I
Hay muchas cosas que quisiera escribir, uno por puro placer y otras porque son necesarias, este último, para entender. Necesito escribir para entender. No basta el acto de pensar, uno camina o debate con una taza de café, o coca en mano, haciendo fluir ideas sobre algún problema, pero esperen, hay una dificultad: se nos va de la lengua los puntos marcados subjetivamente en el terreno del entendimiento; otra consecuencia de esto, es que solo escuchan los presentes en el debate y no tiene alcance ni repercusión en otros, pero lo más preocupante, no perdura en el tiempo como lo escrito; obviamente, si perdura en la mente de quienes lo entienden y están presentes en un debate, pero tiene límites y sufre transformaciones. Sucede todo lo contrario en el acto de escribir, porque perdura; uno escribe solo frente a la pantalla, pero en tanto ponemos puntos trazados del entendimiento en el papel, a partir de una necesidad, en este caso entender los hechos sociales de colectivos y movimientos en la sociedad aymara, cuya finalidad es compartir la reflexión a los interesados, el entendimiento trasciende y permanece, lo que puede ser refutado por los que leen el escrito, pero a la par, el lector leerá a partir de sus necesidades.
Al recorrer la historia del movimiento indio, el lector, salta de susto, cae sorprendido por los hechos ocurridos, traiciones, masacres, muertes y victorias, pero en la mayor parte, derrotas de generación en generación; lideres o caudillos que fueron asesinados, descuartizados, fusilados, torturados, en fin, toda una tragedia. Después de leer, uno queda afectado por los constantes fracasos.
Hubo un tiempo donde leía con tanto ahínco la historia, en la mayor parte de ella salía emocionado, incluso confieso que, mientras recorría el diario de Sebastián Segurola, sobre la guerra de indios y q’aras en 1781, quedé conmovido por la lucha de los indios rebeldes, por el trágico descuartizamiento de Tupak Katari y la muerte de Bartolina Sisa. Aquella lucha era reconocida hasta por el mismo enemigo, lo que para Borges sería “lo heroico”. Pero sean las revueltas de 1781, de 1899 con Zarate Willka, de 2000-2003 con Felipe Quispe, sean las que sean, todas ellas acabaron en derrota.
Hay hechos que no entendemos, por eso repetimos constantemente la historia. Mientras no comprendamos lo que ocurrió y lo que ocurre, me temo que, se eternizará la derrota de los aymaras. Para ese resultado existen varios factores y cada uno de ellos difiere en cada época.
Hay quienes buscan, explicaciones en el pasado para el acontecer actual, lo que sirve en cierto sentido, pero no en su totalidad, con lo que no niego la importancia del estudio de la historia, pero, en la medida que analizamos el pasado, salimos influidos, hasta que vemos la realidad social bajo esa perspectiva, y nos creamos mitos que justifican la condición social del presente. Nietzsche, ha dicho en una oportunidad que, “a fuerzas de indagar los orígenes uno se vuelve cangrejo. El historiador mira hacia atrás, y acaba por creer hacia atrás”¹ , y eso es básicamente lo que ocurrió con muchos pensadores indianistas, como Reinaga, Carnero Hoke y Roel Pineda, los buscaron fundamentos para su presente en el pasado y acabaron creyendo hacia atrás, trataron de volver y reconstruir el antiguo Tawantinsuyu, sí; esa fue la utopía que creímos muchos, pero andábamos equivocados, tratábamos de volver a eso que teníamos o quizá nunca tuvimos.
El hecho que los movimientos indianistas y kataristas, se hayan atomizado en varias corrientes, es hoy, uno de los factores más influyentes para la no articulación del movimiento indio en las nuevas generaciones. Y las causas también son diversas. Esta realidad no es reciente, si retrocedemos unas décadas atrás, nos encontramos con esta cualidad, estudiadas por supuesto, desde diversas perspectivas². Pero que se repiten hoy. ¿Acaso estamos condenados a la división perpetua? Consiguientemente ¿al fracaso del proyecto político que propugna el indianismo y el katarismo? Analizar el asunto no es nada fácil, pero, podemos bosquejar y reflexionar en términos generales, tomando en cuenta varias tesis para entender la situación actual de las generaciones post 2000-2003.
II
Octavio Paz, en el grandioso ensayo “El laberinto de la soledad”, describió la cualidad de la inseguridad, la simulación, la mentira, el temor, el recelo, la desconfianza, los ninguneos, el disimulo, el hermetismo, la vacilación entre el ser y el parecer del pachuco y la celebración a la muerte del mexicano. Todas las características mencionadas poseen los cobrizos. Después de sesenta y ocho años de su publicación, las reflexiones profundas del poeta aún siguen vigentes. Digo que todas las cualidades mencionadas las posee el aymara, lo que influye en sus prácticas cotidianas y por supuesto en su actividad política. Así por ejemplo, las tipologías de activistas y militantes de indianistas y kataristas, están manchadas de todas.
La búsqueda de legitimidad a través de las raíces frente a los otros, es un tema no solo de los indios sino también, de aquellos que buscan sus raíces, en este caso los “mestizos”, no es casual que Issac Tamayo, el padre de Franz Tamayo, se haya puesto el seudónimo de Tajmara, o Reinaga el nombre de Rupaj Katari, aduciendo ser descendiente directo de los hermanos Katari; la búsqueda de identidad en Reinaga pasa inicialmente en querer ser como el personaje de Goethe: Fausto, luego busca sus raíces en los hermanos Katari, anda titubeando entre el ser y el parecer como el pachuco.
El ser y el parecer es un tema clásico en el mundo colonial, específicamente, el colonizado cabalga entre esos dos mundos: del amo y él; la incertidumbre, la inseguridad, la anulación del colono están a la orden del día, tanto que, el indio acaba imitando al blanco, esforzándose en parecerse cada vez más. Un acercamiento al tipo ideal de persona construida en el país colonial, es una ganancia, es un escape a la discriminación, pero no. Estamos equivocados. En la medida que el indio se parece a su opresor, este va mostrándole que eso es imposible, necesita mantener las condiciones de indio y q’ara. La diferencia es necesaria.
Albert Memmi, ha bosquejado hace buen tiempo un retrato del colonizado, donde nos muestra las dos salidas que tiene el colonizado, el intento “ya sea convertirse en otro, ya reconquistar todas sus dimensiones que le fueron amputadas por la colonización… La ambición primera del colonizado será igualar a ese modelo prestigioso, parecérsele hasta desaparecer en él”³. Esa búsqueda de legitimidad, a existir, y ser validado en tanto se parezca al otro, se debe a la misma legitimidad que tienen los q’aras. Pero el asunto no queda ahí, en los mismos colonos existe también esa inseguridad fuera del país colonial donde es discriminado y es ahí donde se quiebra todo el imaginario y la aparente legitimidad sobre los indios, dándose cuenta sobre los elementos-culturales-en-potencia, consiguientemente, lo indio se folkloriza en tal medida que a través de ello se hace música, arte y literatura. Lo que no sucede con los indios, porque se mantienen en las mismas reglas de juego. Si los indios se mantienen en las mismas reglas de juego en el país colonial, continúan cabalgando entre el ser y el parecer, en esa inseguridad constante, buscando legitimidad para existir.
En el sujeto político, en el activista indianista y katarista, la relación es diferente. El indianista por sus lecturas ideológicas, por la conciencia histórica, por su cualidad politizada va por otro camino; anteriormente si cabalgaba entre el parecer y el ser, pero ha optado por el ser, por recuperar “sus dimensiones amputadas por la colonización”, tanto que, la búsqueda de un origen le condujo a leer toda la historia, a buscar las raíces genealógicas de sí. En el mismo proceso de indagación, su mirada se ha obstruido, ha adquirido resentimiento, un odio hacia sus opresores, a su situación miserable, su lectura sobre el presente es histórica, y quiere saciar su sed con la rebelión, incluso quiere repetir las mismas acciones de sus héroes.
Para iniciar su tarea, busca ser alguien. Sabe que es alguien, sí, pero frente a sus pares no todavía, no le interesa el reconocimiento del q’ara, como hemos dicho, optó por el ser, y quiere hacer política para liberar a su pueblo. La búsqueda le lleva a “ser alguien” pero sólo en la medida histórica; lo encuentra de hecho, ha encontrado su descendencia. Si antes fue Fausto, ese que fue tentado por Mefistófeles, ahora es descendiente de Katari, de los indios que marcharon kilómetros y kilómetros en busca de justicia, la justicia “divina” del español. Si sucede esta metamorfosis en el ideólogo principal del indianismo, también se repite en sus lectores, muchos de ellos buscarán sus raíces, su ser, y el resultado es: uno desciende del linaje inka, el otro de los valerosos Quispes de Azangaro, pero no simplemente en estos, hay quienes arrojaron sus oprobiosos nombres ajenos poniéndose otro, algunos se enorgullecen de sus apellidos: “procedo de los Cusicanqui”, “soy un Yampara”, así se alarga la lista, cada uno quiere legitimarse en sus orígenes, en sus apellidos, en quien es más indio, para ser escuchado y dirigir la rebelión india. Eso de quien es más, de no hacer valer al compinche, es un problema para que el mismo movimiento indio no sea un bloque sino varios “movimientos minúsculos”. Como cada quien tiene su propia legitimidad en sus raíces, cada quien quiere mandar, a esto viene agregado en quien es más indio, y solo él puede ser el caudillo.
Si nos ponemos a analizar, el resultado que describimos, es consecuencia de las dos salidas del colonizado, en este caso la elección del ser. Sea las que elija el colonizado, el ser o el parecer, actúa bajo el mismo juego del sistema colonial. He ahí las causas para que busque legitimidad en su pasado, porque le han considerado que no es, sino un indio, y eso, es lo peor, es el último reducto en la estructura colonial. Resultado de esto es el indianista, quien a partir de sus lecturas ha afirmado la negación, su objetivo es ser más indio y menos q’ara, en tanto más indio, más puro y digno de iniciar una revuelta india, pero además, ha construido un círculo impenetrable frente a lo externo: la indianitud, la indianidad, el pensamiento pacha y el pensamiento tawa. Los indios han acusado al indianista de resentido y loco, y las acusaciones eran de esperarse, porque el indio no quiere ser indio. El katarista, es todo lo contrario al indianista, ha optado la vía del parecer, de incrustarse en el juego de la mimetización, jugar bajo las reglas del colono, y los resultados también son catastróficos, los colonos han chupado su sangre, han ganado votos por su rostro indio, una vez culminada esa finalidad, han salido moribundos de ese juego, porque han sido instrumentalizados. El mal sabor en la boca de los indios e indias sobre la acción mimética, perdura en su memoria; en su mente existe la idea de los vendidos, los traidores y los llunk’us. En ambos casos, el indianista y el katarista, no son libres, porque actúan bajo una mixtificación. El “orgullo herido” aún permanece. Actúan con esa herida que le ha marcado la colonia, todas sus actividades, sus interacciones también están influidas y la situación ha llegado más allá.
La existencia en entre los dos mundos, entre el ser y el parecer es otra constante colonial en el campo político como en otras actividades de la vida humana. Los colectivos, movimientos, y agrupaciones políticas e intelectuales, no están fuera de las características de la sociedad sino son su reflejo. Partamos de una cualidad para observar el reflejo y la reproducción de cualidades en la política.
Octavio Paz, en el ensayo mencionado, describió en el mexicano, el “ninguneo”. Leamos: “Recuerdo que una tarde, como oyera un leve ruido en el cuarto vecino al mío, pregunté en voz alta: ‘¿Quién anda por ahí?’ Y la voz de una criada recién llegada de su pueblo contestó: ‘No es nadie, señor, soy yo’”⁴. Como no es nadie ni es ninguno, entonces quiere ser alguien. El querer ser alguien, lo escuché varias veces. En mi niñez era la voz y quejido de un indio que gritaba: “soy gente carajo, jaqitwa”, pero no me daba cuenta de su significado, hasta que una tarde, mientras daba clases a mis estudiantes, un padre golpeó la puerta, estaba con su hijo, ¿podemos hablar un momento profesor?—Dijo. Preguntó si su hijo estaba bien en la materia que impartía. Las últimas palabras de aquél padre fueron: “quiero que mi hijo sea alguien en la vida”. Estas frases tienen connotaciones muy profundas, tácitamente indican que no es nadie. En los tres ejemplos, “No es nadie señor, soy yo”, “soy gente carajo, jaqitwa” y “quiero que mi hijo sea alguien”, resalta un patrón común: no ser.
Si esa cualidad es una muestra clara de la herencia colonial, tiene consecuencias, como “no se es ninguno ni nadie”, los indios viven enclaustrados en su soledad. El autor de “La estación violeta”, explica además, que, “no solo nos disimulamos a nosotros mismos y nos hacemos transparentes y fantasmales; también disimulamos la existencia de nuestros semejantes. No quiero decir que los ignoremos o los hagamos menos, actos deliberados y soberbios. Los disimulamos de manera más definitiva y radical: los ninguneamos. El ninguneo es una operación que consiste en hacer de Alguien, Ninguno. La nada de pronto se individualiza, se hace cuerpo y ojos, se hace Ninguno”ⁿ. La no creencia en el Otro es consecuencia de no creer en sí mismo, por tanto es no creer en nadie.
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| Fotografía: Marco Bello/Reuters |
Como se observa en los ejemplos simples y cotidianos de la sociedad, estos se replican en las actividades políticas del indio. En los movimientos indianistas y kataristas, “nadie cree en nadie”, por eso cada quien funda su propio “partido”, aún cuando se reduzcan a 10, a 5 militantes. Indios contra indios. Cada bando pisándose el poncho y la pollera. Las calumnias, las deslegitimaciones, los odios acérrimos entre indios, han sido factores constantes en décadas anteriores. Cada quien busca legitimidad, el indianista y el katarista de la segunda mitad del siglo XX, tienen esas cualidades, pero esa búsqueda sea en quién es el más indio, o quién haya tenido sus raíces en héroes que lucharon contra la colonia, es la reproducción del no ser, consiguientemente, la anulación de toda forma de liberación. Pero hasta aquí solamente explicamos una cualidad de las causas del fracaso: las consecuencias del ser y el parecer en la política de los indianistas y kataristas.
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Notas:
(1)NIETZSCHE F., “Crepúsculo de los ídolos”, Bolivia: Latinas ed. 1999, p. 12
(2)Los estudios que más resaltan son: El indianismo y los indios contemporáneos de Diego Pacheco, El indianismo katarista. Una mirada crítica de Pedro Portugal y Carlos Macusaya, El katarismo de Javier Hurtado, “Desafíos de la solidaridad aymara” de X. Albó, Indios contra indios de Ayar Quispe, y por supuesto los testimonios de los actores.
(3)MEMMI Albert, “Retrato del colonizado precedido por el retrato del colonizador”. Argentina: Ediciones de la Flor. Novena ed. 2001, p. 126
(4)PAZ Octavio, “El laberinto de la soledad. Posdata. Vuelta al laberinto de la soledad”, México: Fondo de Cultura Económica, 1994, pp. 48, 49.
(5)bíd., p. 49.