Por: Iván Apaza-Calle
Para muchos es el mismo demonio,
para otros es el artífice de la política moderna a quien hay que releerlo hasta
que las hojas se desajusten. Demonio, porque ha sido el principal culpable de
idear la frase popular “divide y reinarás” o “el fin justifica los medios”, lo
que ha causado grandes fracasos en la lucha política. Y artífice porque ha
descrito en su libro “El príncipe” la conducta humana frente al poder.
En “Maquiavelo frente a la gran
pantalla”, Pablo Iglesias Turrión, explica la “naturaleza” del mundo político a
través del cine. Iglesias toma como ejemplo una serie de películas desde los
cuales describe, el papel de la lucha cultural como política. Entiende al cine
como “productor de imaginarios y consensos hegemónicos, como revelador
privilegiado de verdades políticas”.
Ignacio Ramonet en “Propagandas
silenciosas” había anunciado este mismo papel del cine que justificaba las
acciones del poder y que controlaba a la sociedad. Muchos fuimos víctimas
cuando creímos que Rambo había ganado la guerra solo en Vietnam, que los malos
eran esos “chinos” que atacaban al solitario héroe que liberaba prisioneros.
Iglesias va un poco más allá de la comunicación de masas que Ramonet describió,
porque “la política no solo se encuentra en el Estado y en sus instituciones”
sino en otros espacios como en la cultura mediática. El poder en este caso, se
construye por la hegemonía cultural y el cine es uno de los canales más
efectivos y privilegiados.
Lo interesante aquí, no solo es el
papel del cine para el poder, que puede legitimar una narrativa o puede en todo
caso ser una contra narrativa política contra el mismo poder, sino también, en
el mismo cine, en la misma película, se puede ver sujetos sociales mediando en
luchas con oponentes para asumir el poder, lo que para Iglesias es digno de
análisis porque de ella emerge la verdad política.
Para Iglesias esta idea desmitifica
la razón del poder político, porque pone al descubierto cualquier forma de dominación.
En la película “La batalla de Argel”, se puede ver una continuidad de la
política, una situación colonial, el poder del colonialista que reside en la
violencia, en el racismo, en la anulación del colonizado; de la crítica y la
reflexión de lo observado sale a flote esa verdad.
“La nación clandestina” de Jorge Sanjinés,
es un claro ejemplo del cine contra hegemónico para su época, porque a través de
su personaje principal, uno se revela ante sí su maismanización.
El cine como producto artístico es también
el reflejo de la verdad histórica y estructural de una sociedad donde los
personajes interactúan bajo sus reglas, esto es el destino. Iglesias en la película
“Amores perros”, detalla este escenario donde los personajes interactúan bajo
la lógica del capital y el fenómeno posmoderno, aquí se ve la gran derrota de
la lucha popular por la emancipación en uno de sus personajes. “En la
posmodernidad no hay sitio ni para santos, ni para héroes, ni para guerrilleros”,
dice Iglesias.
Esta verdad histórico y estructural
es la que no comprendieron los indianistas en Bolivia, vivían la época de
Reinaga, por lo que el discurso no conectaba con la sociedad a quienes querían
concientizar, porque en política el escenario presente determina el juego, esta
es una de las razones de su parálisis.

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