara ocho días evitando una asonancia, como él se jactaba, no tenía el derecho de despreciar los oscuros trabajos del común de los hombres. Pero igualar estos trabajos a los suyos, estimar con el mismo precio lo que cada uno hace por sí mismo y lo que uno sólo hace por todos, poner en equilibrio, así como parece hacerlo M. Laujol, la nutrición de un niño y la creación de un poema, esto es como proclamar el aniquilamiento de la belleza, del genio del pensamiento, el aniquilamiento de todo, y es tender la mano al apóstol ruso que enseña que más vale hacer zapatos que libros. En cuanto al Eclesiastés que citáis imprudentemente, tomad en cuenta que era un gran escéptico y que el consejo que os da no es tan moral como lo parece. Hay que desconfiar de los orientales en materia de afecciones domésticas.

Pero me equivoca al querellar a M. Henri Laujol, que ya no tenía sangre fría cuando escribía estas elocuentes líneas: Flaubert lo había exasperado, y eso no me sorprende. Las ideas de Flaubert son para volver loco a cualquier hombre de buen sentido. Son absurdas y tan contradictorias que cualquiera que intentara conciliar solamente tres de ellas, pronto se apretaría las sienes con las dos manos para impedir que le estallara la cabeza. El pensamiento de Flaubert era una erupción y un cataclismo. Este hombre enorme tenía la lógica de un  temblor de tierra. Él lo sospechaba un poco y no siendo muy simple, se hacía con mucho gusto más volcán todavía de lo que era en realidad y ayudaba a convulsiones naturales con cierta pirotecnia, de manera que su extravagancia innata debía algo al arte como esos parajes en los cuales los posaderos agregan puntos de vista.  

La grandeza sorprende siempre. La de las divagaciones que Flaubert apilaba en sus cartas y en la conversación, es prodigiosa. Los Goncourd recogieron algunas de sus conversaciones, que causaran una eterna sorpresa. En primer lugar hay que saber lo que era Flaubert. A la vista: un gigante del Norte, mejillas infantiles con un bigote enorme, un gran cuerpo de pirata y ojos azules ingenuos para siempre. Pero, en lo que toca del espíritu  era en verdad un bizarro conjunto. Se ha dicho hace mucho tiempo que el hombre es diverso. Flaubert era diverso, pero además era dislocado y las partes que lo componían tendían sin cesar a desunirse. En mi infancia se mostraba en el teatro Serafín una imagen perfecta, un símbolo del alma de Flaubert. Era una especie de pequeño húsar que venía a danzar fumando su pipa. Sus brazos se despegaban de su cuerpo y danzaban por su cuenta sin que el mismo dejara de danzar. Después las piernas se iban cada una por su lado sin que el pareciera notarlo, a su vez el cuerpo y el tronco se separaban, y la cabeza misma desaparecía en el bonete de astracán de donde caían ranas. Esta figura expresa perfectamente la desarmonía heroica que reinaba en todas las facultades intelectuales y morales de Flaubert y cuando me fue dado verlo y oírlo en su pequeño salón de la calle Murillo, gesticulando y aullando en traje de corsario, no pude impedirme en pensar en el húsar del teatro Serafín. Estaba mal lo confieso. Era faltar el respeto a un maestro. Por lo menos la admiración grande y llena que me inspiraba su obra no disminuía por ello. Todavía ha aumentado después  y la inalterable belleza, que se extiende por todas las páginas de Madame Bovary me encanta cada día más. Pero el hombre que había escrito este libro con tanta seguridad y con mano infalible, este hombre era un abismo de incertidumbre y de errores.

Hay en eso con que humillar nuestra pequeña sabiduría: este hombre que  tenía el secreto de las palabras infinitas, no era inteligente. Al oírlo recitar con una voz terrible aforismos ineptos y teorías oscuras que cada una de las líneas que había escrito se levantaba para desmentir, uno se decía con estupor: he ahí, he ahí el macho cabrío emisario de las locuras románticas, la bestia de elección en que van todos los pecados del pueblo de los genios.

Era esto. Era aún el gigante de buena espalda, el gran San Cristóbal que apoyándose penosamente en una encina desarraigada, pasó la literatura de la ribera romántica a la ribera naturalista sin sospechar lo que llevaba de donde venía y a donde iba.

Uno de sus abuelos se había casado con una mujer del Canadá, y Gustavo Flaubert se jactaba de tener en las venas sangre de piel roja. Es seguro que descendía de los Natchez, pero era por Chateaubriand. Romántico lo fue en el alma. En el colegio ponía un puñal bajo la almohada. Adolescente detenía su tílburi delante de la casa de Casimiro de la Viña y se subía para gritar en la verja injurias de granuja. En una carta a un amigo de sus primeros tiempos saludaba en Nerón al hombre culminante del mundo antiguo. Amante apacible de una literata, calzó bastante torpemente las botas de Antony. He estado a punto de matarla, cuenta veinte años después. En el momento en que fui hacia ella, tuve como una alucinación.

Los Goncourt anotaron en su Diario esas disertaciones confusas, esas tesis en completa oposición con su talento que él esparcía con voz de trueno; «esas opiniones de parada»; esas teorías oscuras y complicadas sobre un sello puro un sello de toda eternidad en cuya definición se sumergía  como un búfalo en un lago cubierto de altas hierbas. Todo esto seguramente de una gran inocencia. En el estudio que antes señalé, Mr. Henri Laujol comprendió muy bien que el más lamentable error de Flaubert fue creer que el arte y la vida son incompatibles y que para escribir, hay que renunciar a todos los deberes como a todas las alegrías de la vida.

Un pensador, decía (¿y qué es el artista sino un triple pensador?) no debe tener ni religión, ni patria, ni siquiera alguna convicción social.

Formar parte de algo, entrar en un cuerpo cualquiera, en cualquiera tienda o cofradía, tomar siquiera cualquier título, es deshonrarse, envilecerse.

Pintarás el vino, el amor, las mujeres, la gloria, con la condición, mi buen señor de que no seas ni borracho, ni amante, ni marido, ni soldado. Mezclada la vida, se la ve mal, sufre o se goza demasiado de ella. El artista, según yo «es una monstruosidad, algo fuera de la naturaleza».

Esa es la falta. No comprendió que la poesía  debe nacer de la vida, naturalmente, como el árbol, la flor y el fruto salen de la tierra, y de la plena tierra, bajo los ojos del cielo. No sufrimos nunca sino por nuestras faltas. Él sufrió cruelmente de la suya. «Su desgracia vino, dice justamente nuestro crítico, de que se obstinó en ver en la literatura, no la mejor sirviente del hombre, sino no sé qué cruel Moloch, sediento de holocaustos».

En este transcurso melancólico de estados de alma y de modos de pensar, las obras del viejo Flaubert permanecen en pie, respetadas. Basta para que perdonemos al buen autor las incoherencias y contradicciones, existe una que hay que  admirar y bendecir. Flaubert, que no creía en nada en el mundo, y que se preguntaba más amargamente que el Eclesiastés: «¿Qué fruto saca el hombre de toda labor?», Flaubert fue el más laborioso de los obreros de las letras. Trabajaba catorce horas al día. Perdiendo mucho tiempo en informarse y documentarse (lo que hacía muy mal, porque carecía de crítica y de método), consagrando largas tardes a exhalar lo que M. Henri Laujol llama también su «melancolía rugiente», sudando, soplando, jadeando, dándose infinitos trabajos y agachando todo el día sobre una mesa su vasto cuerpo hecho para el libre viento de los bosques, del mar, de las montañas, y que la apoplejía amenazó por mucho tiempo antes de exterminarlo; él reunió por la factura de su obra, a la obstinación de un escrito frenético y al celo desinteresado  de los grandes monjes sabios, el ardor instintivo de la abeja y del artista.

¿Por qué no creyendo en nada, no esperando en nada, no deseando nada, se entregaba a tanta labor? Esta autonomía, por lo menos, la concilió cuando hizo en plena gloria, esta confesión dolorosa: «Después de todo, el trabajo, esa es la mejor manera de escamotear la vida».

Era desgraciado. Sin por equivocación y si era víctima de sus ideas falsas, no por eso dejaba de sufrir torturas reales. No imitemos al abate Bournisien, que negaba los sufrimientos de Ema porque Ema no padecía de hambre ni de frío.

Algunos no sienten los dientes de hierro que les muerden la carne, otros se irritan por una almohada de plumas. Flaubert, como la princesa del Renacimiento, cargó con más de lo que podía «del tedio común a toda criatura bien nacida».

Encontró algún consuelo en aullar máximas lamentables. No le hagamos por tal cosa un reproche demasiado grave. Es verdad que tenía ideas literarias perfectamente insostenibles. Era de esos valientes capitanes que no saben razonar sobre la guerra, pero que ganan las batallas.

Fuente: Anatole, France. (1924). Páginas escogidas. Selección de Pablo Neruda.  Ed. Nascimento. Chile. Pág. 280-287