viernes, 23 de mayo de 2025

¿PARA QUÉ LEER Y ESCRIBIR?

  Por: Iván Apaza-Calle



Existe una ausencia de culto al libro en Bolivia, porque no se cultivó en siglos. A los indios se les prohibió. El español y el criollo en la colonia y la república no le dieron atención, éstos estaban más preocupados en enseñar la palabra de Dios y garantizar la fuerza de trabajo gratuito. 

La “rancia aristocracia” boliviana, durante 130 años, mantuvo a los indios lejos de la educación y de los libros; por si eso fuera poco, los letrados de finales del ochocientos, les escupían con los peores insultos: “indio sucio, ignorante, torpe de entendimiento…”, “degenerado nacido para servir”, “sombrío, asqueroso, huraño, prosternado, estúpido y sórdido”. 

Para el novecientos, la situación no había cambiado casi nada. Gamonales y hacendados hacían persecuciones a quienes llevaban la lectura y la escritura clandestinamente a las comunidades del altiplano. El arrojo de aquellos indios, que se habían atrevido a fundar escuelas, tuvo una razón fuerte: Saber leer y escribir eran victorias contra su opresión. 

Leer era una llave a otros conocimientos almacenados en esas hojas repletas de líneas negras, con los que podían plantearse soluciones. Escribir era ir más allá, como cambiar el orden de las cosas. Los raros indios que se dedicaron a la escritura, emitían su propio pensamiento y mensaje; se quitaban del hombro, la mano tutora de los escritores blanco-mestizos. 
La idea sobre los indios como “una gran fuerza y poca inteligencia”, acuñada por Franz Tamayo, era una falsedad. 

En 1934, la gran inteligencia escribía: “En la colonia no existe derecho a la cultura para las clases oprimidas, el indio y el mestizo. La cultura es un privilegio de los hijos de España o de los criollos que respiran a español… La literatura de la colonia es una literatura escrita, pensada y sentida en español”. Tiempo después, el indio mozo arrojó al fuego a todos los escritores bolivianos y del continente colonizado, porque la literatura producida por el gamonalismo literario, hasta 1960, era contra los indios. El lozano: Fausto Reinaga. 

Para la segunda mitad del siglo XX, el nacionalismo revolucionario estaba en su auge, se hablaba de los bribones que quemaron las haciendas del servilismo: Los campesinos tienen derecho a leer y escribir, democratizamos la educación. Aprender a leer y escribir, ya no era delito, sino un derecho. Pese a ello, a muchos no les gustaba que los indios accedan a las escuelas paupérrimas, pero nada se podía hacer, ya las manos callosas erigían aulas. 

Si en la colonia la letra entraba con sangre a los blancos, después del código de educación de 1955 que daba acceso a las escuelas, los indios, sangraban; sin embargo, la lectura no era cultura, ni se tenía culto a los libros; por lo que, en el mundo de la literatura, el indio no narraba sus desventuras ni su dolor, solo era el personaje de las novelas escritas por aquellas manos que en el pasado sujetaban el chicote. La escuela era el terreno fértil para producir a las nuevas manos que escribirían su propio destino. Y en el tiempo de los gobiernos de bota militar, estos futuros portavoces de los colonizados crecían poco a poco. Ya cuando estaban listos y prestos para escribir, se escuchaba su voz contra los siglos de opresión colonial. 

No pintaba nada bien para los aristócratas los indios letrados, todo porque a través del papel podían articular un movimiento y levantar a los oprimidos. Fausto Reinaga, Felipe Quispe, Rufino Paxsi y tantos otros, no solo “revelaron la realidad de los indios, sino que los rebelaron”, tal como escribió el amawta. Maximo Huañuyco (antes incluso de la revolución nacional) y Rufino Paxsi, poetas desconocidos para los círculos literarios blancos, reflejaban en sus inspiraciones todo un mundo desconocido, que anunciaban a sus pares la autodeterminación, a transitar por su propia vivencia y a la vivisección personal, pero los indios a pesar de los derechos a la educación no sabían leer ni escribir en su propio idioma nativo. Así pasaron al olvido bellos poemas como “Illampu pampana jakiri”, “P’itikir imilla”, “Qullana”… Esos p’asp’as que antes aparecían en un poema de Oscar Alfaro como los ponguitos, ahora eran los sujetos que escribían su historia. 

Poco después, otros ex colonizados escribían para protestar; sus denuncias, sus llamados a la conciencia y sus poemas, eran voces que tenían sed de justicia. No pedían socorros ni se escuchaba de ellos quejidos, éstos estaban braveados, y cada palabra trazada, picaba como la paja brava altiplánica en la mente de sus lectores. En febrero de 1988, en la editorial del boletín Ofensiva Tupakatarista, dirigida por Felipe Quispe Huanca, se leía: “Hermanos aymaras, hemos soportado 500 años de esclavitud, opresión, explotación y discriminación racial, cultural, espiritual, social económico y político…” La escritura se había convertido para éstos ex colonizados en un campo de lucha para transformar su existencia. Estaba claro que, “la idea que no trata de convertirse en palabra es una mala idea, y la palabra que no trata de convertirse en acción es una mala palabra”, como sentenció el apologético inglés, G. K Chesterton. 

En fin, para las clases aristocráticas, leer y escribir puede ser pasa tiempo, porque, tienen horas de ocio, por lo que, la lectura y la escritura solo cumplen la función de la distracción y no necesitan transformar su condición, sin embargo, el derecho conquistado por los indios a estos saberes, no fueron para el descanso sino para cambiar su realidad, entonces, leer y escribir tienen importancia en la medida que es acción, ideas que serán movimiento ¿Acaso una acción no es producto de una idea? Si los dominados no escriben ni generan ideas sobre su existencia, entonces, ¿quién escribe y piensa por ellos para transformar su condición existencial? Esa es la razón y necesidad de leer y escribir: liberarnos.