domingo, 23 de septiembre de 2018

EL ABURRIMIENTO DEL CHAMBI


Por: Daniel Averanga Montiel*

Para Ayda Ruth, por las promesas y los planes




El Chambi no es el hijo de puta que todos creen que es. Sólo se aburre. Ése es su único problema. Y conste que lo conozco desde la Academia.
El Chambi es algo simpático, pero nadie soporta su humor cuando se aburre.
Sólo puedo comprenderlo yo.
Siempre fue violento. La primera vez que vi toda su bronca liberada fue cuando un muchachito, de ésos que reciben a la semana el equivalente a todo mi sueldo durante medio año, le escupió en la cara. El Chambi sacó su macana y macaneó al pobre jailoncillo, hasta que éste escupió las muelas del juicio. Me eché a reír, pero no tanto, porque el Chambi tiene el papel del malo y hay que respetarlo. Mi deber es tratar de controlarle, y de parecer decente en el intento.
Así fue como me convertí en el policía bueno, y no porque fuera bueno precisamente; en realidad, yo sí soy un hijo de puta. El Chambi sabe controlarse, al menos en la medida de lo prudente, cuando le hablo. Nunca se altera cuando está fuera de servicio; pero es otro cuando viste su uniforme ajustado y desteñido, aquél que le deforma todo, igual que un bikini hace con el cuerpo de una gorda.
El Chambi es grandote y tiene una mirada extraña, como la del gigante de Paruro, aunque con las cejas más pobladas, y una clase de carisma sombrío y sanguinario en las pupilas. Si se peinara mejor parecería un tipo más. Pero no: el sombrerito de policía le marca la cabeza de tal forma, que cuando se lo saca no parece una cabeza, sino dos secciones de cráneo unidas a la fuerza: la primera, la de encima, totalmente apelmazada de sudor, y la de abajo, que incluye el rostro-ahuyenta-empleadas, totalmente intimidante.
En otras palabras: como que no es una cara que inspire suspiros o nostalgias.
El Chambi aprendió a controlarse, y a no ser tan abusivo, aquella vez que descargó toda su justicia sobre un ministro, al que no pudo reconocer. El coche donde encontramos al “damnificado” era una masa de gritos y la mujer que lo acompañaba sacaba las tetas por encima de la ventanilla lateral a medio abrir, como si se trataran de bolsas de aire que se activan después de una colisión. Como el lugar no era el adecuado (¡a ver, un bosquecillo!), el Chambi, abriendo la puerta del coche, sacó por el cuello al padre-de-la-patria y lo aporreó. La mujer salió toda hecha una histérica y nos informó que el pobre ministro no la estaba violando. Y el Chambi, que se quedó mirando lo que por decencia la mujer no debía mostrar, se sonrojó. Después de cubrirse las tetas morenas y grandes (pezones un poco granulosos, prueba de que alguna vez había parido), la mujer trató de convertir aquella situación en una falta de respeto hacia su persona. Y el ministro, que trató de hacer lo mismo después de recobrar la conciencia, comenzó a rodearnos de aluviones de carajos y mierdas, sin sospechar que su esposa lo escuchaba desde una distancia cómoda, auspiciada por un periodista al que le gustaban los escándalos.
Pasó el tiempo y, como siempre, el ministro fue remplazado por otro más decente (al menos, hasta que éste demostrara lo contrario). El Chambi, remordido por la impresión, se prometió analizar toda situación y preguntar siempre antes de ejecutar sus poderes sobre los ciudadanos.
Pero en sus ojos noté que las ganas persistían. Que utilizar la fuerza, para él, era como beber, comer o tirar (si lo hacía, claro).
Yo lo respeto. Si los demás lo conocieran, no tendría que ser visto como La mole. Así le apodan en el trabajo y lo conocen por las calles. Y no es para poco. Mide dos metros y cinco centímetros. Algunas veces, entre los demás policías, nos preguntamos cómo será verlo desnudo, cuán grueso cagará, cómo será su muchacho... ¿se masturbará?, ¿tendrá la necesidad de ensartar a una que otra mujer, como cada quien desea, de vez en cuando?, ¿cuáles serán sus máximos placeres?, ¿será feliz?
¿Por qué nadie se atreve a decirle Diego, como realmente se llama?
¿Por qué nadie conoce dónde vive?
¿Por qué me exige siempre que pare cerca de los kioscos de jugos de La Ceja para permanecer media hora viendo a las cholitas que los atienden?
Dudas. Lo mejor de estar como compañero del Chambi es eso: el no saber su pasado. Pero también es lo peor, porque para ser policía, hay que conocer por lo menos un poco al compañero con el que se trabaja.
Al menos yo sé que se llama Diego, y que le gusta ser bruto.
Una que otra vez, mientras patrullábamos con los coches de placa LAR de fabricación alemana (modelo de los setentas, de los pocos que quedan), el Chambi ocupaba su tiempo inspeccionando las calles, al menos las más oscuras, tratando de encontrar algo, quizá un asalto, una violación o una pelea que necesitara de su intervención (y de su macana). Se desesperaba cuando no había nada y su humor se ennegrecía.
Comentaba que no había nacido en la época adecuada: que le hubiese gustado participar en revoluciones, dictaduras o guerras; que la tranquilidad de los demás lo agobiaba.
Yo le escuchaba con calma, y trataba de hacerle comprender que no todos los días sucedían desgracias; pero en medio de mi discurso pacificador, no sé por qué, siempre sucedía el “milagro” y atestiguaba la transformación de su semblante: los párpados se le replegaban y los ojos, grandes, amarillos, enormes, enfocaban el génesis de una pelea o un asalto. Y para darle más dramatismo a la situación, el dedo índice de su mano derecha, grueso y moreno, señalaba hacia las siluetas alborotadas, ocultas, unas veces entre kioscos de mercados, y otras entre fachadas de puertas antiguas, como las de la Catacora. Y el Chambi sonreía, satisfecho.
Salía de la patrulla y después de unos segundos, puntual como una alarma, se escuchaban los gritos de los litigantes, el golpe de los macanazos, el murmullo de la ropa siendo arrastrada por el suelo y el ruido mecánico de la portezuela trasera de la patrulla, la rejilla, la puerta lateral, y un suspiro de placer cuando se sentaba para decirme que ya teníamos material para llevar al retén. Su récord fueron quince segundos completitos. Su tiempo más prolongado, tres minutos.
(Analizando mejor la situación, creo que él hace todo el trabajo. Ahora siento que más que ser su compañero, soy su chofer.)
Pero noté que algo había cambiado. No estoy seguro. Creo que se puso así aquel viernes, hace un mes, cuando hicimos nuestro paseo por los puestos de las cholitas que venden jugos, en La Ceja. Nos estacionamos a la altura del Reloj. Al frente, entre k´olos y transeúntes, encontramos todos los puestos cerrados. Era extraño porque eran las seis y media de la tarde, y a esa hora los puestos deberían estar abiertos, llenos de clientes y de música.
El Chambi vio algo; no supe qué era, pero me ordenó, casi arrastrando las palabras, que encendiera el coche. Por ese tono áspero y casi asesino, preferí no preguntar, encendí el motor y aceleré. Nos mantuvimos en silencio, rondando por las demás zonas durante dos horas, hasta que anocheció. El Chambi suspiraba cada tres minutos, simulando toser. Intentaba encontrar un incidente en las calles que valiera la pena interrumpir.
Por más asombroso que parezca, fue el viernes más tranquilo de la historia, al menos para mí.
Cuando llegó la hora de despedirnos, el Chambi, que se había mantenido callado, sólo dijo que estaba aburrido y que pensaba hacer algo para dejar de estarlo... ¡Bueno, sería la primera vez que lo haría sin usar su uniforme!
No es malo el Chambi. Es buen tipo. Combate con ingenio todo lo que le pueda amenazar. Se aburre fácilmente, ése es su único problema. No lo culpo. Quizá tiene ese vacío que los jailones llaman existencial; quizá tan sólo quiera escapar...
Por eso creo que lo que hizo, la noche siguiente a ese viernes, no fue tan grave.
Esa tarde de sábado salimos con la patrulla a las seis. El Chambi traía un maletín negro y su uniforme desteñido le quedaba bien, tal vez porque lo había planchado. Las botas brillaban de lo pulidas y su peinado tenía una línea más fina y recta que el corte de un experto con el escalpelo. Sonreía. Se veía tranquilo y su mirada no estaba vacía, como le había notado el viernes.
Debo confesar que empalidecí cuando me explicó su plan. Me dijo que era algo que se le había ocurrido desde hace mucho tiempo, y que, como estaba aburrido, quería llevar a cabo. En vez de decir que estaba loco, le sonreí. Moví la cabeza, queriendo darle razón.
No me gustaba su idea. Pero hay que entenderlo. Es buena gente el Chambi: nunca haría daño a inocentes.
Me mostró un revólver, unas esposas, tijeras, hilo plástico, pañuelos blancos... y también una cámara digital que parecía sacar fotos de buena resolución.
Salimos de la patrulla y nos acercamos al Multifuncional.
Nuestro primer objetivo era un par de maleantes (yo prefiero llamarles malvividos). A uno lo apodaban el Músculos y al otro el Ratón. El Músculos medía un metro noventa, era experto violador y su rostro estaba surcado de cicatrices profundas, resultado de batallas por adquirir respeto y liderazgo. Odiaba a los policías porque su mujer murió atropellada por el coche de uno; al culpable lo golpeó hasta reventarle los riñones y los globos oculares. Estuvo cinco años en la cárcel y salió después de hacer algunos trabajos para el alcalde. El Músculos era uno de los tipos más peligrosos y ricos de la ciudad de El Alto: tenía un negocio de tráfico de drogas, era dueño de quince salas de api-vídeo ilícito y líder de tres pandillas de niños bonitos en Ciudad Satélite, Villa Adela y Nuevos Horizontes. El Ratón, por otra parte, era un tipo de metro y medio, famélico, en apariencia inofensivo; pero ágil al momento de pelear. Era el líder de una pandilla llamada La Maldad, agrupación de muchachos y niños, que tenían toda La Ceja a su merced. El Ratón había sido k´olo desde los ocho años, traficante de niñas desde los quince, raptor de hijas de padres-de-la-patria desde los dieciocho, personaje público desde los veinte (es buscado en el Perú por haber asesinado a ocho policías), y amo y señor de treinta prostitutas en la zona 12 de Octubre.
En síntesis, estábamos cerca de gente no tan buena que digamos.
Cuando los distinguimos, apoyando sus espaldas contra las paredes traseras del Multifuncional, vimos que bebían alcohol en pequeños sorbos. Les sonreí.
Le dije al Chambi que lo esperaría en la patrulla.
El Chambi se acercó al peculiar dúo. No vi nada, porque no soy de los que le gustan las peleas, y me puse a pensar que ellos estarían tranquilos, porque nadie se atrevería a hacerles daño.
Pero estaban equivocados.
El Chambi, luego de tres minutos, me trajo dos cuerpos inconscientes que metimos y aseguramos en la patrulla.
Partimos a las siete y cuarto hacia nuestro segundo objetivo: La zona Sur. En todo el camino, el Chambi tarareó morenadas, diabladas y malambos. Tamborileaba con agilidad la ventanilla lateral, tratando de controlarse. Cada que dejaba de tararear, abría el maletín, sacaba la cámara y la encendía. Revisaba la carga. Sonreía. La guardaba.
Y yo, que pensaba que estábamos por realizar un crimen, trataba de concentrar mi atención en las calles que recorríamos.
Paramos a casi diez metros de un graffiti que decía:

Una vida mejor es posible
pero es carísima...
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La flecha señalaba hacia el Sur. Hacia las casas de ensueño que nunca voy a tener y a las plazas donde nunca llevaré a mis hijos.
Y allí estaban, esperándonos, lo que el Chambi consideraba nuestro segundo objetivo. El Choco y el Mcgiver. El Choco era más pelirrojo que choco y entrenaba en tres gimnasios distintos a la semana. Le decían Choco más por su afición al chocolate que por su pinta. Su espalda ancha intimidaba a cualquiera, y más si se trataba de un policía como yo. Era dueño de tres restaurantes en San Miguel, un antro de bohemios por la avenida Ecuador, una red de prostitución en pleno Prado, que a su vez se disfrazaba como agencia de modelos, y enamoraba con la presentadora de un programa de televisión mañanero, de pródigo culo y mirada gélida, que pensaba que Venecia era un país. El Mcgiver, por su parte, parecía un tipo normal; sus cabellos castaños y su mirada pasiva, casi alucinada por su consumo ilimitado de marihuana y LSD, no reflejaban la realidad: era líder de dos pandillas y del círculo de lectura de libros de Harry Potter en Obrajes. Tenía veinte abogados a su merced; ellos cubrían sus travesuras de fin de semana pagando montos indignantes a las madres de las niñas que él violaba. Decía que no tenía familia, pero su padre, que en octubre de 2003 había viajado a los Estados Unidos por razones diplomáticas y políticamente correctas, le enviaba, en maletines rosados, dinero a raudales que él gastaba en putas de corta edad. A veces viajaba a sus haciendas de nombres satánicos y organizaba allí fiestas con benianas de tetas exuberantes pero no granulosas: puras vírgenes. Le decían Mcgiver, porque solía “arreglarse” con cualquier cosa: sus enamoradas eran ex drogadictas anoréxicas convertidas en mormonas. No tenían nombres.
El Chambi dejó su macana en la patrulla y me dijo que lo esperara, que no me preocupara. Esta vez usaría sus puños con ellos. Tardó un minuto.
Ya con las dos parejas amordazadas con el hilo y los pañuelos, y prensadas a la estructura de la patrulla con las esposas, iniciamos el trayecto. Subimos por la Avenida Marcelo Quiroga Santa Cruz, pasamos por Ciudad Satélite y Villa Dolores, llegamos a La Ceja y nos estacionamos cerca del Reloj. Debían de ser las ocho cuando cargamos el resto de combustible. Miré los puestos de jugos, que estaban cerrados como el día anterior y noté una corbata negra, hecha de nylon, en la parte superior del primer puesto.
Me callé el descubrimiento y me limité a ver cómo el Chambi trataba de ignorar la presencia de los puestos cerrados.
Partimos hacia Tiquina a las nueve.
En el camino, el Chambi acariciaba el revólver. Sonreía.
Pasamos las trancas. Llegamos a medianoche. Buscamos un lugar abandonado. Como hace un mes no había fiestas, por eso del conflicto con el actual ex presidente, ese sábado parecía lunes.
Esperamos unos minutos, apreciando la noche y su reflejo en el lago.
El Chambi salió de la patrulla. Empuñaba en una mano el revólver y en la otra, las tijeras. Parecía que iba a hacer algo malo. Pensé que no había entendido su idea por completo; que todo lo que me había dicho había sido una mentira. Que en realidad los apuñalaría...
Los sacó, sujetándolos de los cuellos. Les cortó las agujetas de los zapatos deportivos a los jailones, y las de los kichutes a los alteños. Luego cortó los hilos y ordenó, con el revólver amartillado, que los cuatro se desnudaran... por completo.
Me dijo que encendiera la cámara y que comenzara a grabar.
Lo hice.
Enfoqué las caras temerosas de los tipos más peligrosos de la ciudad. Caras morenas por un lado, quemadas de frío, con cuerpos tatuados de cicatrices y tajos, y caras sonrosadas por el otro, con cuerpos bien cuidados y tatuajes a colores, hechos por tipos con piercings hasta en el culo. Ocho piernas igualmente temblorosas (y no sólo por el frío), brazos arriba, ojos muy abiertos, mandíbulas tiritando.
El Chambi no es malo. Sólo quiere llenar sus vacíos, como cualquiera. Será policía, pero primero es persona. Le dicen La mole, no por malo, sino por moler a los injustos, a los culpables, a las frutas podridas de la canasta...
Me dijo que no dejara de filmar, a pesar de lo que vería.
Primero apuntó a la pierna del Mcgiver; luego al pene del Ratón; después al ombligo del Músculos y por último a la cara del Choco.
Pero no disparó.
Sólo dijo, indicando al Músculos y al Mcgiver por un lado, y al Choco y al Ratón por el otro:
—Comiencen a besarse.
Todos piensan que el Chambi es un hijo de puta, pero no. Su único problema, es que se aburre con facilidad.
Aquí, el único hijo de puta, soy yo.
Sacaré el vídeo a la venta.


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*Nació en el departamento de Oruro, un 10 de abril de 1982; apasionado lector y amigo de quienes quieran escucharlo. Ganador de la novena versión del Premio Plurinacional de Novela Marcelo Quiroga Santa Cruz con la novela "La puerta"
Su cuento "El aburrimiento del Chambi" ha sido finalista del XXXVII Concurso de Literatura Franz Tamayo.