Por: Daniel Averanga Montiel*
Para Ayda Ruth, por las promesas y los planes
El Chambi no es el hijo de puta que todos creen que es. Sólo se aburre. Ése
es su único problema. Y conste que lo conozco desde la Academia.
El Chambi es algo simpático, pero nadie soporta su humor cuando se aburre.
Sólo puedo comprenderlo yo.
Siempre fue violento. La primera vez que vi toda su bronca liberada fue
cuando un muchachito, de ésos que reciben a la semana el equivalente a todo mi
sueldo durante medio año, le escupió en la cara. El Chambi sacó su macana y
macaneó al pobre jailoncillo, hasta que éste escupió las muelas del
juicio. Me eché a reír, pero no tanto, porque el Chambi tiene el papel del malo
y hay que respetarlo. Mi deber es tratar de controlarle, y de parecer decente
en el intento.
Así fue como me convertí en el policía bueno, y no porque fuera bueno
precisamente; en realidad, yo sí soy un hijo de puta. El Chambi sabe
controlarse, al menos en la medida de lo prudente, cuando le hablo. Nunca se
altera cuando está fuera de servicio; pero es otro cuando viste su uniforme
ajustado y desteñido, aquél que le deforma todo, igual que un bikini hace con
el cuerpo de una gorda.
El Chambi es grandote y tiene una mirada extraña, como la del gigante de Paruro,
aunque con las cejas más pobladas, y una clase de carisma sombrío y sanguinario
en las pupilas. Si se peinara mejor parecería un tipo más. Pero no: el
sombrerito de policía le marca la cabeza de tal forma, que cuando se lo saca no
parece una cabeza, sino dos secciones de cráneo unidas a la fuerza: la primera,
la de encima, totalmente apelmazada de sudor, y la de abajo, que incluye el
rostro-ahuyenta-empleadas, totalmente intimidante.
En otras palabras: como que no es una cara que inspire suspiros o nostalgias.
El Chambi aprendió a controlarse, y a no ser tan abusivo, aquella vez que
descargó toda su justicia sobre un ministro, al que no pudo reconocer. El coche
donde encontramos al “damnificado” era una masa de gritos y la mujer que lo
acompañaba sacaba las tetas por encima de la ventanilla lateral a medio abrir,
como si se trataran de bolsas de aire que se activan después de una colisión.
Como el lugar no era el adecuado (¡a ver, un bosquecillo!), el Chambi, abriendo
la puerta del coche, sacó por el cuello al padre-de-la-patria y lo aporreó. La
mujer salió toda hecha una histérica y nos informó que el pobre ministro no la
estaba violando. Y el Chambi, que se quedó mirando lo que por decencia la mujer
no debía mostrar, se sonrojó. Después de cubrirse las tetas morenas y grandes
(pezones un poco granulosos, prueba de que alguna vez había parido), la mujer
trató de convertir aquella situación en una falta de respeto hacia su persona.
Y el ministro, que trató de hacer lo mismo después de recobrar la conciencia,
comenzó a rodearnos de aluviones de carajos y mierdas, sin sospechar que su
esposa lo escuchaba desde una distancia cómoda, auspiciada por un periodista al
que le gustaban los escándalos.
Pasó el tiempo y, como siempre, el ministro fue remplazado por otro más
decente (al menos, hasta que éste demostrara lo contrario). El Chambi,
remordido por la impresión, se prometió analizar toda situación y preguntar
siempre antes de ejecutar sus poderes sobre los ciudadanos.
Pero en sus ojos noté que las ganas persistían. Que utilizar la fuerza,
para él, era como beber, comer o tirar (si lo hacía, claro).
Yo lo respeto. Si los demás lo conocieran, no tendría que ser visto como La
mole. Así le apodan en el trabajo y lo conocen por las calles. Y no es para
poco. Mide dos metros y cinco centímetros. Algunas veces, entre los demás
policías, nos preguntamos cómo será verlo desnudo, cuán grueso cagará, cómo
será su muchacho... ¿se masturbará?, ¿tendrá la necesidad de ensartar a una que
otra mujer, como cada quien desea, de vez en cuando?, ¿cuáles serán sus máximos
placeres?, ¿será feliz?
¿Por qué nadie se atreve a decirle Diego, como realmente se llama?
¿Por qué nadie conoce dónde vive?
¿Por qué me exige siempre que pare cerca de los kioscos de jugos de La Ceja
para permanecer media hora viendo a las cholitas que los atienden?
Dudas. Lo mejor de estar como compañero del Chambi es eso: el no saber su
pasado. Pero también es lo peor, porque para ser policía, hay que conocer por
lo menos un poco al compañero con el que se trabaja.
Al menos yo sé que se llama Diego, y que le gusta ser bruto.
Una que otra vez, mientras patrullábamos con los coches de placa LAR de
fabricación alemana (modelo de los setentas, de los pocos que quedan), el
Chambi ocupaba su tiempo inspeccionando las calles, al menos las más oscuras,
tratando de encontrar algo, quizá un asalto, una violación o una pelea que
necesitara de su intervención (y de su macana). Se desesperaba cuando no había
nada y su humor se ennegrecía.
Comentaba que no había nacido en la época adecuada: que le hubiese gustado
participar en revoluciones, dictaduras o guerras; que la tranquilidad de los
demás lo agobiaba.
Yo le escuchaba con calma, y trataba de hacerle comprender que no todos los
días sucedían desgracias; pero en medio de mi discurso pacificador, no sé por
qué, siempre sucedía el “milagro” y atestiguaba la transformación de su
semblante: los párpados se le replegaban y los ojos, grandes, amarillos,
enormes, enfocaban el génesis de una pelea o un asalto. Y para darle más dramatismo
a la situación, el dedo índice de su mano derecha, grueso y moreno, señalaba
hacia las siluetas alborotadas, ocultas, unas veces entre kioscos de mercados,
y otras entre fachadas de puertas antiguas, como las de la Catacora. Y el
Chambi sonreía, satisfecho.
Salía de la patrulla y después de unos segundos, puntual como una alarma,
se escuchaban los gritos de los litigantes, el golpe de los macanazos, el
murmullo de la ropa siendo arrastrada por el suelo y el ruido mecánico de la
portezuela trasera de la patrulla, la rejilla, la puerta lateral, y un suspiro
de placer cuando se sentaba para decirme que ya teníamos material para llevar
al retén. Su récord fueron quince segundos completitos. Su tiempo más
prolongado, tres minutos.
(Analizando mejor la situación, creo que él hace todo el trabajo. Ahora
siento que más que ser su compañero, soy su chofer.)
Pero noté que algo había cambiado. No estoy seguro. Creo que se puso así
aquel viernes, hace un mes, cuando hicimos nuestro paseo por los puestos de las
cholitas que venden jugos, en La Ceja. Nos estacionamos a la altura del Reloj.
Al frente, entre k´olos y transeúntes, encontramos todos los
puestos cerrados. Era extraño porque eran las seis y media de la tarde, y a esa
hora los puestos deberían estar abiertos, llenos de clientes y de música.
El Chambi vio algo; no supe qué era, pero me ordenó, casi arrastrando las
palabras, que encendiera el coche. Por ese tono áspero y casi asesino, preferí
no preguntar, encendí el motor y aceleré. Nos mantuvimos en silencio, rondando
por las demás zonas durante dos horas, hasta que anocheció. El Chambi suspiraba
cada tres minutos, simulando toser. Intentaba encontrar un incidente en las
calles que valiera la pena interrumpir.
Por más asombroso que parezca, fue el viernes más tranquilo de la historia,
al menos para mí.
Cuando llegó la hora de despedirnos, el Chambi, que se había mantenido
callado, sólo dijo que estaba aburrido y que pensaba hacer algo para dejar de
estarlo... ¡Bueno, sería la primera vez que lo haría sin usar su uniforme!
No es malo el Chambi. Es buen tipo. Combate con ingenio todo lo que le
pueda amenazar. Se aburre fácilmente, ése es su único problema. No lo culpo.
Quizá tiene ese vacío que los jailones llaman existencial;
quizá tan sólo quiera escapar...
Por eso creo que lo que hizo, la noche siguiente a ese viernes, no fue tan
grave.
Esa tarde de sábado salimos con la patrulla a las seis. El Chambi traía un
maletín negro y su uniforme desteñido le quedaba bien, tal vez porque lo había
planchado. Las botas brillaban de lo pulidas y su peinado tenía una línea más
fina y recta que el corte de un experto con el escalpelo. Sonreía. Se veía
tranquilo y su mirada no estaba vacía, como le había notado el viernes.
Debo confesar que empalidecí cuando me explicó su plan. Me dijo que era
algo que se le había ocurrido desde hace mucho tiempo, y que, como estaba
aburrido, quería llevar a cabo. En vez de decir que estaba loco, le sonreí.
Moví la cabeza, queriendo darle razón.
No me gustaba su idea. Pero hay que entenderlo. Es buena gente el Chambi:
nunca haría daño a inocentes.
Me mostró un revólver, unas esposas, tijeras, hilo plástico, pañuelos
blancos... y también una cámara digital que parecía sacar fotos de buena
resolución.
Salimos de la patrulla y nos acercamos al Multifuncional.
Nuestro primer objetivo era un par de maleantes (yo prefiero llamarles
malvividos). A uno lo apodaban el Músculos y al otro el Ratón. El Músculos
medía un metro noventa, era experto violador y su rostro estaba surcado de
cicatrices profundas, resultado de batallas por adquirir respeto y liderazgo.
Odiaba a los policías porque su mujer murió atropellada por el coche de uno; al
culpable lo golpeó hasta reventarle los riñones y los globos oculares. Estuvo
cinco años en la cárcel y salió después de hacer algunos trabajos para el
alcalde. El Músculos era uno de los tipos más peligrosos y ricos de la ciudad
de El Alto: tenía un negocio de tráfico de drogas, era dueño de quince salas de
api-vídeo ilícito y líder de tres pandillas de niños bonitos en Ciudad
Satélite, Villa Adela y Nuevos Horizontes. El Ratón, por otra parte, era un
tipo de metro y medio, famélico, en apariencia inofensivo; pero ágil al momento
de pelear. Era el líder de una pandilla llamada La Maldad, agrupación de
muchachos y niños, que tenían toda La Ceja a su merced. El Ratón había
sido k´olo desde los ocho años, traficante de niñas desde los
quince, raptor de hijas de padres-de-la-patria desde los dieciocho, personaje
público desde los veinte (es buscado en el Perú por haber asesinado a ocho
policías), y amo y señor de treinta prostitutas en la zona 12 de Octubre.
En síntesis, estábamos cerca de gente no tan buena que digamos.
Cuando los distinguimos, apoyando sus espaldas contra las paredes traseras
del Multifuncional, vimos que bebían alcohol en pequeños sorbos. Les sonreí.
Le dije al Chambi que lo esperaría en la patrulla.
El Chambi se acercó al peculiar dúo. No vi nada, porque no soy de los que
le gustan las peleas, y me puse a pensar que ellos estarían tranquilos, porque
nadie se atrevería a hacerles daño.
Pero estaban equivocados.
El Chambi, luego de tres minutos, me trajo dos cuerpos inconscientes que
metimos y aseguramos en la patrulla.
Partimos a las siete y cuarto hacia nuestro segundo objetivo: La zona Sur.
En todo el camino, el Chambi tarareó morenadas, diabladas y malambos.
Tamborileaba con agilidad la ventanilla lateral, tratando de controlarse. Cada
que dejaba de tararear, abría el maletín, sacaba la cámara y la encendía.
Revisaba la carga. Sonreía. La guardaba.
Y yo, que pensaba que estábamos por realizar un crimen, trataba de
concentrar mi atención en las calles que recorríamos.
Paramos a casi diez metros de un graffiti que decía:
Una vida mejor es posible
pero es carísima...
---------------->
La flecha señalaba hacia el Sur. Hacia las casas de ensueño que nunca voy a
tener y a las plazas donde nunca llevaré a mis hijos.
Y allí estaban, esperándonos, lo que el Chambi consideraba nuestro segundo
objetivo. El Choco y el Mcgiver. El Choco era más pelirrojo que choco y
entrenaba en tres gimnasios distintos a la semana. Le decían Choco más por su
afición al chocolate que por su pinta. Su espalda ancha intimidaba a
cualquiera, y más si se trataba de un policía como yo. Era dueño de tres
restaurantes en San Miguel, un antro de bohemios por la avenida Ecuador, una
red de prostitución en pleno Prado, que a su vez se disfrazaba como agencia de
modelos, y enamoraba con la presentadora de un programa de televisión mañanero,
de pródigo culo y mirada gélida, que pensaba que Venecia era un país. El
Mcgiver, por su parte, parecía un tipo normal; sus cabellos castaños y su
mirada pasiva, casi alucinada por su consumo ilimitado de marihuana y LSD, no
reflejaban la realidad: era líder de dos pandillas y del círculo de lectura de
libros de Harry Potter en Obrajes. Tenía veinte abogados a su merced; ellos
cubrían sus travesuras de fin de semana pagando montos indignantes a las madres
de las niñas que él violaba. Decía que no tenía familia, pero su padre, que en
octubre de 2003 había viajado a los Estados Unidos por razones diplomáticas y
políticamente correctas, le enviaba, en maletines rosados, dinero a raudales
que él gastaba en putas de corta edad. A veces viajaba a sus haciendas de
nombres satánicos y organizaba allí fiestas con benianas de tetas exuberantes
pero no granulosas: puras vírgenes. Le decían Mcgiver, porque solía
“arreglarse” con cualquier cosa: sus enamoradas eran ex drogadictas anoréxicas
convertidas en mormonas. No tenían nombres.
El Chambi dejó su macana en la patrulla y me dijo que lo esperara, que no
me preocupara. Esta vez usaría sus puños con ellos. Tardó un minuto.
Ya con las dos parejas amordazadas con el hilo y los pañuelos, y prensadas
a la estructura de la patrulla con las esposas, iniciamos el trayecto. Subimos
por la Avenida Marcelo Quiroga Santa Cruz, pasamos por Ciudad Satélite y Villa
Dolores, llegamos a La Ceja y nos estacionamos cerca del Reloj. Debían de ser
las ocho cuando cargamos el resto de combustible. Miré los puestos de jugos,
que estaban cerrados como el día anterior y noté una corbata negra, hecha de
nylon, en la parte superior del primer puesto.
Me callé el descubrimiento y me limité a ver cómo el Chambi trataba de
ignorar la presencia de los puestos cerrados.
Partimos hacia Tiquina a las nueve.
En el camino, el Chambi acariciaba el revólver. Sonreía.
Pasamos las trancas. Llegamos a medianoche. Buscamos un lugar abandonado.
Como hace un mes no había fiestas, por eso del conflicto con el actual ex
presidente, ese sábado parecía lunes.
Esperamos unos minutos, apreciando la noche y su reflejo en el lago.
El Chambi salió de la patrulla. Empuñaba en una mano el revólver y en la
otra, las tijeras. Parecía que iba a hacer algo malo. Pensé que no había
entendido su idea por completo; que todo lo que me había dicho había sido una
mentira. Que en realidad los apuñalaría...
Los sacó, sujetándolos de los cuellos. Les cortó las agujetas de los
zapatos deportivos a los jailones, y las de los kichutes a
los alteños. Luego cortó los hilos y ordenó, con el revólver amartillado, que
los cuatro se desnudaran... por completo.
Me dijo que encendiera la cámara y que comenzara a grabar.
Lo hice.
Enfoqué las caras temerosas de los tipos más peligrosos de la ciudad. Caras
morenas por un lado, quemadas de frío, con cuerpos tatuados de cicatrices y
tajos, y caras sonrosadas por el otro, con cuerpos bien cuidados y tatuajes a
colores, hechos por tipos con piercings hasta en el culo. Ocho
piernas igualmente temblorosas (y no sólo por el frío), brazos arriba, ojos muy
abiertos, mandíbulas tiritando.
El Chambi no es malo. Sólo quiere llenar sus vacíos, como cualquiera. Será
policía, pero primero es persona. Le dicen La mole, no por malo, sino por moler
a los injustos, a los culpables, a las frutas podridas de la canasta...
Me dijo que no dejara de filmar, a pesar de lo que vería.
Primero apuntó a la pierna del Mcgiver; luego al pene del Ratón; después al
ombligo del Músculos y por último a la cara del Choco.
Pero no disparó.
Sólo dijo, indicando al Músculos y al Mcgiver por un lado, y al Choco y al
Ratón por el otro:
—Comiencen a besarse.
Todos piensan que el Chambi es un hijo de puta, pero no. Su único problema,
es que se aburre con facilidad.
Aquí, el único hijo de puta, soy yo.
Sacaré el vídeo a la venta.
---------------------------------
*Nació en el departamento de Oruro, un 10 de abril de 1982; apasionado lector y amigo de quienes quieran escucharlo. Ganador de la novena versión del Premio Plurinacional de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz con la novela "La puerta".
Su cuento "El aburrimiento del Chambi" ha sido finalista del XXXVII Concurso de Literatura Franz Tamayo.
