viernes, 20 de septiembre de 2019

KNUT HAMSUN, UN NOVELISTA DEL HAMBRE




Iván Apaza-Calle

Camino por las calles alteñas, me dirijo a la calle 2 de la Ceja. La parada de los automóviles que pasan por la universidad está vacía, no hay muchos pasajeros; sin embargo, el automóvil blanco está a punto de salir; en mis manos llevo “Hambre” de Knut Hamsun. Subo a la furgoneta cuyo nombre en sus franjas dice COTRANSTUR. En el transporte me siento al lado de un turista, me pongo cómodo y empiezo a leer. Mientras recorro los párrafos del libro, veo de reojo que el turista me observa, continúo leyendo…, el automóvil se detiene de repente, cierro el libro gris y observo; hay un tráfico terrible. El señor de al lado se esfuerza por leer las letras de la tapa: Knut Hamsun, HAMBRE.  ¿Acaso el título le recordó que tiene que comer? Noto que está sorprendido, me mira con cierta indiferencia, dejo de lado su mirada, separo nuevamente el libro y continúo leyendo…

Las horas han transcurrido en la Biblioteca Central de la Universidad. Muchos estudiantes con la cabeza gacha se entretienen con el celular, otros hojean las páginas blancas de un libro, algunos escriben y uno que otro resuelve ejercicios matemáticos…, y no falta en el sitio, un lector que se pone a dormitar. El vigilante de los libros se da cuenta de aquello. Se dirige a despertar al soñoliento. Vaya manera de castigarlo. 

Frente a mi está el libro de color gris, cuyas letras azules resaltan en la tapa y lomo. Tiene unas líneas artísticas de forma rectangular que no puedo clasificar. La obra de Hamsun es una edición de 1952; han pasado más de medio siglo desde su nacimiento y empaste, sin embargo tiene 129 años desde su publicación en 1890. Lo compré en la feria de libros viejos; quien lo tenía falleció recientemente, como es común sus familiares habían ofrecido a don Jaime el mercader de libros viejos para que los comercializara. Había cuatro yutes repletos de libros, las manos de coleccionistas, revendedores y lectores se movían sin cesar aquella mañana de invierno, pero aquellos libros del fallecido, en verdad, jamás le pertenecieron, tampoco a nosotros. Los libros no pertenecen a ninguno, simplemente están ahí, así como este libro gris que ya no me pertenece.

1920. Hamsun, es galardonado con el premio Nobel de Literatura; poco tiempo después estaría apoyando al régimen nazi, como el filósofo de los bosques Martin Heidegger; a partir de su apoyo sus escritos habían caído abajo, tuvo la mala suerte de ser juzgado por sus actos y pensamientos, consiguientemente, ha tenido pocos lectores y se lo ha condenado al silencio.

A veces los lectores juzgamos la obra de arte sin haberlo leído, oído o apreciado; más hacemos caso a los juicios de otros u otras…, juzgamos sin exprimir lo sustancial de una obra. Es verdad que la ideología que profesa un artista puede ser motivo de un pre-juicio, que puede llevar a encasillar o descalificar la obra de arte, pero son aspectos diferentes.

Se relaciona por ejemplo a la obra de Mijail Sholojov con el régimen comunista, pero cuando uno lee sus cuentos, no existe nada de comunismo, sino resalta la “capacidad” con que cuenta una historia; en cada historia sobresale lo trágico, la alegría, la tristeza y la felicidad humana, todo eso, narrados grandiosamente.

Sucede lo mismo con la obra de Hamsun. En Hambre uno puede hallar lo majestuoso de una novela, la forma como hilvana la narración es exacta, simple y conmovedora, hasta que la narración del escritor hambriento le recuerda al lector que es hora de ir a comer, no porque la novela sea aburrida, sino porque cuando se lee los momentos constantes de hambre del escritor anónimo se siente el mismo deseo de satisfacer el estomago. El hambre del personaje de Hamsun, causa hambre.

No estamos con una novela como “El lobo estepario” de H. Hesse, donde hay una estructura complicada, que hasta Mario Vargas Llosa ha confesado en “La verdad de las mentiras” que no ha sido capaz de entrar en esas “complejas interioridades del libro”.  

Hambre nos recuerda al hambre de los niños desposeídos en países de pobreza, asimismo nos recuerda a esos momentos donde no hay ni pan duro para llevarnos a la boca y poder callar los crujidos del estómago. Quizá si el personaje de Hamsun, por aquellas épocas, hubiere vivido en los andes, estaríamos seguros que paliaría su hambre pijchando la coca, como muchos indios hambrientos lo hicieron en la época colonial, en las minas, en las haciendas, en cada rincón.

El hambre del personaje, es una descripción a nivel micro sobre la tragedia humana. El hambre que acecha en cada rincón, puede ser el hambre del escritor anónimo que narra a cada momento el llamado de su estomago, pero también puede ser el hambre muy bien descrito y analizado por Josué de Castro en “El libro negro del hambre”, el hambre a nivel global, esa miseria endémica que reina el mundo.     

El personaje principal de Hambre, es un escritor que proporciona varios nombres, quizá en verdad sea un Fulano de Tal, o finalmente represente a todos los escritores del mundo, lo cierto es que no sabemos su nombre.

Se parece a Meursault de Albert Camus, narrando su historia en primera persona, o mejor dicho, Meursault se parece al escritor anónimo de Hambre; como se quiera. Ambos son extraños para su medio y cuentan su historia y las condiciones de su existencia plagada de infortunios.

Al personaje de Hamsun, le persigue a cada momento el hambre. Tiene hambre, mucha hambre, de hecho, siempre está entre la vida y la muerte; anda días sin comer, deambula ofreciendo sus cosas y quizá con el dinero comprar un alimento y llevar a su boca un bocado y seguir sobreviviendo.

Se sabe muy poco de él, a veces cuando se le pregunta por su nombre contesta: “Yo me llamo Wedel Jarlsberg”…, en otra ocasión responde: “Tangen… Andrés Tangen”. No se conoce a sus amigos ni pasado, ni a su familia. La mayor parte de su existencia está solo, tanto que los demás le consideran un loco, un solitario loco…, en fin, solo escritor.

Escribe artículos en el periódico “Morgenbladet”. Lo poco que recibe le sirve para comer, pero en su supervivencia el hambre no le permite escribir; muchas veces cuando esta frente a la hoja tratando de trazar palabras, frases o arreglando las partes oscuras de sus escritos, los dolores de cabeza y los “gusanos” que le carcomen el estómago, le impiden lograr su hazaña. Ha vendido hasta lo más pequeño de su propiedad, ha llegado hasta rogar para vender aquello que le cubría para dormir en las noches frías. El comprador le rechaza, no quiere la prenda ni para guardarlo ni mucho menos como regalo.

El hambre ha llegado hasta causarle mareos, no puede escribir así, pero se esfuerza y continúa con la hazaña de escribir algo genial.

Continua escribiendo…, a veces sus escritos son rechazados por el periódico; no vale el esfuerzo, el hambre le acecha a cada hora. Y cuando consigue algún monto de dinero, regala al que lo necesita. No es capaz de soportar la crisis de su conciencia, por eso cuando trata de cerrar los ojos por la noche con el estomago vacío, las tinieblas empiezan a reinar en él, de modo que, solo queda mantenerlos abiertos, pero no; todo está oscuro a su alrededor, no le sirve.

Muchas veces se pone a discutir con los demás, como con aquella mujer encinta que le ha abierto las puertas de su hogar y le ha dado de comer; discute con el anciano que está sentado en la banca, con los gendarmes, hasta con la muchacha a quien le persigue y le acusa de pobrete. Discute, discute…

Supervive entre el escribir y el hambre, muchas veces el hambre obstruye su mente y ello no le deja trabajar, pero continua haciendo los esfuerzos para acabar los pequeños artículos que quizá le puedan dar de comer un bocado. El bullicio y las hostilidades del lugar, no le permiten de hilvanar las ideas que tiene en mente.

Al fin se ha puesto a escribir un gran drama: “El signo de la cruz” y a través de ello llegar al éxito y poder comer, pero el hambre le ha derrotado, el manuscrito cae en pedazos; a pesar de los esfuerzos no logra sus objetivos. La vida le ha negado sus sueños y con ello ha obstruido su talento frente al papel.  Los pequeños trozos del drama están en el aire, esparcidos aquí, allá; a su alrededor.  

Caminando por el muelle buscando donde sentarse, el hambriento se para de repente en ese lugar y con la cabeza atontada se queda inmóvil. Estando ahí se encuentra con un marinero. El escritor saca sus gafas y lo guarda en el bolcillo como si abandonara el oficio de escribir…, se embarca por el mar; ahora se pone trabajar de lo que sea, de lo que sea.

El hambre mató a miles de escritores, pero no fue el caso de Hamsun. Él venció el hambre con este libro y pasó a ser un coloso de la literatura.

El Alto, invierno de 2019

OSCAR MARTÍNEZ Y LAS CRÓNICAS DE UNA VIDA





Iván Apaza-Calle

“Todo libro es un conjunto de retazos…, todo hombre es una serie de retazos de sus antepasados”

R. W. Emerson, “Hombres simbólicos” 

Decía el pensador y poeta Henry D. Thoreau, que “si un hombre no va al mismo paso que sus compañeros, tal vez sea porque oye el redoble de un tambor diferente. Dejadle al son de su música que oye, sea ella rítmica o lejana”, quizá este pensamiento retrate la diversidad de caracteres de las personas y que cada quien va a su paso, a su ritmo, por lo que, no hay motivos para unificar la marcha de las personas. 

Pero así como la diversidad de caracteres, de pasos, de ritmos de cada persona en el mundo, en cada una de ellas existe también una diversidad, que constituye una unidad. Así es cada cosa. La música de fondo con que escribo, también está compuesta de tonos, de ritmos…, que vienen a mi oído de manera secuencial y que conforman una totalidad. 

Las personas, sí, las personas. Cada quien con su vivencia, con su experiencia, retazo tras retazo, van conformándose a diario. Algunas que perduran en el tiempo y otras tratando de sobrevivir a través de la oralidad, digo esto, porque asumo que cada vida es un libro, un libro diverso, con contradicciones, pero un libro vivo. 

Sería interesante que cada historia de vida se vuelva en un libro escrito, así permanecería en el tiempo para otras generaciones, o quizá para el olvido. En la novela Fahrenheit 451 de Ray Bradbury, sucede lo contrario, una persona no se torna en libro sino el libro se torna en persona, porque en la sociedad descrita por Bradbury, el libro está prohibido, así un libro regresa a su punto inicial; en una persona.

Si todas las personas se dedicaran a escribir, contarían su vida; sin embargo, no todos asumen el oficio de escribir, de tal modo, no sabemos cuántas historias interesantes se quedan en la nada. Los pocos que conocemos, los llevamos en mente, unas porque nos contaron y otras porque los leímos. Así cada historia personal, solamente cobra vida en cuanto es narrado a otra persona, al papel…, o en otro caso, cuando el lector revive una vida cuando abre un libro, hojea sus páginas y lee.

Oscar Martínez, el lluqalla jailón, hizo posible que su vivencia sea leída por el lector; una vez sumergida en sus páginas uno revive la vida azarosa del autor, por suerte no hay prohibiciones de lectura de un libro como este como en el Fahrenheit 451. 

Los escritos son crónicas que describen la existencia de Martínez, cuya colección está bajo el título: “Crónicas del llokalla jailón” (2019). Como no es normal en estas tierras, el título del libro es llamativo, transgresor y llama la curiosidad de quien está al lado. ¿Llokalla jailon?, la pregunta ronda por la mente del pasajero. Uno piensa que es inaudito, sin embargo, representa la multiplicidad de vivencias descritas y narradas en cada página.

Así como la existencia de una persona es diversa y a la vez contradictoria, hay unidad en ella, y eso es precisamente lo que es uno y cómo va haciéndose a cada segundo, y cómo a cada tic tac del reloj, se torna en otro. En cada crónica Oscar Martínez, paraliza un determinado tiempo; en esas hojas ahuesadas, uno puede leer un extracto perenne de su existencia particular. Los que por cierto, pueden llevarnos, según el interés o necesidad de cada lector, a diversas descripciones, como: la existencia del migrante, del muchachito que es obligado a leer y resolver ejercicios matemáticos, del niño que pierde su idioma por las prohibiciones de la directora y que llora porque no puede nombrar las cosas con otro idioma, del hombre perseguido por sus actos inconscientes y que trata de desfogarse de ellas narrando como si el papel fuera el doctor Sigmund Freud, del vagabundo, del maleante, del enamorado, del bachiller que busca estudiar Derecho, y que por el azar estudia Psicología, del profesional que se aloja en un lugar áspero de Tarija…, en fin la existencia del lluqalla jailón. 

UN GRANUJA 

El pequeño ser apenas tiene tres meses y ha empezado a viajar. Viaja en los brazos de su madre adolescente, cuyo destino está escrito en un retazo de papel. No son los únicos, ni del lugar ni en el tiempo, hay muchos quienes escapan de la vida rural en busca de mejores oportunidades y por varias razones. En el espacio urbano la situación es difícil, mucho más difícil para todos los que escaparon de la miseria, y por supuesto, contrario de lo que habían imaginado al partir. 

Pronto el muchachito se topa con las dificultades de la vida y descubre muchas cosas. El pequeño filósofo colgado en un árbol, observa el mundo de una manera diferente a sus mayores. No se libra de la tragedia de Sófocles, ni de las definiciones que ha dado Freud a ella. Como cualquier ser posee un Complejo de Edipo, el recuerdo de su padre le persigue, está en los sueños y en las crónicas que escribe.  

Teme, sí, teme, al padre, al padrastro, al coronel, a la directora…, no hay refugio alguno para el niño, quizá los únicos refugios los ha encontrado en su madre, en Maritza (aquella mujer que ha sido su verdadero padre) o en los libros y en la literatura. La sociedad está contra el niño, peor aún si el muchacho balbucea un idioma diferente y todos le miran sorprendidos, hasta negarle su manera de interpretar y entender el mundo. Así fue creciendo, y perdiendo su quechua como el miedo, hasta pensar como blanco y hablar en serio. La Directora de la escuela le ha negado su idioma, las risitas cojudas y las miradas de desprecio; también. Ha llegado a creer que el serrano es cara de borracho. La situación económica social de ese entonces ha influido en su constitución, no solamente de él sino de toda una generación de migrantes. Negación tras negación la felicidad consistía en parecerse y pensar como blanco. 

Adolescente y rebelde, el muchacho es acusado de todo y de nada, nadie cree en él, solo un tío y porque le tenía fe, lo aprecia demasiado y le hace caso; para los demás el lluqalla es un maleante, mañudo, asalta borrachos, delincuente de poca monta, una vergüenza familiar… Un granuja. Alguien que no encuentra un lugar sino en aquellos raleados y poco entendidos. Con ellos quiere cambiar el mundo, dar a la desposeída ayuda. Escapan de las aulas para toparse con la sociedad establecida y así las circunstancias van convirtiéndoles en “delincuentes”, sí, en aquello que no pensaban ni planearon ser. 

Alcohol, cigarros, bares de mala muerte y experiencias juveniles, he ahí el mundo de Oscar Martínez. Víctor Hugo Viscarra, está al otro lado, en el mundo del hampa. El lluqalla camina entre el límite del hampa y la familia, como si estuviera andando sobre una cuerda. Describe en las crónicas ese límite, no está sumido en el mundo de Viscarra, pero sí coincide en algo con él: escribe sobre su experiencia, no en relatos como lo hacía el autor de “Borracho estaba, pero me acuerdo” sino en crónicas. 

El mundo que vive Martínez es riesgoso, más riesgoso que el mundo de un jailón. Hay ocasiones que recibe pateaduras y cabezazos, experimenta riñas, peleas, pero sobre todo, observa la muerte en varias ocasiones, de sus familiares, de sus amigos, y eso es precisamente lo que le cambia y le invita a pensar en el sentido de su vida. No solamente la muerte, hay ratos que la soledad monacal de viajero, le invita a examinarse y a disecar sus dolores asumiéndolo como un pasado que no da temor. 

El estudio le ha costado un ojo de la cara. Educarse y tener una profesión, en vez de sacarle de la miseria le ha vuelto doblemente mísero; endeudado, todo un vago y sin empleo, su existencia se torna en un no-tener, “no tenía casa, tesis, plata, novia por quien sufrir, amigos dispuestos a beber un martes por la tarde”. No tiene nada. Si en un inicio de la vida universitaria le hace feliz pensar como blanco y hablar en serio, la idea le lleva al parecer dejando el ser. Se mimetiza. Pero ello no es absoluto, tarde o temprano la idea se derrumba, pronto el no-tener le afecta aún más. Sí. Está frente a la nada. Por poco el abismo de la nada le embota y se lo traga; pero no. Sale de la mierda y por fin logra su objetivo: Psicólogo Social.

LAS CRÓNICAS DE UNA VIDA

Hay una diversidad de experiencias en las crónicas de Martínez, diferentes entre sí. En todas ellas salta el tema de la dicotomía entre lo jailón y lo indio, a veces el autor está en un lado, en otras ocasiones en el otro lado, pero muchas veces vive en el límite fronterizo de esos “dos mundos” aparentes. Y al fin vive entre la interacción de ambos; el resultado: lluqalla jailón. Ni lo uno ni lo otro. Ambas cosas. Pero no hay que confundirlo como el ch’ixi de Ch’ixipampa, porque no tiene nada de eso. A través de sus crónicas, muestra la complexión de lo que es ahora, un Oscar Martínez que no acepta el pachamamismo, ni el discurso modernista de H.C. F. Mansilla contrarios a las tradiciones culturales de los andes. Él cree en la ch’alla y en los mitos profundos muy bien descritos por el filósofo Guillermo Francovich. 

Otro de los temas que aparece como una constante en la mayor parte de las crónicas de Oscar Martínez, es el kolla, el indio y el lluqalla. Observa y recuerda lo observado (como etnógrafo), los aspectos cruciales de la migración, la existencia de migrante frente a una ciudad que le observa con indiferencia manteniéndoles en la diferencia y el estigma. 

En Mi papá y mamá, Margarita (“la papá de verdad” de Martínez) le habla en quechua sobre su pueblo y muertos, e incluso le enseña a armar mesas del día de difuntos. En El por qué y el para qué, el lluqalla que aún no es jailón, describe las relaciones coloniales entre los sujetos sociales pertenecientes a diferentes estratos, el sujeto racializado se vislumbra ahí cuando está haciendo fila en medio de las muchachas rubias, el lluqalla que “piensa como blanco y habla en serio”, experimenta “la mirada de desprecio por un lado y por el otro la mirada más paternalista que pudo haber sido vista”, ¿acaso era el hazme reír del día? Probablemente.  En La Escuela de México, el autor resalta las representaciones que se les dan a los personajes históricos como Murillo y Katari en el aula y retrata a la profesora Chepa y las explicaciones que daba sin éxito sobre la historia no-oficial en ese entonces. En Fernando el inexistente, también salta a la vista, los procesos burocráticos de los trámites de nombres errados del tan odiado tinterillo a los que tiene que enfrentarse los denominados indios; viaja hasta el lugar de origen, y en el camino experimenta el conflicto de wiphalas y fusiles de los bloqueadores. En Amaneceres indios, vuelve el tema del estigma, esta vez, la directora acusa al niño de huraño, por no acusarle de indio, así Martínez entiende una parte de su vida. La Crónica de la ciudad de Tarija, es quizá una de las mejores escritas por Martínez, no solo porque tiene los recursos verbales en la forma sino porque también al leerlo el lector se percata del fondo; puede un escrito tener todos los recursos del idioma y los elementos del género literario, pero muchos de ellos carecen del espíritu del escritor, y no es el caso de esta crónica, porque posee los recursos literarios, la buena escritura y la descripción de la experiencia. Como en las anteriores crónicas también aparece ese “colla cochino” hecho el gringo, como siente y piensa Martínez a partir de la mirada de los otros. En Villas y muertes así como en Siete imágenes, aparece el tema religioso, el mundo del p’axpaku, del yatiri y las supersticiones de la sociedad andina, aspectos culturales que sobreviven y acompañan las dinámicas e interacciones sociales.         

Él y el mundo. He aquí el asunto central de las crónicas de Oscar Martínez. Es el cronista que describe su entorno, los lugares, las personas, los sueños, en una palabra, su existencia. Hay una relación estrecha entre el hombre y el mundo, de hecho el filósofo Max Scheler, en El saber y la cultura, definió esta relación aduciendo que “la totalidad del mundo está plenamente contenido en el hombre como una parte del mundo. Las esencias de todas las cosas se cruzan en el hombre y están todas solidariamente en él”. 

Si la totalidad del mundo está contenida en el hombre, ese contenido sustancial es reelaborado por las reflexiones y puestas en orden, lo que nuevamente sale al papel como un resumen, en este caso, como una crónica. Las descripciones que hace Martínez, en ese sentido, son reelaboraciones del mundo que él ha visto y vivido, y ello es precisamente lo que mantiene fresco a sus escritos. No es como leer un libro de historia, que relata y retrata un hecho histórico, donde la descripción gira sobre algo pasado, da cuenta de eso; en cambio, las crónicas del lluqalla jailón dan la sensación de frescor y que parecen ser tan actuales, tan presentes, que las experiencias contadas de varias 

Las Crónicas del llokalla jailón reflejan la diversidad de experiencias vividas por Oscar Martínez, la síntesis de lo diverso es él, así se ha ido formando, experiencia tras experiencia, retazo tras retazo, así se hizo lluqalla jailón y es a partir de ello que va a su paso, al son de su música interior. Y si queremos oír el son de su música, pongámonos cómodos, respiremos profundo y leamos la colección de crónicas que nos ha dado Martínez.    

El Alto, fin de agosto de 2019  

"YO, ROBOT”, ISAAC ASIMOV QILLQIRIN PANKAPATA





Iván Apaza-Calle 

Chiqpachansa, jiwas jakawisanxa, panka ullirinakaxa juk’anakakiwa; jupanakaxa, ñasa, kastill aruna ullaña ukhamaraki qillqaña yatipxaraki. Aymar aru tuqitsti juk’anakakiwa ullaña yatipxaraki. Jisa. Uka uñjasisa Jiskht’asiñaspawa ¿Kunatsa markasanxa ukhamapacha?

Maysatxa, kastillan arut pankanakaxa walt’atawa, waranqa waranqanakawa. Qillqirinakasti waranqa waranqanakarakiwa, taqi kasta markata, taqi kasta qillqt’atanaka.

¿Kunatsa kastillan aruna walja pankanaka utjpacha? Qillqirinakawa, ukhamarusa, laka arunak xaqukipiri yaqha aruta aruparu ukhamaruwa lurt’apxi, ukatawa, kastillan aruta walja pankanakaxa utjaraki, chiqpachansa aka tuqitxa walja lup’iwanakaxa utjaraki. Yaqha qillt’awïna ukatuqitxa qillt’asirakini.

Ukhamakipänsa, ukat aksaru uraqinxa, qillqirinakaxa walt’atapi utjixa. Qillqirinakasti kasta kastawa. Yaqhip qillqirinakasti mä pankakiwa qillt’awayapxi. Juan Rulfo qillqiristi mä pankakipï qillt’awayixa: “Pedro Páramo”, ukatsti, “El llano en llamas”. Uka pä qillqatanakakipi mä pankana uñstawayixa, ukatxa janikipi jupaxa juk’ampi qillqawayxitixa. Ukhamarusa Arthur Rimbaud yarawiku waynuchusti, pusi maranxa, jach’a chuyma arunaka qillqt’äna, ukatxa waynuchusti armt’asxarakinwa qillqaña.

Yakhip qillqirinakasti, waljt’at pankanakapï qillqawayapxixa, sutiyt’añaspawa jupanakaru: H. Balzac, Victor Hugo, L. Tolstoi, F. Dostoyepski, Lin Yutang…, waljampinaka. Chiqäsa aka kasta qillqirinakanxa taypinxa, Isaac Asimov, qillqiri xiqhatasiraki, jupasti pusi patak patunka llatunkani (429) pankanakawa nayrapachanxa qillqarakitayna.

Jiwas tuqinxa, Asimov qillqiristi, “Yo, robot” pilikula uñch’ukiña uksäta uñt’atarakiwa. Ukhampacha, pilikula uñch’ukiñanxa janikipi pankjama kipkakitixa, mayjakipi uñstarakixa. Ukaxa janipï suma lurata säña munkitixa, jan ukasti, pilikula uñch’ukiwixa robot yanapirinakäna sarnaqawinakapata qhipurpachana uksatuqitaraki uñch’ukiwinxa uñstaraki.
“Yo, Robot”, Isaac Asimov qillqirin pankapaxa qillt’asiwayiwa 1950 marana. Pankanxa Asimov qillqiristi, qhipur urunakata qillt’araki; kunjams uka qhipurpachanxa robot säta ukanakaxa jaqi taypin jakawinxa jakxapxi, jaqinakaru yanapt’asa kuna irnaqawinakapansa.
Chiqasa, jaqina kuna uñstawinakapaxa, sañäni, pankanaka, qharqhanchunaka, atamirinaka, robot ukanakasa…, suma jaqin jakañatakiwa uñstawayapxi. 

P’iqipatpi uka uñstawinakapaxa mistuwayixa. Robot uka uñstawinakxa, jaqir yanapañatakipï lurasixa. Asimov, qillqiristi, uksatuqitapi amuyt’ixa aka pankanxa, ukhamaraki, amuyt’arakiwa, kunjams aka robot sata yanapirinakaxa jaqinakaru qhipur urunakana apnaqhaspa.

“Yo, robot” pankanxa, llatunka jawarinakapi utxixa; Asimov qillqiristi, sapa mayana, robot yanapirinakana, jaqitaypi uksana sarnaqawipata qillqaraki, ukharusa, jupaxa amuyt’arakiwa, kuna k’ultha, ukhamaraki, ch’allqhuñanakasa qhipur pachanakanxa utjani.

Robot yanapirinakaxa, Asimov qillqiritakixa, janiwa pantañanakaxa utjkiti, jan ukasti, jaqinakawa pantasipxi, yanapirinakasti ukakipi, uka kipkakipi sarapxixa, ñäsa ukhaxa, pantañasa utjakipï.
Jaqinakasti Asimov jupatakixa, pantjanakapï utxixa, janipi chiqakitixa; jaqisti mä patjawa saraki, jan sum apnaqaskiti, ukhampachasa sums amuyt’kiti, ukatapi, jakawipanxa, t’aqhisiñanakaxa sapuru utji, sapuru. Robot yanapirinakapi jaqin jakawipa kunsa walt’ayaspa; jaqinakasti janikipi jallupacha, juyphipacha, lupi urunakäsa suma yatxatkiti, ukhamarusa, qulqi muytawisa sumsa yatkarakiti, jaqi tamanakasa sumsa apnaqaña yatkiti, pachamamana munañaparukiwa nayra pachatpacha jaqixa jaki. Asimov qillqiristi, sarakiwa, jaqi jakañasti robot yanapirinakaru churañaspa.

Susan Calvin robopsicologaxa, “Yo, robot” pankanxa mä jaqinkiriwa; jupasti, walipunipï (sapa jawarinakanxa) robot yanapirinakana irnaqawinakapatxa amuyt’ixa, taqi tuqitapi lup’ikipt’ixa, kunjamsa yanapirinakaxa sarantañäpa, khitis k’ari, kunjamsa lurawinakap apnaqaski…, kunjamsa chiqaru sarantayañäspa, uksa tuqitapi amuyt’ixa. Chiqasa robot yanapirinakaxa―Susan Calvin jupatakixa― jaqinakarupi suma qamt’ayañäpa, yanapt’asa, kuna irnaqawinsa.

Robbie jawarinxa, Asimov qillqirixa, amuyt’arakïwa, kunjamsa, robot yanapirinakaxa jaqinakataki uñisita tukxapxi. Jaqinakapi, ukhamaraki, jaqi tamäsa janikipï robot yanapirinakaruxa munapkitixa. Robbie yanapirixa, mä jatha utanapi jakixa, ukansti, mä jiska lalaru uñjaraki. Luluxa Gloria satawa; paninixa, walipuni anatasipxixa, jisk’a lalasti, jawarinakata uksata Robbiruxa palxayaraki; Gloriana taykapasti janikipï Robbieruxa munkitixa. Robot yanapiriruxa alisnukuña muni. Saparmapi chachaparu, palxayixa Robbie alisnukuñataki, chachapasti ukham ist’asasti janirakipi munkitixa. Jisk’a lalan uñjiripachixaya warmiparu, sarakiwa. Mä uruxa, Robbieruxa alisnukupxiwa. Jisk’a lalaxa uka urutxa, janikipi suma sarnaqxitixa, amukipi, llakitakipi uñjasxixa. Uka uñjasisaxa tatanakapaxa, Robbie thaqhiriwa sarawayapxi. Ukansti, ñäkipi jisk’a lalaxa jiwawayxixa. Robbie yanapirixa jisk’a lalaru yanapt’ixa jan jiwañataki.

Aka jawarinxa, uñjawaysnawa, kunjams robot yanapirinakaxa jaqin amuyunakaparu sarnaqapxi jaqikipkakiwa chuyms usuyasipxi. Ukharjamawa Asimov qillqiristi robot yanapirinakaru amuyt’araki. Mä aruna sañaspawa: Asimov qillqiristi, pankapanxa, robot yanapirinakaru jaqichaña munaraki.
Sapa jawarinakanxa, Asimov qillqirixa, kimsa kamachi tuqinkirita robot yanapirinakana amuyt’araki. 
Chiqpachänsa, jupanakaxa, janiwa jaqinakaru yanqhachaspati, ukharusa, ch’uxña lurapkarakispati. Suma säsina, jupanakaxa jaqinakaru yanapañapa. 

“Yo, robot” pankanxa, robot yanapirinakaxa, kast kastawa. 
Yaqhipanakaxa wali ch’ikhinakapxiwa, yaqhipasti, janiraki. Ch’ikhinakasti, yaqhip jawarinakansti, jaqinakarupi apnaqaña munxapxaraki. ¿kunatsa apnaqaña munxapxi? Jupanakaxa sapxarakiwa: jaqinakaxa janiwa suma amuyt’apkiti, jupanakaxa irnaqawinakanxa pantjasipxiwa; mä robot yanapiristi janiwa pantjaskaspati. Ukhama sasina sapxaraki.  
Isaac Asimov qillqiristi, aka pankampixa ullantirinakaruxa walipunïwa churawayi. Jupasti jichhurunxa mä jach’a qillqiriwa. Inäsa yaqhipanakaxa amuyapchi, ―jiwataxarakisa sasina. Chiqansa jupaxa, pankapana jakaskakiwa. Ullart’añanïya.