Por: Iván Apaza-Calle
“Había amado y, a través del amor, se había encontrado a sí mismo. La mayoría ama para perderse” (Hermann Hesse; Demian)

Fue uno de los libros que trascendió la noche, que salió del tiempo, como cuando uno recorre sus páginas sin darse cuenta de las horas, viviendo la historia que narra esa bella obra. Supe de su existencia a través de la reseña (llamémosla así) de Mario Vargas Llosa en “La verdad de las mentiras”. Tenía en mente el título y el autor, pero cada vez que caminaba por “la riel” en la feria 16 de julio, domingos o jueves, no hallaba ese misterioso libro. Había pasado buen tiempo de la tentadora reseña de Vargas Llosa; a veces me pregunto, por qué no busqué en las bibliotecas o en los anaqueles de las librerías de lujo, quizá no era el momento, quizá si hubiese encontrado la obra en aquel año (2013) no era para mí o no estaba preparado para recorrerlo.
Era una tarde de domingo, de fin de marzo, fui a caminar y despejar mis angustias, por esos lugares y puestos de libros, que por las mañanas está atestado de pinches traficantes. El libro, estaba encima de un nilón tendido en el piso, junto a otras bellas obras, ¿acaso no pasó un librero o un lector sediento por ahí? Quien sabe, pero como todo libro esperaba a su lector, no a su intermediario; a su lado estaban otros, alcé “Siete noches”, una compilación de conferencias de Jorge Luis Borges, también levanté “Mil novecientos ochenta y cuatro” de George Orwell y “El Gran Gatsby” de Scott Fitzgerald; lo había encontrado por fin, regresé contento. En el camino, bajo ruedas, ojeaba sus páginas, leía: “En mis años mozos y más vulnerables mi padre me dio un consejo que desde aquella época no ha dado de darme vueltas en la cabeza. ‘Cuando sientas deseos de criticar a alguien—fueron sus palabras—recuerda que no todo en el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tuviste’” Fue conmovedor. Así, en aquel atardecer, Nick Carraway, iniciaba a narrar la historia de Jay Gatsby.
La narración inicia en el verano de 1922, de los locos años 20’s, del jazz, de la sequía de alcohol. Es una historia de amor, de aquellas que están limitadas por el dinero y que aleja al ser amado. Gatsby es una persona misteriosa y murmuran muchas cosas de él, pero lo cierto es, sí, sí, un millonario que vive en una lujosa mansión en West Egg. Creí que se trataba de un personaje como Dorian Gray, pero estaba equivocado, era todo lo contrario. Gatsby no asistía a fiestas sino era el anfitrión, acogiendo a gente de lujo, de dinero, de influencias políticas, artistas y celebridades del espectáculo de New York. Realizaba esas fiestas con la esperanza de llamar la atención de su amada Daisy, a quien había conocido en 1917, pero ya estaba casada con Tom Buchanan, un adinerado, ella también pertenecía a una familia de esas, Gatsby era todo lo contrario, un joven de origen humilde. Carraway, —quien escribe la historia— aquel verano había alquilado una vivienda al lado de la lujosa mansión. Un día recibe la invitación del señor Gatsby para asistir a la fiesta, luego se convierte en su amigo y le ayudará a acercarse a su prima Daisy… ¡Alto!, sí, ¡Alto!, fue suficiente hasta aquí, no tengo planeado re-contar la novela ni romper esa magia que tiene, sea en el libro o en la película, dirigida por Baz Luhrmann estrenada el 2013, bajo la actuación de Leonardo DiCaprio, que en mi opinión es casi fiel al libro; obviamente leer el libro es más conmovedor e íntegro, pero eso, dejo a gusto de cada quien. Mejor ambas, porque lo que sigue es un esfuerzo por comprender patrones comunes entre Jay Gatsby y gente como Sebastián Maisman (de la película “La nación clandestina” dirigida por Jorge Sanjinés), el “muchacho provinciano” de Chacalon y Domy Perales, “La niña de sus ojos”, novela de Antonio Díaz Villamil.
La historia de Gatsby estremece, choca, conmueve y hasta se siente como tal, uno puede decir, “oye, estás equivocado, yo no me identifico con ese tal Gatsby”, pero no hablo de usted, sino de aquel muchacho que se niega a ser lo que es: pobre, humilde y modesto, cuya familia no da lo que uno quisiera a esa edad, así niega a sus padres, se crea la ilusión de ser hijo de Dios, en fin llega a la rebelión, se rebela contra lo que se es y apunta por otro “destino”, el hombre exitoso, progresista que alcanza lo que le impedía estar con el amor de su vida: el dinero.
Mientras leía la historia de Jay, dije, esto se parece a la vida de un migrante, de un campesino que busca mejores oportunidades en la ciudad en países como Perú y Bolivia, cuyo pensamiento gira en torno a ser alguien por no ser o algún día tengo que ser algo, ¿por qué ser alguien?, ¿Acaso no se es alguien? Sí, exacto, no se es a la vista del Otro, porque niega, sí es así, me temo que jugáis su juego.
Jay, se niega a ser pobre, escapa de esa condición, para conquistar lo que no tiene, lo que le falta; cumple sus anhelos con ese optimismo inquebrantable. La condición de ser pobre, haber nacido en la pobreza le niega y él niega esa misma negación afirmándose como otro, no afirmando esa negación. Era James Gatz, ahora es Jay Gatsby. Al finalizar el libro, Fitzgerald anota la forma organizativa de Jay para trabajar, practicar la postura, leer, hacer ejercicios físicos…, el proceso constitutivo a la larga lleva al personaje a otros espacios, caminar en el lujo, a poseer instrumentos modernos y actuar como caballero. Alcanza a poseer las cosas necesarias para recuperar lo que perdió un día, pero en cuanto está frente al ser perdido, hay una dificultad, ella quiere escapar y pasar su vida a su lado, no quiere la mansión que compró para estar cerca, ella ama, él también, pero hay una condición, ser rico, a Gatsby no le hubieran mirado más si supiesen que no era tal. Tenía el destino de enamorarse y a través de esa emoción vivificante cambiar lo que era, ¿acaso sólo importaba el dinero? ¿Sin la riqueza económica no era Gatsby? No, no, fue algo más que billetes, fue su optimismo, su imaginación, su habilidad y ambición, que le llevó a enriquecerse a través del contrabando y el alcohol en plena ley seca en ese tiempo. Pero la personalidad de Jay tambalea, pierde la calma, la elegancia que tanto había practicado frente a las acusaciones de Tom Buchanan, el racista, el marido mujeriego, que ahora se había vuelto de la noche a la mañana en un moralista, defensor de los valores de su clase. Buchanan cuestiona el dinero de Gatsby, lo hace porque está a punto de perder a su esposa y amante, en la novela se presenta como el ofendido, su yo es quebrantado por el nuevo rico de camisas elegantes y traje rosado, que regresó después de casi 5 años en busca de su amada; el negador no tiene otra salida, niega el dinero de Gatsby, pone en juicio los orígenes de su riqueza, cuestiona que es producto de contrabando, de alcohol que se vende en farmacias y estaciones; busca fundamentos para legitimarse como el rico genuino. Para Tom, no basta tener el dinero, los modales, la elegancia, la cultura, se necesita nacer rico y, Jay, que no poseía el requisito, tambalea, salta eufórico al negador, está apunto de golpearlo, pero no, el puño se paraliza. Ella, confundida por el suceso, insegura de decidir correctamente regresa a su cauce. Y, otra vez, aquel que surgió de la nada está en el juego, en las manos y reglas del negador. Necesita su aprobación.
He ahí la interminable explicación de Tom al nuevo rico, que no tiene el dinero limpio, tan limpio como el dinero de Buchanan. ¡Bah!, dejémonos de pavadas, los billetes que poseía también eran sucios, como cualquier otro billete. Eso es parte de la colección de discursillos, que pronuncia para legitimar su posición. Pero esperen, no vayamos lejos, es mucho atrevimiento “filosofar”, todavía no, tan sólo por ahora, recordemos el consejo que recibió Carraway de su padre: ‘Cuando sientas deseos de criticar a alguien—fueron sus palabras—recuerda que no todo en el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tuviste’. No tuvimos ni nadie la tuvo.

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