lunes, 22 de diciembre de 2025

LAS ILUMINACIONES DE “MAQUIAVELO FRENTE A LA GRAN PANTALLA”

Por: Iván Apaza-Calle


Para muchos es el mismo demonio, para otros es el artífice de la política moderna a quien hay que releerlo hasta que las hojas se desajusten. Demonio, porque ha sido el principal culpable de idear la frase popular “divide y reinarás” o “el fin justifica los medios”, lo que ha causado grandes fracasos en la lucha política. Y artífice porque ha descrito en su libro “El príncipe” la conducta humana frente al poder.

En “Maquiavelo frente a la gran pantalla”, Pablo Iglesias Turrión, explica la “naturaleza” del mundo político a través del cine. Iglesias toma como ejemplo una serie de películas desde los cuales describe, el papel de la lucha cultural como política. Entiende al cine como “productor de imaginarios y consensos hegemónicos, como revelador privilegiado de verdades políticas”.

Ignacio Ramonet en “Propagandas silenciosas” había anunciado este mismo papel del cine que justificaba las acciones del poder y que controlaba a la sociedad. Muchos fuimos víctimas cuando creímos que Rambo había ganado la guerra solo en Vietnam, que los malos eran esos “chinos” que atacaban al solitario héroe que liberaba prisioneros. Iglesias va un poco más allá de la comunicación de masas que Ramonet describió, porque “la política no solo se encuentra en el Estado y en sus instituciones” sino en otros espacios como en la cultura mediática. El poder en este caso, se construye por la hegemonía cultural y el cine es uno de los canales más efectivos y privilegiados.

Lo interesante aquí, no solo es el papel del cine para el poder, que puede legitimar una narrativa o puede en todo caso ser una contra narrativa política contra el mismo poder, sino también, en el mismo cine, en la misma película, se puede ver sujetos sociales mediando en luchas con oponentes para asumir el poder, lo que para Iglesias es digno de análisis porque de ella emerge la verdad política.

Para Iglesias esta idea desmitifica la razón del poder político, porque pone al descubierto cualquier forma de dominación. En la película “La batalla de Argel”, se puede ver una continuidad de la política, una situación colonial, el poder del colonialista que reside en la violencia, en el racismo, en la anulación del colonizado; de la crítica y la reflexión de lo observado sale a flote esa verdad.

“La nación clandestina” de Jorge Sanjinés, es un claro ejemplo del cine contra hegemónico para su época, porque a través de su personaje principal, uno se revela ante sí su maismanización.   

El cine como producto artístico es también el reflejo de la verdad histórica y estructural de una sociedad donde los personajes interactúan bajo sus reglas, esto es el destino. Iglesias en la película “Amores perros”, detalla este escenario donde los personajes interactúan bajo la lógica del capital y el fenómeno posmoderno, aquí se ve la gran derrota de la lucha popular por la emancipación en uno de sus personajes. “En la posmodernidad no hay sitio ni para santos, ni para héroes, ni para guerrilleros”, dice Iglesias.

Esta verdad histórico y estructural es la que no comprendieron los indianistas en Bolivia, vivían la época de Reinaga, por lo que el discurso no conectaba con la sociedad a quienes querían concientizar, porque en política el escenario presente determina el juego, esta es una de las razones de su parálisis.  

viernes, 23 de mayo de 2025

¿PARA QUÉ LEER Y ESCRIBIR?

  Por: Iván Apaza-Calle



Existe una ausencia de culto al libro en Bolivia, porque no se cultivó en siglos. A los indios se les prohibió. El español y el criollo en la colonia y la república no le dieron atención, éstos estaban más preocupados en enseñar la palabra de Dios y garantizar la fuerza de trabajo gratuito. 

La “rancia aristocracia” boliviana, durante 130 años, mantuvo a los indios lejos de la educación y de los libros; por si eso fuera poco, los letrados de finales del ochocientos, les escupían con los peores insultos: “indio sucio, ignorante, torpe de entendimiento…”, “degenerado nacido para servir”, “sombrío, asqueroso, huraño, prosternado, estúpido y sórdido”. 

Para el novecientos, la situación no había cambiado casi nada. Gamonales y hacendados hacían persecuciones a quienes llevaban la lectura y la escritura clandestinamente a las comunidades del altiplano. El arrojo de aquellos indios, que se habían atrevido a fundar escuelas, tuvo una razón fuerte: Saber leer y escribir eran victorias contra su opresión. 

Leer era una llave a otros conocimientos almacenados en esas hojas repletas de líneas negras, con los que podían plantearse soluciones. Escribir era ir más allá, como cambiar el orden de las cosas. Los raros indios que se dedicaron a la escritura, emitían su propio pensamiento y mensaje; se quitaban del hombro, la mano tutora de los escritores blanco-mestizos. 
La idea sobre los indios como “una gran fuerza y poca inteligencia”, acuñada por Franz Tamayo, era una falsedad. 

En 1934, la gran inteligencia escribía: “En la colonia no existe derecho a la cultura para las clases oprimidas, el indio y el mestizo. La cultura es un privilegio de los hijos de España o de los criollos que respiran a español… La literatura de la colonia es una literatura escrita, pensada y sentida en español”. Tiempo después, el indio mozo arrojó al fuego a todos los escritores bolivianos y del continente colonizado, porque la literatura producida por el gamonalismo literario, hasta 1960, era contra los indios. El lozano: Fausto Reinaga. 

Para la segunda mitad del siglo XX, el nacionalismo revolucionario estaba en su auge, se hablaba de los bribones que quemaron las haciendas del servilismo: Los campesinos tienen derecho a leer y escribir, democratizamos la educación. Aprender a leer y escribir, ya no era delito, sino un derecho. Pese a ello, a muchos no les gustaba que los indios accedan a las escuelas paupérrimas, pero nada se podía hacer, ya las manos callosas erigían aulas. 

Si en la colonia la letra entraba con sangre a los blancos, después del código de educación de 1955 que daba acceso a las escuelas, los indios, sangraban; sin embargo, la lectura no era cultura, ni se tenía culto a los libros; por lo que, en el mundo de la literatura, el indio no narraba sus desventuras ni su dolor, solo era el personaje de las novelas escritas por aquellas manos que en el pasado sujetaban el chicote. La escuela era el terreno fértil para producir a las nuevas manos que escribirían su propio destino. Y en el tiempo de los gobiernos de bota militar, estos futuros portavoces de los colonizados crecían poco a poco. Ya cuando estaban listos y prestos para escribir, se escuchaba su voz contra los siglos de opresión colonial. 

No pintaba nada bien para los aristócratas los indios letrados, todo porque a través del papel podían articular un movimiento y levantar a los oprimidos. Fausto Reinaga, Felipe Quispe, Rufino Paxsi y tantos otros, no solo “revelaron la realidad de los indios, sino que los rebelaron”, tal como escribió el amawta. Maximo Huañuyco (antes incluso de la revolución nacional) y Rufino Paxsi, poetas desconocidos para los círculos literarios blancos, reflejaban en sus inspiraciones todo un mundo desconocido, que anunciaban a sus pares la autodeterminación, a transitar por su propia vivencia y a la vivisección personal, pero los indios a pesar de los derechos a la educación no sabían leer ni escribir en su propio idioma nativo. Así pasaron al olvido bellos poemas como “Illampu pampana jakiri”, “P’itikir imilla”, “Qullana”… Esos p’asp’as que antes aparecían en un poema de Oscar Alfaro como los ponguitos, ahora eran los sujetos que escribían su historia. 

Poco después, otros ex colonizados escribían para protestar; sus denuncias, sus llamados a la conciencia y sus poemas, eran voces que tenían sed de justicia. No pedían socorros ni se escuchaba de ellos quejidos, éstos estaban braveados, y cada palabra trazada, picaba como la paja brava altiplánica en la mente de sus lectores. En febrero de 1988, en la editorial del boletín Ofensiva Tupakatarista, dirigida por Felipe Quispe Huanca, se leía: “Hermanos aymaras, hemos soportado 500 años de esclavitud, opresión, explotación y discriminación racial, cultural, espiritual, social económico y político…” La escritura se había convertido para éstos ex colonizados en un campo de lucha para transformar su existencia. Estaba claro que, “la idea que no trata de convertirse en palabra es una mala idea, y la palabra que no trata de convertirse en acción es una mala palabra”, como sentenció el apologético inglés, G. K Chesterton. 

En fin, para las clases aristocráticas, leer y escribir puede ser pasa tiempo, porque, tienen horas de ocio, por lo que, la lectura y la escritura solo cumplen la función de la distracción y no necesitan transformar su condición, sin embargo, el derecho conquistado por los indios a estos saberes, no fueron para el descanso sino para cambiar su realidad, entonces, leer y escribir tienen importancia en la medida que es acción, ideas que serán movimiento ¿Acaso una acción no es producto de una idea? Si los dominados no escriben ni generan ideas sobre su existencia, entonces, ¿quién escribe y piensa por ellos para transformar su condición existencial? Esa es la razón y necesidad de leer y escribir: liberarnos.

domingo, 27 de abril de 2025

LA POLÍTICA PANFLETARIA EN BOLIVIA

 

Por: Iván Apaza-Calle

Imagen en base a la portada del libro "Panfletario" de Iban Zaldua

Un respetado historiador inglés, calificó a la historia política boliviana como la más conflictiva en la región sudamericana. En su estudio titulado “La rebelión en las venas: La lucha política en Bolivia 1952-1982”, James Dunkerley, concluyó que Bolivia tenía reputación por sus desordenes políticos, y que por su condición geográfica y su formación social particular era un país agitado por antonomasia.

La cultura política boliviana se constituyó bajo la estructura social republicana por los criollos y mestizos. Los legítimos o los que tenían derecho a ejercer el poder, eran estos herederos de la estirpe española, a lo sumo, los indios solo podían cumplir el oficio de fuerza bruta que definía las batallas y enfrentamientos políticos, ejemplos claros son: los 15 años de lucha de independencia, la alianza entre José Manuel Pando y Zarate Willka para vencer a los conservadores del sur a la cabeza de Fernando Alonso, la alianza obrero campesino dirigida por el MNR en la revolución nacional, el pacto militar campesino... En estos episodios históricos el indio solo aparece como masa votante y fuerza bruta, que no decide su destino político por sí mismo y para sí mismo.     

En gran parte de la época republicana, los indios, al no ser los sujetos de su propio destino, al estar mantenidos en la opresión y limitados en sus acciones, a pesar de que los mismos tuvieran la capacidad de elegir por su misma condición humana, por distintas circunstancias, no administraron el poder de decisión a nivel político.

Los indios vivían bajo ese esquema cultural político que no era nada positivo para su libertad, de hecho, tenía vicios sectarios, caudillistas que más beneficiaban a una minoría y perjudicaba a la mayoría de la población autóctona. No es casual que el filósofo Guillermo Francovich alejado de ese escenario, escribía sobre la visión pesimista de Alcides Arguedas sobre la política boliviana, que “…las actividades políticas están subordinadas en el país a las ambiciones y apetitos personales. Los principios y los programas políticos no son sino máscara con que se disfrazan los intereses subalternos de grupos o individuos. Las armas con que se emplean en la lucha no son los méritos o la capacidad de las personas sino la habilidad para el asalto del poder o para el engaño de las multitudes abúlicas y desatentas”. El carácter de la cultura política en la actualidad, no está lejos de esa tradición sino empapado, es decir, no hubo cambios ni superación de ese modo de hacer política.

El carácter de la política boliviana, no es una excepción, sino que también ocurre en otros escenarios nacionales e históricos, pero lo que sí falta, cuánta falta hace, es el debate de proyectos nacionales, de la lucha de ideas para indagar hacía dónde siempre vamos como sociedad plural. Las redes sociales a diferencia de otras épocas evidencian toda esta tramoya de insultos y calumnias, de sus actores y seguidores, que no tienen responsabilidad con el país, porque mascullan ideas entusiastas empecinados al gallo, que no conducen a nada sino al hundimiento de los pobres a la miseria ¿A caso no hay una conciencia con lo que se dice o se acabó en el fanatismo extremo que más parece ser las repeticiones de una alma encadenada?

¿Qué nos espera? ¿A caso es una época de melgarejos, de García-mesas, de Añez, de Alcibiades, de nerones que conducen a la sociedad al abismo? Sí. Con semejante escenario político, no se puede esperar nada positivo para las manos callosas y rostros pétreos. Toca a los sujetos racializados reflexionar sobre su condición y su destino político. No se trata simplemente de apoyar, a fulano y mengano, ni mucho menos repetir la manera de hacer política de los políticos tradicionales que dominaron el país desde su fundación, y que hoy siguen con la misma parafernalia discursiva, más al contrario, es necesario hacer las cosas de distinta manera, donde se debata proyectos de país, ideas, maneras de ver la sociedad pluralista, plantear soluciones a problemas concretos escuchando a los especialistas que contribuyan a salir al país del fango del subdesarrollo. Se necesita el debate de ideas políticas; en vez de decir “doble cara” y traidor, urge reflexionar propuestas de proyectos políticos de aquí a veinte años.

El predominio de la panfleteria, de las calumnias, de las acusaciones sin sentido, es efecto de la manera de pensar de la clase política frente a determinadas situaciones. La acción comunicativa, entonces está obstruida por las pasiones fanáticas que anulan la comunicación y la compresión. Muchas de las características tozudas de la clase política boliviana responde a sus orígenes, refleja, de hecho, el carácter emotivo con que interactúa la sociedad boliviana. Aún no se maneja el estoicismo de Marco Aurelio. No se aprendió de las derrotas del pasado, ni se reflexiona, el por qué el inka Atawallpa cae frente a Francisco Pizarro o las causas del fracaso de la revuelta de Tupak Katari y Bartolina Sisa frente a los chapetones españoles, ni mucho menos, la derrota del Temible Willka. Esta misma realidad en el presente produce la decadencia de la política, su desorden y por supuesto, ser considerados como un país agitado por antonomasia.